Por Vicente Quijada
1 agosto, 2018

Parece mentira, pero Carlos Henrique Raposo tuvo una extensa carrera profesional en Brasil, México y Estados Unidos y nunca jugó un partido completo. ¿Cómo lo hizo?

Todo empezó en 1986, cuando Carlos Henrique Raposo, de 23 años y criado por una madre alcohólica en las favelas de Botafogo, decidió ser futbolista. ¿El único problema? No sabía ni patear una pelota. “No sabía jugar ni a las cartas. Tenía un problema con el balón”, rememora Ricardo Rocha, quien defendiera a Brasil en el Mundial del 94′. Pero aún así, lo logró. Y por 20 años. 

Su periplo, a diferencia de lo que haría el resto de los jugadores profesionales, se inició en la vida nocturna. De bar en bar, Raposo buscaba algún futbolista que lograra insertarlo en el competitivo mundo del fútbol brasileño. Así conoció a Mauricio De Oliveira Anastácio, estandarte de Botafogo. “¿Crees que puedas meterme en el primer equipo, no como empleado sino como jugador?”, fue la consulta del atrevido Carlos Henrique, quien compensaba sus falencias con los pies con un carisma sin igual.

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Así, logró convencerlo y hasta se convirtió en su representante. Pero antes, tenían que adoptar ciertas medidas para hacer su llegada al balompié profesional más expedita. Primero, fue apodado como “El Kaiser”, en referencia al mítico Franz Beckenbauer, con el que guardaba una similitud. Estética, obviamente. Lo segundo fue crearle una carrera que fuera suficiente para ingresar a las filas del club brasileño.

Sin arrugarse, Raposo inventó que había sido parte del Independiente que levantó la Copa Libertadores y la Intercontinental en 1984, y hasta usó una fotografía para darle veracidad a su versión. En ella, se ve a Carlos Enrique, un lateral izquierdo de nacionalidad argentina con el que también tenían cierto parecido. La “H” que le sobraba a su nombre nunca pudo ser verificada y así fue como llegó a firmar su primer contrato, en Botafogo. 

Sin embargo, ya con el dinero entrante, debió inventarse una manera mantenerse en el equipo, sin la necesidad de demostrar sus pésimas condiciones en el césped. “Iba a los entrenamientos y a los pocos minutos de ejercicios me tocaba el muslo o la pantorrilla y pedía ir a la enfermería. Durante 20 días estaba lesionado. En esa época no existía la resonancia magnética”, explicó el “futbolista”, en conversación con “Globo Esporte” después de haberse retirado de la actividad que tantos réditos -gratuitos- le dio. “Cuando los días pasaban, tenía un dentista amigo que me daba un certificado médico con algún problema físico. Y así pasaban los meses. En Botafogo creían tener en mí un crack, y era objeto de misterio”, relata el “defensor”.

Carlos Henrique Raposo

Aún así, su estafa no podía ser mantenida por mucho tiempo, por lo que el “Kaiser” tenía una estrategia para mantenerse vigente en el deporte profesional. “Yo firmaba el contrato de riesgo, el más corto, normalmente de unos meses. Recibía las primas del contrato, y me quedaba allí durante ese periodo”, sostiene. La personalidad de Raposo, su principal arma, siguió siendo de gran utilidad y así fue como conoció a Renato Gaúcho, con pasado en la Roma y diversos clubes de Brasil y ex seleccionado, quien lo llevó a Flamengo. Y fue él mismo quien dejó en evidencia las actitudes del “zaguero”.

“El Kaiser era un enemigo del balón. En el entrenamiento le pedía a algún compañero que le pegara una patada y así se iba a la enfermería”, afirma el extremo. Y esa no fue la única treta que realizó en el “Fla”. Según recuerda Ronaldo Torres, quien fuera preparador físico del equipo, Raposo llegaba a los entrenamientos “hablando inglés” en su celular con supuestos agentes europeos, algo muy novedoso para 1987. Pero fue descubierto. “Fingía que hablaba inglés y lo hacía mal. Un día descubrí que no hablaba con nadie”, lo remató.

Autor desconocido, ayúdanos a encontrarlo.

Aún así, prácticamente sin jugar, el “Kaiser” seguía sumando clubes en su carrera, incluso fuera de Brasil. “Tengo facilidad en hacer amistades. A muchos periodistas de mi época les caía bien, porque nunca traté mal a nadie”, desliza Raposo, quien aprovechó esa cercanía para conseguir buenos comentarios y un contrato en el Puebla, de México. Carlos Henrique, afín a las fiestas, las mujeres y todo el mundo paralelo a la vida del futbolista excepto en la cancha, nunca estuvo cómodo en el país norteamericano, pasó por El Paso Patriots de la liga estadounidense y luego emigró de vuelta a Brasil, al Bangú. Allí vivió una de sus experiencias más “aterradoras”: debía entrar a la cancha en un partido oficial. 

“Me toco ir al banco. Coritiba se puso 2-0 y a los pocos minutos de juego suena el radio de Moises -el entrenador-, atendió, y me dijo que tenía que entrar, que era un pedido de Casto De Andrade -el presidente del Bangú-“, relata el “Kaiser”, quien se ingenió una forma de evitar entrar al cotejo. “Comencé a calentar y vi que algunos hinchas estaban insultando al equipo de atrás del alambrado. salté el cerco y fui a pelearme con ellos. Me expulsaron antes de entrar”, declara.

Obviamente, el directivo estaba muy molesto con Raposo, por lo que en el entretiempo bajó a enfrentar al peculiar jugador, pero el “defensa” habló primero. “Antes que diga cualquier cosa, Dios me dio un padre biológico y me dio otro. Así que nunca voy a permitir que los hinchas digan que mi padre es un ladrón, que hace cosas malas y eso es lo que dijeron los hinchas de usted”, lanzó sin vergüenza. “Él me abrazo por el cuello y me dio un beso. Le dije, perdón doctor, de acá a una semana o 15 días se va a librar de mí, pero él llamo a un dirigente para que me renovaran seis meses más”, cuenta, quien prácticamente no jugó encuentros oficiales en toda su carrera. “Partidos completos, probablemente he jugador 20 o 30, pero todos amistosos”, resume.

A pesar de todo lo que había conseguido sin un ápice de talento, a Carlos Henrique aún le aguardaba otra meta por cumplir: Europa. Y así fue como en 1990 llegó al Ajaccio de Francia, donde fue presentado con bombos y platillos. “El estadio era pequeño, pero estaba lleno de hinchas. Creía que solo entraba a saludar a los simpatizantes, pero había infinidad de balones. Teníamos que entrenar. Se iban a dar cuenta de que era horrible. Empecé a agarrar pelota por pelota y se las pateaba a los hinchas mientras al mismo tiempo saludaba y besaba el escudo de la camiseta”, explica el “jugador”, quien pateó unos 50 balones. “No quedó ni uno”, rememora. Para más remate, en uno de los pocos partidos que jugó, fingió un desgarro a los 20 minutos, pero siguió jugando. Con sólo ese gesto, a pesar de sus obvias falencias técnicas, se ganó a la afición.

Así, el “Kaiser” siguió su periplo por el fútbol profesional y pasando por clubes brasileños como América, Vasco da Gama, Fluminense, Palmeiras y Guaraní hasta que, con 38 años, decidió colgar las botas que nunca ocupó. “Me siento culpable de no haber cumplido con las expectativas de la gente. Mucha gente buena creó expectativas a mi alrededor y nunca obtuvo resultados “, reflexiona Raposo, años después. “No me arrepiento de nada. Los clubes engañan mucho a los futbolistas. Alguno tenía que vengarse de ellos”, remata, quien nunca marcó un gol en toda su carrera.

Evgeny Makarov

Hoy, es “personal trainer” en un gimnasio del cual es dueño y hasta hicieron un documental con su historia, titulado “Kaiser”, que se estrenó la semana pasada. Jugando o no, Carlos Henrique Raposo se convirtió en una leyenda…de la estafa.

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