Según una periodista que había estado en Grecia y Vietnam, jamás había visto a un ejército dispararle a una multitud desarmada. México es el único país del mundo con un caso así.

Este año se cumple el aniversario número 50 de uno de los hechos más desgarradores, controvertidos y potentes de todo México. El 22 de julio de 1968 algunos estudiantes se metieron en un pleito callejero. El motivo de discusión era estar a favor o en contra de la Revolución Cubana. Lo que parecía un conflicto ordinario y repetitivo en las calles de cualquier ciudad poblada, y en una era política tensa, terminó convirtiéndose en algo gigante. 

Pasaron los días, y el grupo de estudiantes se hizo cada vez más grande. Se reunían, conversaban con respecto al tema, hacían pancartas y se manifestaban. Con el tiempo, sus padres se unieron al grupo: era una comunidad abierta, y todos eran bienvenidos en ella. La protesta cívica era la fiesta más grande que celebraba el movimiento. De pronto, el activismo político pasó a ser parte de la vida social de muchas personas. 

Lo llamaron “tomar la calle”. El joven Gilberto García Pérez exclamó alguna vez, para la prensa:

“Ahora sí vivimos verdaderamente”.

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Las marchas solían terminar en la Plaza de la Constitución (popularmente conocida como la Plaza del Zócalo), uno de los lugares más hermosos y emblemáticos de la capital mexicana. Desde el centro de la plaza, jóvenes, adultos, y familias enteras, gritaban: 

“Sal al balcón, hocicón”.

Estaban llamando a Gustavo Díaz Ordaz, el presidente de México por esos años. Tres meses después, para septiembre del ’68, la gente ya llegaba a Ciudad de México desde la provincia para manifestarse en comunidad. Las escuelas comenzaron a usarse como dormitorios de contingencia. Las universidades exudaban la vida de sus estudiantes movilizándose. Madres y padres cocinaban en grandes ollas y repartían comida para estudiantes de todas las carreras que pasaban el día en la universidad. La consigna que se repartía por todos los postes y paredes rezaba:

“¡Únete, Pueblo!”

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Siendo los protagonistas del movimiento multitudinario más grande de la historia estudiantil mexicana, no pudieron pasar desapercibidos ante las autoridades. Como era de esperarse, el gobierno mandó a policías a reprimir manifestaciones, golpear a simpatizantes y apresar a dirigentes. El sector más conservador de México alegaba que los estudiantes eran un montón de muchachos groseros y malhablados, expandiendo ideas ridículas.

Ellos, amparados en la idea de que el silencio sería más elocuente que el sonido de los golpes y las balas, y seguros de que el silencio sería mucho más elocuente y potente que cualquier insulto (viniese de donde viniese), decidieron convocar a una de las protestas más emocionantes de la historia del país, y que quedó en la memoria de muchos. La bautizaron la Marcha del Silencio. Ese día, en el paseo de la Reforma (que va desde el castillo de Maximiliano y Carlota hasta el Zócalo, lo único que se escucharon fueron las pisadas uniformes de cerca de 300.000 personas).

Incluso a la oposición no le quedaba más opción que aplaudir tal muestra de valor, determinación, y amor por la búsqueda de lo que ellos consideraban la verdad.

Desgraciadamente, todo acabó de manera veloz, abrupta y, sobre todo, violenta. El 6 de octubre de 1968 se inaugurarían los Juegos Olímpicos de México. La comunidad desinteresada por las protestas estudiantiles estaba contenta de que, al fin, México pudiese posicionarse entre las grandes potencias mundiales. El comité olímpico los había nombrado el mejor país de Latinoamérica, y en las cabezas de los conservadores empecinados en invisibilizar las luchas por el avance de las generaciones siguientes, eso era suficiente como para obviar todos los problemas que hubiesen en el país.

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Para la fecha había 20 millones de personas pasando hambre y 10 millones de analfabetos, pero las banderas de todos los países flamearían en el nuevo estadio de la Ciudad Universitaria.

Los únicos preocupados por el peligro de “sabotaje” (ni siquiera hasta el día de hoy la comunidad estudiantil unida podría hacer algo como impedir la realización de los Juegos Olímpicos) eran los funcionarios del Gobierno. Los muchachos habían ido a buscar a corresponsales extranjeros a los hoteles donde se estaban hospedando para invitarlos al mitin del 2 de octubre. Esperaban darle visibilidad internacional a su lucha. El gabinete presidencial sintió un profundo temor ante tal “falta de respeto” sin haber hecho siquiera una consulta con anterioridad. Díaz Ordaz ordenó que había que detenerlos de inmediato. Para esa fecha, ya tenía encarcelados a dos líderes estudiantiles: Salvador Martínez della Rocca y Luis Tomás Cervantes Cabeza de Vaca.

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Oriana Fallaci fue una de las periodistas que atendió al llamado de la hirviente sangre joven ese día. Ella tenía 39 años. Como corresponsal de prensa, había visto la elegancia devastada de Grecia y los cadáveres sobre la indómita selva vietnamita. Pero jamás había visto algo como lo que le tocó presenciar el 2 de octubre. Cuando, a las 17:19 horas, el ejército esperó la señal de un helicóptero, y disparó sin piedad a una multitud desarmada. Según algunos habitantes del edificio Nuevo León, un conjunto habitacional en Tlatelolco, era una balacera como aquellas que solo se ven en la televisión. De acuerdo al testimonio de Fallaci:

“Yo estaba tirada boca abajo en el suelo. Quise proteger mi cabeza de las esquirlas con mi bolsa cuando un policía apuntó el cañón de su pistola a mi cabeza: ‘No se mueva’. Vi las balas incrustarse en el piso a mi alrededor y cómo la policía arrastraba de los cabellos a jóvenes mojados y desnudos y los golpeaba salvajemente. Vi a muchos heridos, mucha sangre, hasta que me hirieron a mí y permanecí en el charco de mi propia sangre 45 minutos. Un estudiante junto a mí repetía: ‘Valor, Oriana, valor’. La policía jamás atendió a mi petición: ‘Avísenle a mi embajada’. Todos se negaron hasta que una mujer me dijo: ‘Yo voy a hacerlo'”.

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El terror se esparció por las calles. Hombres, mujeres y niños alcanzados por las balas buscaron refugio o escape. Muchas personas que iban apenas pasando por la calle, o que intentaron huir del ataque, no sobrevivieron. Ese día, más tarde, los médicos de los hospitales cercanos y la cruz roja extrajeron balas de cuellos, nucas, espaldas, glúteos y piernas. 

AP

Hasta el día de hoy, el número total de muertos no ha sido revelado. Según The Guardian, se acerca a los 250. Octavio Paz habló de la misma cantidad de bajas en su libro Posdata, escrito después de renunciar como embajador de México en India. Ahora, en la plaza de las Tres Culturas se alza una estela con una lista de nombres de las víctimas. Según muchos, están demasiado lejos de ser todos los nombres. 

Ralf Roletschek

Un mes después, Julio César Martínez, un policía de Ciudad de México, asesinó de un tiro en la cabeza a Julio González Sánchez, estudiante de 19 años. 

Su crimen fue rayar un muro con una consigna combativa. 

Foto: ProtoplasmaKid : Wikimedia Commons : CC-BY-SA 4.0

Hasta el día de hoy, México es el único país que mantiene un registro tan triste como este. A casi 50 años de la que fue conocida como la Masacre de Tlatelcoco, ninguno está olvidado. 

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