Por Maximiliano Díaz
1 junio, 2018

En los ’80 y los ’90 dieron información y medicación a hombres homosexuales blancos. Hoy, 1 de cada 11 porta el virus, pero no se preocuparon por los afroamericanos.

Daryon Mcurdy tiene 25. Nació en la pequeña ciudad de Huntsville, Alabama. Afroamericano y homosexual, debió sufrir algunos de los peores tratos en uno de los estados más conservadores de los Estados Unidos. La primera vez que le dijo a alguien que era homosexual, fue a un amigo suyo. Un compañero de escuela del que estaba enamorado. Él se sintió incómodo y le pidió que se alejara. Al llegar a casa, el amigo de Daryon le contó a su madre; ella habló con el director de la escuela, y el director habló con la madre de Daryon.

Ese día, un muchacho negro y con dudas sobre su identidad sexual volvía a casa. Daryon tenía 13 o 14 años. Su padrastro se acercó a él, y fue muy tajante: si sigues con actitudes gays, vas a volver a vivir con tu padre. Eso fue el fin de la discusión. Le siguió una advertencia en la escuela. Nada demasiado serio académicamente. Daryon debía adaptarse a su contexto. Evitar llamar la atención.

Youtube/The Guardian

Delgado, deprimido y atormentado por amar a otros hombres en un estado conservador, a los 21 años Daryon se mudó a Atlanta, la capital de Georgia. Una especie de mecca gay con casi 500.000 habitantes. Daryon tenía esperanza. Hacia afuera, se suele hablar de Atlanta como una ciudad que da seguridad, refugio y familia a todos los que tuvieron problemas en su primer hogar. Sobre todo asociado a temas de sexualidad.

En agosto del 2017, tres años después de llegar a Atlanta, Daryon comenzó a sentir malestares largos y sostenidos. Fue al doctor, y el diagnóstico lo hizo sentir mareado:

“Okey, tienes gonorrea y el VIH”.

Daryon había tenido sexo sin protección dos o tres veces.

Negro y gay en los Estados Unidos

La mayoría de los hombres homosexuales que se criaron en el sur vivieron experiencias parecidas a la de Daryon. Él no era el único que recibía amenazas en la escuela y en su casa por enamorarse de otros hombres. El estigma se convertía en miedo, y el miedo en silencio. Generalmente, los hombres en su situación no suelen buscar información sobre cómo vivir su sexualidad de manera segura. Pocos profesionales o familiares están dispuestos a ayudar, y el precio de preguntar pueden ser represalias y humillación. Lo triste, es que el precio de no hacerlo es aún mayor, al menos, en términos físicos: infección y conductas sexuales riesgosas. 

Youtube/The Guardian

Cuando recibió el diagnóstico, Daryon se dio cuenta de que había dejado pasar muchos años de cifras, datos y enfermedades que podían asociarse a las conductas sexuales. Decidió informarse. Le llegó la demoledora cifra de que, en Estados Unidos, 1 de cada 2 hombres negros y homosexuales porta el VIH. Y la educación sexual que reciben los ciudadanos está subestimando increíblemente el riesgo de infección.

Según un reportaje que hizo The Guardian, los hombres negros y gays tienden a socializar, establecer relaciones y tener sexo, con otros hombres negros. Esa tendencia de acortar el rango de alcance en las potenciales parejas sexuales, también hace que la probabilidad de contagio se expanda con mayor facilidad y mucha más rapidez. Sobre todo si los portadores no siguen tratamientos estables para combatir la propagación del virus.

Los clubes también parecen apuntar al público del hombre negro y homosexual. No se convive mucho con los blancos (Foto: Youtube/The Guardian)

Para la mayoría de la gente (sobre todo estadounidenses), las probabilidades de verse infectados decrecieron mucho desde la década de los ’80 y los ’90. Suena lógico: durante esos años, se concientizó, se le dio cabida, propaganda y acceso a los hombres blancos para poder acceder a tratamientos, tanto preventivos como terapéuticos. Lograron controlarlo. Los hombres blancos infectados peregrinaron hacia puntos de atención, recibieron manuales, folletos y vieron vídeos sobre cómo llevar una vida sexual activa, pero cuidada y medicada. En todas las propagandas preventivas, los protagonistas eran ellos mismos: otros hombres blancos que se habían contagiado por descuido y no por promiscuidad (para el gobierno, aparentemente, no hay perdón en llevar un ritmo sexual frenético). Resultó tal y como esperaban.

Daryon asiste a un grupo de apoyo con otros hombres negros contagiados (Foto: Youtube/The Guardian)

Hoy, 1 de cada 11 hombres blancos es portador del virus.

Con el VIH abatido en la población de hombres blancos, la preocupación pública también comenzó a desaparecer. Para el Gobierno, el virus había sido exterminado casi en su totalidad. Podían retomar las actividades. Echar a andar todo. Los hombres blancos sabían cómo moverse para evadirlo. Hasta las fundaciones que buscaban combatir el VIH y el sida cambiaron de rubro: comenzaron a dedicarse a la lucha por el matrimonio igualitario. 

Actualmente, casi 15 millones de personas en los Estados Unidos son negros o mulatos.

Pero se olvidaron de ellos, y las luchas por el cambio social y las conductas sexuales comenzaron a apuntar hacia otro lado. La comodidad se instaló. Hoy, para la comunidad negra, el tratamiento y la concientización sobre el VIH son un trabajo de tiempo completo.

Los expertos y la población trans

Tori Cooper es una activista trans y experta en prevención de VIH. También vive en Atlanta. Ella asegura que la población negra se ha visto increíblemente invisibilizada en la lucha social contra uno de los virus más peligrosos de la historia:

“Olvidamos que las personas negras están sufriendo y muriendo por esto. Desde el principio, fuimos la última prioridad”.

Solo es necesario que Cooper entre a ver registros de donaciones a las fundaciones para el VIH para avalar su postura. Mientras sus dedos se mueven con delicadeza sobre los papeles, encuentra unos números: los estados de más al sur recibieron 35 dólares por persona de parte de las subvenciones privadas en 2014. El promedio nacional es de 116 dólares.

También está la enorme preocupación de las mujeres trans infectadas, quienes suelen vivir en contextos mucho más hostiles y difíciles, y suelen tener menos facilidades y herramientas sociales para lidiar con la homofobia. Generalmente, las mujeres trans del sur deben lidiar con otras aristas preocupantes de la marginalidad sexual: prostitución, situación de calle y VIH son algunas de ellas. Además, es importante considerar que sus precarias condiciones de vida no les permiten acceder a medicaciones que les permiten mantener el virus controlado e intransmisible, como por ejemplo Genova, una píldora que consume Daryon: cada frasco cuesta 2.000 dólares, y necesita uno cada mes.

A pesar de que el panorama se ve bastante complicado para ellos y ellas, los avances en la medicina siguen entregando esperanza. Según los expertos, la epidemia del VIH es, médicamente, sencilla de tratar. El PrEP, una medicina que previene que las personas se contagien del virus solo consumiéndola una vez al día, propone una solución al largo problema. Ofrece protección completa una vez que se inicia el tratamiento. Esto, al igual que Genova, protege del contagio aún cuando las personas tienen contacto sexual sin protección.

Youtube/The Guardian

Parece ser que, a pesar de los avances médicos, el panorama sigue siendo complejo para la población negra. Ellos, los herederos de un legado y un sistema social que pone el ojo primero sobre los homosexuales blancos, han tenido que pagar la falta de educación y el acceso a tratamientos infectándose. Ahora, al menos, esperan que la voz se esparza.

Puede interesarte