Por Catalina Yob
30 mayo, 2018

La mujer de 37 fue obligada a callar por 18 años. Hoy además revela que los sacerdotes acusados, son enviados a recintos en donde residen monjas, quienes terminan siendo abusadas.

“Ya que se están destapando cosas, que se destape todo de una vez”, dice Consuelo Gómez de 37 años a tan sólo días de que su país, Chile, se convirtiera en el protagonista de un nuevo caos desatado al interior de la Iglesia Católica. Una investigación, llevada a cabo por un programa de televisión chileno, delató la existencia de una verdadera mafia al interior de múltiples diócesis en Chile, las cuales han encubierto años de abusos sexuales por parte de los sacerdotes.

La destrucción irreparable que ha experimentado la Iglesia Católica en los últimos años, sólo ha logrado agravarse a raíz de la revelación de nuevos testimonios por parte de sobrevivientes de todo el mundo. Esta vez, Consuelo Gómez, una ex religiosa chilena, se atrevió a contar la historia que fue obligada a guardar por 18 años. En conversación con Emol, relató los abusos sexuales de los que fue objeto por parte de una monja, superior a ella. 

Consuelo Gómez

Consuelo tenía tan sólo 18 años cuando ingresó a las “Hermanas del Buen Samaritano”, ubicada en la Región del Maule. Tras meses de interrogantes sobre qué hacer con su vida tras el término del período escolar, Gómez optó por el camino de la religión, en el cual se mantuvo durante 20 años.

Allí se dedicó a cuidar a ancianos y enfermos, quienes vivían al interior de la congregación de manera gratuita. La hospitalidad que caracterizaba el recinto religioso, permitió que la joven quedara plenamente enamorada de la labor que realizaban las monjas en favor de la comunidad más vulnerable del país. Lo que comenzó como una labor humanitaria, terminó convirtiéndose en un régimen de esclavitud. Sin importar su estado de salud o la cantidad de horas trabajadas, la joven era forzada a trabajar sin descanso, recibiendo golpes si se negaba a la realización de alguna tarea. Además de la atención de ancianos, ella y las otras novicias debían encargarse del cuidado de sacerdotes acusados de pedofilia y abuso sexual.

“(A los abusadores) los sacaban de sus diócesis y los metían ahí, y estaban en comunidad con nosotras. ¿Cómo lo pueden tener un convento donde hay monjas, donde hay mujeres? No me cabe en la cabeza”.

Las superiores de la congregación le prohibieron establecer contacto con amigos. Sólo podía hablar con sus familiares 10 minutos y ser visitada por ellos una vez al mes. Lo mismo sucedía si alguna de las novicias se enfermaba: las monjas recetaban medicamentos a su gusto y no les permitían visitar a un especialista. Uno de los hechos más alarmantes fue cuando a raíz de una depresión, sufrió de una delicada condición de salud.

“Me salieron herpes en todo el aparato digestivo, comenzando con la boca, y jamás me llevaron al médico, sólo me tenían con suero y medicamentos a su parecer”.

El viaje a España y el inicio de su infierno

Luego de dos años sirviendo en la congregación religiosa de la Región del Maule, Consuelo fue enviada a España. Pese a tratarse de otra congregación, las tareas eran las mismas, sin embargo éstas eran aún más agobiantes. Turnos de noche, retos y prohibición de descansos eran algunos de los elementos presentes en los primeros meses en España, en el año 2000.

Consuelo Gómez

Las novicias eran controladas las 24 horas de los siete días de la semana por los sacerdotes y las monjas al interior de la congregación. Revisaban sus labores e incluso la ropa interior que vestían, hecho que permitía que sacerdotes, capellanes y directores espirituales las tocaran indebidamente. 

“Por lo mismo había mucho acoso de los sacerdotes, capellanes y directores espirituales, muchas tocaciones indebidas. Se les iban las manos hacia zonas que no debían. Esto pasaba también en Chile, pero en España lo defendían mucho y aceptaban este comportamiento”.

Ver a presbíteros desnudos tomando sol en las afueras del recinto comenzó a ser parte de su día a día en España, en donde a veces debía cumplir turnos de 12 horas sin descanso. 

El inicio de su infierno ocurrió cuando tenía 20 años aproximadamente. En su estadía en España, Consuelo compartía habitación con una religiosa, superior a ella, con quien compartió parte de la miseria que estaba experimentando. La vulnerabilidad en la que estaba situada Gómez, desencadenó que la monja, de identidad desconocida, abusara de ella sexualmente. 

“Yo fui abusada sexualmente por una monja en España, que también era chilena y superior a mí, varias y repetidas veces. Y todos sabían y me hicieron callar. Me hicieron sentir a mí que era culpable de todo. Pero ahora comprendí que esta es una historia que yo viví, que es mía, y que no soy la única”.

“Cuando yo entraba al baño, ella también lo hacía y cerraba con llaves para luego manosearme. Me forzaba física y psicológicamente a hacer cosas que yo no quería”.

“Me hizo callar”

Los abusos ahondaron en la depresión que había surgido en su estadía en la Región del Maule, desencadenando una grave anorexia. Un día Consuelo decidió recurrir al sacerdote y director espiritual del recinto de España en busca de ayuda, sin embargo fue callada una vez más. 

“También me hizo callar, por lo mismo, porque me dijo que le iban a dar la razón a ella y no a mí, que yo para él era una simple novicia, y yo, por miedo, no sé a qué, pero por miedo, porque estaba lejos de mi familia, me quedé como parapléjica”.

Emol

En 2013 fue enviada a la Nunciatura Apostólica, ubicada en Santiago de Chile, en donde su historia fue vapuleada por el nuncio, Ivo Scapolo, quien a pesar de conocer la historia de primera fuente, no hizo absolutamente nada al respecto.

“Pero me puse a llorar, me preguntó qué me pasaba, y le conté todo mi caso, que me sentía pésimo, y todo lo que viví en España. Me enviaron al psiquiatra, que sin mayores palabras se dio cuenta de la depresión severa y del trastorno de estrés postraumático que tenía producto de lo vivido en España, de estar guardando todo por más de diez años”.

“Pero a mí la rabia que me da ahora es que el nuncio, sabiendo todo esto, no ha hecho nada”.

Hoy y a más de un año de haber renunciado a la congregación, la cual no le permitió explorar lo que Consuelo sigue catalogando como su “vocación”, la mujer de 37 años cuenta su testimonio porque le preocupa que la historia siga repitiéndose, sin encontrar la luz pública.

 “Sé que quedan congregaciones de religiosas y que hay muchas jóvenes que, a lo mejor, tienen esa inquietud, y no quiero que les pase lo mismo que pasé yo. Y también sé que hay muchos papás que se preguntan cómo será la vida adentro, y tampoco quiero que se sientan como se ha sentido mi mamá, con la culpabilidad de que ella fue la que me dio permiso”.

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