Por Monserrat Fuentes
11 abril, 2018

“Nosotros pensamos que íbamos a vivir con él, pero no fue así”, dijo don Miguel. Ambos tienen más de 80 años, pero se vieron obligados a construir una choza fabricada con madera y bolsas de basura en medio de la montaña.

Para un padre o una madre, lo más importante es el bienestar de sus hijos, pensando en eso, una pareja guatemalteca de ancianos decidió asegurar el futuro de uno de sus hijos poniendo a nombre de él la casa en la que ellos vivían en la localidad de San Antonio Sacatepéquez. Jamás imaginaron que ese sería el peor error de su vida.

Con mucho esfuerzo Miguel Ramirez y Teresa Coyoy lograron tener su hogar y en él vivieron toda su vida juntos, pero cuando le heredaron en vida la vivienda a su hijo, este los echó sin remordimiento.

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Ambos tienen más de 80 años, pero se vieron obligados a construir una choza fabricada con madera y bolsas de basura en medio de la montaña.

Nosotros pensamos que íbamos a vivir con él, pero no fue así”, dijo don Miguel a Univisión. “Llamó a la policía”, añadió la señora Teresa.

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La pareja ha tenido que vivir durante un año en precarias condiciones, se alimentas de hierbas y frutos que recolectan en la montaña, no tiene dinero, ni agua, ni medidas de higiene y solo bolsas los protegen de la lluvia.

Intentan pasar el frío haciendo una fogata, pero el calor de fuego no es suficiente, “el frío, pues, lo aguantamos”, confesó don Miguel.

El frío es parte del día a día y ella es quien se ha llevado la peor parte, “hay ratos en los que me pongo triste”, confiesa Teresa. “Ver el frío, me duele mucho el frío”, dijo entre lágrimas.

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Autoridades de la localidad intentaron llegar a un acuerdo con los hijos de la pareja, pero lamentablemente no fue posible, explicó el alcalde William Fuentes.

Los hijos no quisieron cooperar, pero la vida de los ancianos estaba destinada a cambiar, un hombre llamado Valentín Bautista se encontró por casualidad con ellos mientras recorría la montaña y para él fue inevitable ignorar la precaria situación de la pareja.

Sin dudarlo se compadeció de ellos y les cedió un pedazo de su terreno para que pudieran vivir ahí, les dio un espacio en el que pudieran cocinar, dormir y tener un baño.

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En poco tiempo los vecinos del lugar se organizaron para reunir fondos y poder construir un casita para Don Miguel y la señora Teresa.

“Me siento contento porque donde estaba era duro, no estaba dispuesto a pasar la vida así”, reconoció Miguel.

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Finalmente, el hijo vendió la casa de sus padres en $8.000 dólares y desapareció.

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