Por Catalina Yob
16 marzo, 2018

El exterminio que tanto lamentamos en el pasado ocurre hoy y aquí, las víctimas son las que cambian.

Una tras otra, apiladas, alejadas de aquellos que albergaron durante nueve meses en sus vientres, forzadas a caminar hacia la muerte y con un número inscrito en sus cabezas, el cual se convierte en el único símbolo que sustenta y prueba su paso por la tierra. Al igual que las millones de personas que han sido torturadas y exterminadas durante las masacres que han acontecido en la historia, hoy los animales son objetos inertes en el mundo, los cuales sólo cobran valor al adquirir un precio en el comercio. 

Cada año y de acuerdo a las cifras entregadas por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, 50.000 millones de pollos, 3.000 millones de patos, 1.400 millones de cerdos, 1.200 millones de conejos, 700 millones de gallinas, 640 millones de pavos, 570 millones de ovejas, 400 millones de cabras, 300 millones de bóvidos, 57 millones de otras aves, 24 millones de búfalos, 10 millones de perros, 5 millones de caballos, 2 millones de camellos son asesinados anualmente para abastecer la industria cárnica mundial. 

Ninguna masacre en la historia mundial es capaz de superar la matanza que estamos perpetuando en la actualidad. Debido a que el consumo de carne se encuentra inscrito en nuestros cimientos como ser humano, siempre la hemos percibido como parte inherente de nuestro desarrollo, de nuestra identidad y de nuestra razón de ser, sin embargo seguimos cerrando los ojos ante el crimen que perpetuamos cada vez en que validamos la industria que mueve millones y billones de dólares alrededor del mundo. 

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En un mundo en el que día a día luchamos por los derechos sociales, por la libertad de amar, por la libertad de elección, por los desamparados y por los sin voz, el consumo de carne se vuelve un acto completamente irrisorio y el cual se transforma en la antítesis del camino por el cual queremos conducir el futuro de la sociedad. Un acto que a simple vista parece imposible de erradicar, un acto que pareciera ser parte del desarrollo natural del ser humano, pero por sobre todo un acto que nos está tácitamente matando como sociedad. 

En la explotación animal evidenciamos nuestra debilidad: nuestro deseo por sentirnos superior, mejores, más dignos. Repudiamos la supremacía blanca, la discriminación y el enjuiciamiento injusto, sin embargo día a día validamos prácticas sumamente crueles sólo para satisfacernos. Excusas que sólo se alimentan con el pasar del tiempo y a través de las cuales justificamos la forma en que explotamos, dañamos y asesinamos a otros.

Nos caracterizamos por ser una especie que nos aferramos fehacientemente a lo que conocemos, a los que nos enseñaron y todo aquello que nos hicieron creer que estaba bien o simplemente que era lo normal. Los cambios nunca han sido fáciles y se requiere de coraje para romper con la tradición que se encuentra en las entrañas de nuestra identidad como ser humano en el mundo.

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Setenta y tres años han pasado desde uno de los exterminios que sigue sacudiendo incluso a las generaciones más jóvenes. La literatura y la cinematografía contemporánea se han encargado de retratar el sufrimiento y la crueldad a la que fueron sometido los más de 11 millones de judíos que fueron enjuiciados simplemente por su religión y/o raza. Tras interiorizarse en una de las etapas más oscuras de la historia, la pregunta que inunda nuestra mente siempre es la misma: ¿Cómo es que nadie hizo algo?. 

Si realmente queremos saber qué posición de la historia hubiésemos adoptado, el mejor ejercicio es preguntarnos qué lugar estamos eligiendo ahora, en la actualidad y frente a las innumerables injusticias que delimitan nuestra existencia. Una de éstas es la explotación animal, uno de los grandes crímenes que estamos perpetrando como sociedad y el cual muchos prefieren no mirar.

Al nacer y sin siquiera adquirir consciencia como seres humanos, creemos que la existencia de los animales viene a sustentar nuestra existencia como seres humanos. Hacemos y deshacemos de ellos porque podemos, somos más, somos más inteligentes, sin importar su tamaño no hay absolutamente nada con la que ellos puedan vencernos. Ellos nos temen, somos nosotros quienes decidimos si su vida realmente vale la pena y somos nosotros quienes incentivamos su nacimiento y originamos su muerte. Por años nos hemos creído invencibles, poderosos, superiores, sin percibir que en ello sólo dejamos entrever nuestras grandes debilidades, nuestras carencias y nuestros impedimentos.

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En 100 años más, personas como tú y yo serán testigos del crimen que seguimos perpetuando actualmente como sociedad y se preguntarán: ¿Cómo es que nadie hizo algo?

Si todos quienes consumen carne pudiesen ser testigo de los horrores que tienen lugar al interior de los mataderos, ¿seguirían fomentando la industria? ¿podría erradicarse el hábito si quienes obtienen placer de ella, visibilizaran el dolor que causan? El holocausto no ha terminado, continúa aquí, ahora y en todo el mundo. Las víctimas son otras, el dolor el mismo. 

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