Por Andrés Cortés
29 marzo, 2018

Intentaron transformar su espíritu salvaje y hasta le dieron un nombre de hombre blanco, pero nada la detuvo.

El Norteamérica que conocemos hoy no es la misma de hace casi 100 años atrás y eso es más que lógico. Pero con esta sentencia nos referimos a su raza misma; cómo los nativos sioux fueron erradicados en términos físicos, etnológicos y culturales sin oportunidad alguna. Pero hubo una chica que marcó la diferencia.

Zitkála-Šá era una mujer dividida. Su cuerpo compartía raíces sioux y sangre caucásica, por lo que siempre se encontró en una lucha interna con su propia identidad.

Pero la muchacha en lugar de sucumbir, utilizó su molestia de manera activista y muy creativa.

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Zitkála creció en las llanuras de la Reserva de Yankton con su madre. “Una niña salvaje de siete”, explican algunos relatos autobiográficos de la época que la describen como una joven que “vestía libremente con un trozo de piel marrón, con los pies ligeros y era tan libre como el viento “que le volaba el pelo”.

Misioneros fueron a reclutar niños para el “Instituto de Trabajo Manual de Indiana Blanco”, un centro que buscaba integrar a los nativos americanos en la sociedad y su madre lo vio como una oportunidad para darle una ventaja social. Desde entonces se le conoció con su nombre caucásico: Gertrude Simmons Bonnin.

Autor desconocido. Ayúdanos a encontrarlo.

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Este proceso que vivió la ahora Gertrude fue de doble filo; por un lado le dio los medios para una educación en las artes, pero por otro olvidó sus herencias sioux. Cuando regresó a la reserva, “no se sentía lo suficientemente nativa de los Estados Unidos“, pero estando con los blancos, también se sentía marginada.

A pesar de este conflicto interpersonal, Gertrude (o Zitkála) desarrolló grandes dotes musicales para el piano y el violín, ganando una beca para el Conservatorio de Música de Boston. No pasó mucho tiempo para que consiguiera un puesto de maestra en la Escuela Industrial India Carlisle en Pensilvania.

Pero jamás pensaron que llevaría una gran y firme agenda de derechos de los nativos americanos.

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La joven comenzó a escribir ensayos para The AtlanticHarper’s Weekly con su nombre soux, pero su más grande hazaña fue tomar los cantos Sioux que el gobierno federal había prohibido y los convirtió en un libreto y canciones, realizando una Opera, titulada The Sun Dance Opera, la primera ópera indígena estadounidense.

Incluso empleó a intérpretes nativos americanos, con lo que consiguió gran aclamación por la crítica. Poco a poco recuperó su sentido de comunidad y sobre todo el orgullo en sus raíces nativas americanas.

La opera fue solo una de las obras más significativas de Zitkála, pues hasta día de hoy nadie ha llevado las bellezas de las tradiciones sioux al escenario como ella. La mujer murió en 1938 haciendo algo impensado, una carrera en Broadway siendo una nativa americana.

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