Por Maximiliano Díaz
13 abril, 2018

Investigaban los ataques en la frontera entre Colombia y Ecuador. De un momento a otro, se los tragó la tierra. Cuando no había pistas, llegó una foto a la prensa.

La mañana del 26 de marzo, un equipo de tres periodistas venidos desde Quito, Ecuador, entraban al sagrado silencio de la parroquia de la zona de Mataje, en la provincia de Esmeraldas. Javier Ortega, de 32 años, Paúl Rivas, de 45, y Efraín Esgarra, de 60, habían sido enviados por el diario El Comercio para reunir información sobre las consecuencias de los ataques de grupos armados en la zona. Su investigación había comenzado en enero de este año.

Según algunas fuentes, los tres hombres fueron obligados a subirse a un retén militar. Poco después, desaparecieron. Dos días después, el diario El Tiempo, de Bogotá, publicó que el equipo había sido liberado sano y salvo. El medio hablaba sobre “altas fuentes militares” y señalaba un castigo severo pero no mortal: todos devueltos a Ecuador. Aseguraron que estaban con el ejército del país vecino. Calma. Casi celebración. El medio twitteó la noticia, y fue compartida cientos de veces. 

CNN

Pero algo andaba mal. Los Ministros de Defensa e Interior de Ecuador dijeron que no tenían información sobre ninguno de los periodistas. La noticia era falsa.

Dos días antes, Walter Patricio Arízala Vernaza entró en la misma parroquia que los tres hombres. Estaba armado. Semanas después, aseguraba haberlos asesinado a todos.

Guacho

1992. Un pequeño niño comenzaba a generar recuerdos en Limones, un pequeño y muy humilde pueblo de Esmeraldas. Sus padres lo bautizaron Walter Arízala. Siendo aún un muchacho se unió a las FARC. Le dieron un nuevo nombre. Ya no era más Walter, ahora, pasaría a ser “Guacho”. 

Guacho formó parte del Frente 29, un grupo armado que apoyaba al bloque sur de la guerrilla. Su escuadrón fue una de las unidades que más dinero recaudó a través del narcotráfico. A lo largo de lo que se creen 15 años, se volvió un miembro crucial para las FARC. Trazó en su cabeza un profundo conocimiento del negocio de la droga; aprendió a plantar, extraer y tratar la coca; conoció el olor de los explosivos y cómo se diferencian por su magnitud; tuvo tanto dinero entre sus manos que debió aprender la disciplina de las finanzas a pesar de nunca haber recibido educación formal. Según él, llegó a ser comandante de guerrilla.

El 2016, Guacho se desvinculó voluntariamente de las FARC. No estaba de acuerdo con los tratados de paz. Tomó a un grupo de hombres y armaron su propio bando. Se pusieron “Grupo Armado Residual Oliver Sinisterra”. Regresaron a la selva. Esta vez, para plantar y cuidar campos de coca un Tumaco, cerca de la frontera con Ecuador. Impasibles, con sus fusiles, los soldados hacían sombra a las plantas.

Hoy, las autoridades consideran a Guacho alguien tan rico como peligroso. Estiman que tiene entre 27 y 30 años, pero según el Fiscal colombiano Néstor Humerto Martínez, su grupo podría estar generando rentas semanales de 25 millones de dólares.

Difusión/El Comercio

Desde pequeño, además de sus actividades administrativas rutinarias, Guacho destacó como rostro visible de una serie de atentados terroristas: carros bomba, fuego abierto contra militares ecuatorianos, asaltos y explosivos en carreteras perfectamente programados, son parte de su prontuario. Está de más decir que en la selva la gente le teme. En ocasiones, ese peligroso hombre recorre kilómetros de campo abierto armado para llegar a las pobres aldeas. Allá amenaza a los campesinos: tienen que movilizare para impedir que el estado erradique los cultivos ilícitos. Sobra hablar de las posibles consecuencias.

Se cree que el sujeto tenía en la mira al equipo de periodistas.

La mañana del 26 de marzo, Guacho entró en el sagrado silencio de la parroquia de Mataje.

Los hechos

Lo cierto es que las pistas del caso son confusas, y difícilmente llevaban a algún lado desde el principio. Noticias falsas, conflicto de intereses, e incluso un rumor que se comenzó a expandir con preocupante velocidad sobre la posibilidad de un montaje. Sobre que, en realidad, los periodistas jamás habían sido secuestrados.

A pesar de que el Estado ecuatoriano solicitó ceñirse solo a fuentes oficiales para no entorpecer los hechos, trazar un mapa parecía demasiado difícil para todos. Al menos, hasta el pasado 3 de abril. Ese día, la cadena colombiana RCN difundió un vídeo. En él, se podía ver a los tres periodistas ecuatorianos. Llevaban 10 días secuestrados en algún punto de la selva fronteriza. El gobierno de Lenín Moreno emitió rápidamente una declaración en la que condenaban, tanto hecho, como la difusión del vídeo. Aseguraban que la divulgación de información que no ha sido validada podía entorpecer potenciales negociaciones con los secuestradores.

Después del error de El Tiempo, las familias de los secuestrados decidieron hacer públicas sus identidades. Se les había recomendado que lo mejor era no hacerlo, pero debido a los rumores sobre un posible montaje (disipados en las redes sociales) creyeron que sería una buena decisión. Desde entonces, familiares, amigos, compañeros y ciudadanos consternados se han estado reuniendo en la Plaza Grande de Quito, junto al palacio Carondelet, la sede presidencial ecuatoriana. Allá, bajo las consignas “Los queremos vivos” y “Nos faltan 3” exigen acción y liberación para los tres periodistas. 

Radio Panamá

Una fotografía

Apenas ayer, la Fundación Para la Libertad de Prensa (FLIP) le entregó a Óscar Naranjo, vicepresidente de Colombia, una serie de fotografías en las que se podían ver los cuerpos de los tres periodistas ecuatorianos. La FLIP aseguró que había obtenido el material gráfico de Noticias RCN, y que lo habría hecho llegar a Naranjo para que él hiciera las verificaciones correspondientes sobre la foto, e intentara establecer contacto con autoridades ecuatorianas.

AP

Durante el transcurso del día, el gobierno de Ecuador emitió un comunicado para los captores. Aseguraron que les daban 12 horas para que confirmasen que los periodistas estaban a salvo. El presidente mismo aseguró:

“Doy un plazo de 12 horas a estos narcos para que nos entreguen la prueba de la existencia de nuestros compatriotas; caso contrario iremos con toda la contundencia sin contemplaciones para sancionar a estos violadores de derechos humanos”.

La única esperanza del caso, a estas alturas, reside en que las identidades de las personas que salen en la fotografía no han sido confirmadas.

Shutterstock

Ecuador y Colombia viven momentos tensos y abrumadores. Al final, la poca claridad y las nulas pistas del caso, convirtieron el tormento en esperanza: el mundo espera que las pruebas sean falsas. Ver, en algún momento, a los periodistas salir caminando de la selva.

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