Por Andrés Cortés
11 octubre, 2017

Sus espectáculos fueron prohibidos para los niños y lo acusaron de brujería. La verdad era aún peor.

Los espectáculos de entretenimiento de la antigüedad carecían de la tecnología que existe en el mundo de hoy, por lo que las obras de teatro o shows de magia tenían gran relevancia. No obstante, en 1920 un nuevo espectáculo cautivó rápidamente a la audiencia y en muy poco tiempo se hizo famoso.

Se trataba de Charlie McCarthy, un hombre que presentaba un show bastante sencillo: utilizaba un muñeco para realizar un show de ventrilocuismo (modificar la voz para imitar la de otro objeto o ser). No obstante, lo llamativo de sus presentaciones era el muñeco que utilizaba: Edgar.

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Edgar representaba a un niño de 8 o 9 años de edad. Su complexión era regordeta y sus rasgos parecían demasiado expresivos. Otro de los aspectos más llamativos de Edgar era su tamaño, pues comparado con el promedio de muñecos que se utilizaban en aquella época, Edgar sobrepasaba el porte de estos.

Si bien sus ojos eran de madera, no debíamos ser muy detallistas para darnos cuenta que su mirada tenía una expresión de tristeza o incluso maldad.

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Las presentaciones de McCarthy cobraron gran relevancia en muy poco tiempo. Esto se debió en gran parte al demostrar que era un verdadero maestro en su arte, pues era imposible notar el más mínimo movimiento de sus labios para que su muñeco Edgar “hablara“.

Fue este mismo talento el que lo catapultó como un artista que practicaba la brujería, pues la gente de aquellos años creyó que el hombre utilizaba algún truco maligno para hacer que Edgar hablara. Los padres, asustados, prohibieron que sus hijos fueran a presenciar el show.

Otros de los mitos que se sumaron a la historia de Charlie McCarthy fue el especial cuidado que tenía con su muñeco Edgar. Si bien los escritos del entonces lo describen como un ser “amigable, alegre y comprometido” con su audiencia, este no permitía que absolutamente nadie se acercara a Edgar. Ni los niños ni personal del trabajo. Solo él podía sacarlo, tocarlo y guardarlo en su caja.

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Pero su espeluznante y exitosa carrera llego a su fin una noche después de un show. Los trabajadores del teatro en donde se encontraba presentando se acercaron al camerino para avisar que el recinto estaba cerrando y que debía retirarse. Pero nadie contestó al llamado.

Debido a los mitos que orbitaban sobre McCarthy, estos tenían miedo de entrar a su camarín, por lo que decidieron llamar a la policía. Cuando estos llegaron, forzaron la puerta e ingresaron. Lo que vieron los dejó atónitos.

McCarthy estaba tendido en el piso. Muerto. Su cuello estaba destrozado y un charco de sangre decoraba su cadaver.

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Luego de unos momentos los trabajadores se centraron en encontrar el muñeco, pues la primera hipótesis fue que alguien entró para robar el muñeco y lo asesinaron. No obstante, cuando abrieron la caja encontraron algo aún más terrorífico: El muñeco seguía allí.

Edgar estaba boca arriba, con su característica mirada escalofriante. Los oficiales sintieron temor de tocarlo, pero debían realizar los peritajes para comprender qué había ocurrido.

Al comenzar el análisis, descubrieron algo que dejaba el asesinato de McCarthy en segundo plano. El muñeco Edgar en realidad no era un muñeco, sino que se trataba del cadáver de un niño. En sus dedos encontraron huellas dactilares. Su rostro, para ocultar la palidez de su estado, estaba tapada con una máscara de látex.

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Jamás se descubrió cómo Charlie McCarthy logró conservar tan bien el cadáver de este niño. Tampoco la identidad de Edgar. Lo peor es que todos estas inquietudes jamás serán respondidas debido a que McCarthy se llevó sus respuestas a la tumba.

Cuando el hecho se hizo público, varias teorías sobre el origen del niño comenzaron a aparecer. Una de las que cobró más fuerza fue que el cadáver se trataba de su propio hijo y que frente al dolor de la pérdida que experimentó, no fue capaz de enterrarlo y le otorgó una segunda vida incluyéndolo y dándole vida en los show, negando así que su hijo se había muerto. Espeluznante.

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