Por Maximiliano Díaz
3 agosto, 2018

Jerusalén tiene una larga historia de discriminaciones. El 2015, una muchacha de 16 años murió apuñalada en una manifestación LGBT. Hoy, quieren que el mundo los vuelva a ver.

No es un secreto el hecho de que Jerusalén es un lugar increíblemente homófobo y conservador en el peor sentido de su palabra: ahí, una tradición arraigada se ha preocupado de invisibilizar y dañar lo más posible tanto a la comunidad LGBTI+ como a sus formas de manifestarse libremente por los lugares públicos.

Sin embargo, y a pesar de haber una serie de antecedentes que daban un pronóstico poco alentador para que hubiese una marcha del orgullo exitosa, este año ni las amenazas de los grupos con tendencias nazis, ni mucho menos los grupos homófobos, lograron mermar la determinación de las minorías sexuales para que pudieran llevar a cabo el desfile del orgullo LGBT.

Gali Tibbon

Un grupo de cerca de 20.000 asistentes (según la prensa hebrea, que  también tiene tendencias ultraconservadoras, así que se piensa que el número asciende bastante) se tomó el centro de Jerusalén. Según comenta la prensa internacional, se debieron tomar un montón de medidas de seguridad para que la marcha pudiese efectuarse.

Sus asistentes lo calificaron como «emocionante»: para muchos, esto significó un gesto. Dentro de la cultura israelí, y con mucha más fuerza en Jerusalén, el exigir dignidad, y buscar visibilización de las minorías sexuales, es algo que suele ser penado, de alguna manera, por el Estado o los grupos extremistas o ultraortodoxos. La llamada Ciudad Santa, dicen muchos, no es lugar para homosexuales ni personas trans. Es un lugar que está históricamente ligado a las santas escrituras, y una especie de emblema religioso. No es de extrañarse que los conservadores no quieran entregar con tanta facilidad este «espacio seguro».

EFE

A pesar de todo, la marcha se hizo. Se llenó de abrazos, besos, gritos, cantos, bailes y colores. El ambiente celebrativo estaba en el aire. Estaban tras un circuito cerrado y vallado. El Estado intentó llevarlos como ganado. Delimitar el espacio de su celebración. Por supuesto, la policía los escoltó durante todo el trayecto. A pesar de que algunos aseguran que el despliegue policial tiene que ver con medidas protectoras que el mismo Estado ofrece para proteger a sus minorías en caso de cualquier ataque homofóbico, esa posibilidad también es un poco contradictoria en sí misma: otras partes suponen que, viniendo de un país que se define a sí mismo como ultraconservador, esa medida es un gesto. Una especie de «sabemos lo que hacen. Nosotros queremos que ustedes sepan que estamos aquí. Sobre ustedes».

Los antecedentes del ataque

Ahora es donde se genera la discusión más interesante sobre el control policial de Jerusalén en estas marchas. Es importante mencionar que, antes de tener tendencias políticas, Israel y su capital representan lugares que deben proteger a sus ciudadanos. Y es importante mantener viva la memoria de estas celebraciones. A pesar de que la marcha del orgullo se realizó sin novedades (gracias a otro amplio apoyo policial) el 2017, un ataque perpetrado en la marcha del 2015 dejó una enorme herida en la comunidad LGBT. Un judío ultraortodoxo entró al desfile y, mientras este se realizaba, el sujeto apuñaló a seis personas. Entre ellas, una muchacha de 16 años que murió producto de las lesiones que le provocó el cuchillo.

Yishai Shlisel fue el hombre que perpetró el ataque (Foto: EFE)

Esto obligó a las autoridades a tomar partido, y velar por la dignidad de las minorías a las que querían combatir. Esto era culpa de una política profundamente arraigada. A pesar de que el tipo que perpetró el ataque fue arrestado de inmediato, esta no era la primera vez que cometía un acto de esta categoría. Es más, venía saliendo de la cárcel por haber dado un golpe similar, en el mismo contexto, durante el año 2005: apuñaló a tres personas. Una de ellas murió.

Pero, ¿cuál es la conexión con el Estado aquí? Sencillo: 2005, el mismo año en el que el trastornado Yishai Shlisel dio su primer ataque, los jefes de las mayores religiones de Israel se reunieron en Jerusalén. Su objetivo era impedir el desfile del orgullo gay. Contaban con el apoyo del alcalde de la ciudad, un sujeto ultraconservador llamado Uri Lupolianski, y llegó hasta los juzgados, donde finalmente se desestimó su plan. No es difícil imaginarse la ira de los ultraconservadores cuando les niegan la posibilidad de imponer sus propias ideas y, peor aún, tuvieron que contribuir con fondos a la celebración del evento.

Marcha del orgullo del 2017 (Foto: AP)

Entonces, ¿es solo culpa de los grupos con políticas más drásticas de discriminación, como el daño físico? ¿Esto se soluciona a nivel de sujetos, como encarcelando, por ejemplo, a todos los Yishai Shlisel? Pues no. Probablemente estemos todos de acuerdo si declaramos que hay que estar bastante trastornado para apuñalar a 6 seres humanos en una celebración, buscando matarlos, pero es importante, también, reconocer el rol que juega el Estado al momento de avalar estas discriminaciones.

Para terminar, muchas personas hacen declaraciones del tipo «no hay un desfile del orgullo hetero» para encubrir su molestia con estas manifestaciones. En esos casos, retrocedamos un poco: la homosexualidad es una tendencia que ha sido profundamente estigmatizada desde siempre (probablemente las épocas más doradas de los imperios grecorromanos sean las únicas donde no), y nosotros estamos viviendo la época en la que esa transición por fin comienza a tomar forma. Los desfiles del orgullo, entonces, no tienen nada que ver con mostrarle al mundo la sexualidad de sus participantes, con besarse en público ni con hacer sentir «menospreciados» a los heterosexuales. Tiene que ver, más bien, con que por fin tienen el momento y el espacio para celebrar.

«No odies a tu hermano en tu corazón» (Foto: Wikipedia)

Ya no deben seguir escondidos. Ahora pueden amarse sin miedo. Pero su lucha continúa.

Puede interesarte