Por Kat Gallardo
12 diciembre, 2017

La buscó incansablemente durante años.

Blanca y Adriana no pueden negar que son abuela y nieta. Las delatan la forma de la nariz, los pómulos y los ojos. «Tengo la cara alargada y delgada como mi papá», dice la chica. Y se sorprende :»Tengo cuarenta años y tengo una abuela».

Esta declaración te puede parecer obvia, pero no lo es. Ella conoció a su abuela Blanca hace poco, recién a sus 40 años. Adriana es hija de Edgardo Garnier y Violeta Ortonali. Su madre desapareció mientras estaba embarazada de 8 meses, a manos de quienes llevaron a cabo la última dictadura militar en Argentina. Ella jamás supo su verdadera historia, hasta ahora.

A Adriana nunca la había hecho dudar la falta de parecido físico con el matrimonio con el que se crió, aunque siempre se cuestionó por qué no existían fotos de su madre embarazada. Sus padres adoptivos no sabían que ella era hija de detenidos desaparecidos.

Un amigo de un comisario les ofreció adoptar más rápido a un niño, por lo que accedieron a hacerlo, sin saber el origen de la hija que cuidarían por el resto de su vida.

Blanca Díaz de Garnier es una de las primeras integrantes de la asociación que preside Estela de Carlotto, las Abuelas de Plaza de Mayo de Argentina. Ella había buscado incansablemente y por décadas pistas de quien podría haber sido la nieta de su hijo desaparecido.

Cuando los padres de Adriana le confesaron que era adoptada, algunas dudas se despejaron para ella, pero otras se intensificaron. Fue así como descubrió que su partida de nacimiento había sido elaborada por Juana Franicevich, quien ya había fraguado los certificados de otros tres nietos restituidos a sus familias originales recientemente.

Por esta razón, se presentó de forma voluntaria a realizarse los exámenes de ADN para cotejar la muestra con el Banco Nacional de Datos Genéticos. En un primer momento, los análisis dieron negativo tras cuatro meses de espera. No fue sino hasta un año y medio después que gracias a nuevas muestras y análisis, la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (Conadi) certificó su verdadera identidad.

Sus padres biológicos, tenían el anhelo llamarla Vanesa, contó más tarde Blanca, su abuela. Su madre fue secuestrada con ocho meses de embarazo y cuando su padre comenzó a buscarlas, tuvo el mismo destino.

Blanca siguió con la labor de su hijo Edgardo, intentando descubrir el destino de sus seres queridos y la que habría sido su nieta desde el primer momento.

Desde la recuperación de su identidad, Adriana no ha dejado de predicar en favor de la labor de Abuelas. «Lo que me pasó es una inyección de felicidad tremenda, como un plus», aseguró. «Es la parte que me me faltaba. Ahora me siento completa», afirmó.

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