Por Catalina Yob
3 mayo, 2017

«No me importa si mueren», dice el hombre detrás del cruel negocio.

Alrededor de seis años han transcurrido desde que comenzó una de las guerras más devastadoras en la historia de la humanidad. El conflicto civil que inició como un pacífico levantamiento contra el presidente Bashar al Asad de Siria, se convirtió en una escalofriante guerra que ha provocado la muerte de más de 40o.000 civiles inocentes y la huida de más de 4,8 millones de personas, el cual se convierte en uno de los éxodos más numerosos de la historia. 

Con el transcurso del tiempo, las listas de personas fallecidas siguen aumentando y los registros de explosiones siguen haciendo noticia en portales de todo el mundo, debido a la devastación que muestran las imágenes que retratan una guerra que no parece tener fecha de término. 

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Como consecuencia de la guerra, potentes ciudades sirias han quedado completamente destruidas, en donde sus ciudadanos sólo viven entre escombros. La desesperación y la desolación que hoy existe entre sus principales afectados, los ha llevado a poner en riesgo sus vidas con tal de conseguir algo de dinero y así, poder sobrevivir entre tanta miseria. 

Hoy, un escalofriante relato de Abu Jaafar ha conmocionado a la comunidad mundial al poner de manifiesto lo que actualmente están haciendo los sirios para ganar dinero. Según reporta la BBC, a falta de empleo los sirios están vendiendo sus órganos a causa de la desesperación y lo cierto es que a este hombre «nunca» le faltan clientes. 

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«Yo exploto a la gente. Pero hay que tener en cuenta que muchos de estos refugiados podrían haber muerto en la guerra, y que vender un órgano no es nada en comparación con los horrores de la guerra».

Dicho trabajo lo lleva a cabo en un pequeño café en los suburbios de Beirut, en donde decenas de personas llegan a diario preguntando por el órgano más demandado. Y es que a pesar de que Jaafar está consciente de que lo que hace es ilegal, manifiesta que su labor es ayudar a los refugiados. 

«Generalmente los compradores piden riñones, pero también he traficado otros órganos. Una vez me pidieron un ojo y logré encontrar a alguien dispuesto a venderme uno de los suyos. Tomé una fotografía del ojo y la mandé por Whatsapp a los compradores antes de cerrar el negocio».

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Además del riesgo inminente que experimentan los refugiados al vender sus órganos, Jaafar asegura que la mayoría de las cirugías se llevan a cabo en recintos que fueron transformados en clínicas temporales y en los cuales no siempre existen las condiciones de sanidad necesarias. 

Luego de que la cirugía termina, Jaafar permanece en contacto con las personas hasta que se les extraen los puntos, desde ese entonces dejan de ser responsabilidad de él. 

«Cuando la operación está terminada los conduzco de nuevo a su casa. Sigo en contacto con ellos durante cerca de una semana hasta que les sacan los puntos. Luego de eso ya no me importa qué les suceda. Realmente no me importa si mueren, yo ya obtuve lo que quería».

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A través de su relato consignó que uno de sus clientes con menor edad, fue un adolescente de 17 años, quien vendió su riñón por la suma de 8.000 dólares con el propósito de mantener a su madre y a sus cinco hermanas. El destino final del órgano presuntamente es Medio Oriente, aunque Jaafar aseguró que no tiene conocimiento de qué es lo que realmente hacen con éstos.

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