Por Maximiliano Díaz
7 junio, 2018

“Muchos niños y niñas trans no llegan a los 14 años, se suicidan, o llegan ya con mucho daño en su salud mental”, afirma Mónica Flores.

Cuando Mónica Flores sostuvo a su bebé entre sus brazos, no dudó ni un segundo que estaba en frente de un niño. Al menos, su biología y sus partes médicos así lo declaraban: generalmente, y en el contexto de la medicina, sobre todo cuando se trata de niños, no hay espacio para la duda en esta clase de cosas. Si hay algún cambio, un error, algo inapropiado en los informes médicos, se llegará a saber en algún momento, pero lo que ella tenía entre sus brazos, en ese momento, era un niño. Su hijo.

Pasaron dos años, y comenzó a hablar. A tener cierta autonomía sobre su cuerpo. Manifestó tendencias que no eran tan “propias” de un niño. Una suerte de identidad de género distinta. Mónica lo dejó pasar. Las tomó como curiosidades propias del crecimiento. Pasó más tiempo, y oyó una frase que hasta el día de hoy recuerda, y le hizo saber que debía buscar guía y ayuda. Desgraciadamente, comenta, también sintió miedo:

“Mamá, yo siento que soy niña desde que estaba en tu guatita, ¿por qué me pusiste nombre de niño?”.

Entonces, comenzó la vertiginosa infancia de una niña en el cuerpo de un niño. En sus cumpleaños, caminaba cabizbaja y llena de dudas porque le decían que no podía recibir regalos “para niñas”. Lo mismo en el supermercado, cuando pasaban por el pasillo de los juguetes y ella se acercaba a las muñecas pero, al ver a otro niño acercarse, las soltaba y miraba desentendida hacia otro lugar. Era un sistema que se repetía en la ropa, los programas de televisión y las amistades. No quería ser vista. Planeaba pasar lo más desapercibida posible en la mayoría de los contextos.

Mónica es sicóloga, pero hasta ese entonces jamás había oído nada sobre identidad transgénero. Era un término completamente desconocido. No se abordaba en escuelas, familias, ni grupos de amigos. Hace algunos años, esa identidad se reprimía hasta el cansancio, hasta que esas personas volvían a sentir que estaban “encarriladas“. Su desconocimiento no la dejaba abordarlo bien, pero estaba preocupada. Según ella:

“Ya tan chica ella sentía que era algo que podía ser malo. Se estaba poniendo triste”.

Mónica Flores

Supo que debía ponerse al día. Asistió a una capacitación sobre identidad de género y derechos humanos, y se dio cuenta de que eso era lo que estaba viviendo su hija. Había descubierto un espectro completamente nuevo del género. Se apoyó desde ahí, investigó, leyó, buscó redes de contención, personas en la situación de su hija, y a otros padres con hijos como ella. Necesitaba armarse un grupo de apoyo e información.

Apenas entonces, comprendió que esto no era solo una etapa. Hoy, con mucha más experiencia que en este entonces, explica:

“Las personas no salen de una definición entre hombre y mujer. Yo empecé a comprender con mi hija que la identidad trans no es el gusto por un juguete, o por un color, un disfraz. no se trata de tener conductas o actitudes del otro género, no es una decisión: es un sentimiento profundo. Nosotros nos encontramos con que nuestra niña se sentía niña y que eso era algo persistente en el tiempo”.

Una “patología”

Hasta principios de este año, la Organización Mundial de la Salud (OMS) tenía a la transexualidad en su Clasificación Internacional de Enfermedades. Muy simple: para el estamento que regula la clasificación de los trastornos, ser trans era una enfermedad. Decidió sacarla de esa categoría, pero en lugar de eliminarla directamente de la lista, optó por “ponerla en una categoría menos estigmatizante”. Lo rebautizaron: ahora se llama “incongruencia de género”, y está en el apartado de “condiciones relativas a la salud sexual”. Comparte la categoría con conceptos como “disfunciones sexuales” o “trastornos relacionados con dolencias sexuales”.

Nada raro si revisamos la historia de la OMS. La homosexualidad dejó de considerarse un trastorno en 1990.

Pixabay

Bajo la invisibilización, el rechazo y la ignorancia de su medio, Mónica tuvo que intentar darle apoyo a su hija. Ella misma cuenta lo complejo del proceso, sobre todo en lo social, y desde la patologización de este fenómino:

“Lo que sí existía era un reconocimiento, pero desde la patología. Se aceptaban en algunos casos, pero como personas enfermas, personas en las que hay algo que reparar. De hecho, para acceder a un tratamiento hormonal se exige que un psiquiatra te evalúe y diga que tienes un trastorno de disforia de género, por lo tanto, para los demás, tú estás enfermo”.

Teniendo un panorama más o menos trazado, y comprendiendo su dificultad, Mónica también decidió dedicarle tiempo y energía a que el entorno social de su hija también comenzara a reconocerla como tal. Quería protegerla. Y así fue, pero no con todos. Muchas de las personas más cercanas a ella la acompañaron de manera incondicional en el proceso: abuelos, tías, amigas, madres de las amigas, compañeras, profesoras del jardín infantil. Sin embargo, también cuenta que, en algunas ocasiones, la ignorancia tira mucho más fuerte. Varias personas, también cercanas, no respetaron su decisión. Decidieron dejarla ir.

Renacer

Mónica reunió a otras 60 familias y fundó junto a ellas la Fundación Renacer. Hoy es ella quien la preside. La fundación funciona a partir del trabajo voluntario. Ayudan y acompañan a personas trans e intersexuales y a sus familias. Lo que buscan, comenta Mónica, es generar, gestionar y buscar espacios para educar con respecto al tema. Estudiarlo y ponerlo sobre la mesa. Desestigmatizar a las personas trans:

“Muchas familias que expresan rechazo es porque tampoco entienden, o tienen ideas erróneas sobre lo que pasa, tienen prejuicios, creen en mitos. Cuando hay educación, cuando el tema se conversa, la mirada cambia. Las familias logran empatizar con sus hijos, los abuelos, los tíos. Por eso una de las tareas más importantes de la fundación es esa: educar”.

Mónica junto a más participantes de la fundación (Foto: Fundación Renaciendo)

Mónica destaca la labor que pudieron ver en el colegio de su hija: allá, hubo una enorme disposición al aprendizaje. Querían saber qué era lo que le ocurría a la pequeña. Pero también destaca su privilegio, y el hecho de que esa no es la realidad de la mayoría de las personas. El enorme grueso casi siempre se ve expuesto a la humillación y la ignorancia.

Una pelea contra la burocracia

Desde entonces, una de las cosas por las que Mónica y Renacer han luchado, es por lograr cambiar la legislación sobre la edad en la ley de identidad de género. En Chile, el país en el que ella reside, el sector más conservador cree que solo debería ser posible cambiarse legalmente el nombre y el sexo después de los 14 años. Los más flexibles con el tema, proponen bajarlo únicamente hasta los 12 años. Mónica y otros activistas, en cambio, piensan que ese es un derecho innegable en todo momento de la persona con una identidad distinta. Y habla de preocupantes cifras y contextos sociales en los que estos niños y niñas se ven envueltos, también destaca la sensación de aislamiento. Muchos, incluso, se suicidan antes de llegar a los 14 años, o llegan a esa edad con demasiado daño en su salud mental:

“Estos menores y adolescentes se encuentran todos los días en espacios donde sienten que no existen. Los insultan, enfrentan la discriminación, el rechazo. No les creen cuando muestran sus documentos ante cualquier trámite. No pueden elegir con qué vestirse en el colegio, o por qué nombre los van a llamar en la lista. Y eso es doloroso. Se van alejando de la sociedad, se angustian. Muchos desertan del sistema escolar por bullying, o porque sienten que no hay un espacio para ellos.

Nosotros creemos que la identidad de género es un derecho humano y que, segundo, no es una decisión, por lo tanto no hay una edad para prohibirlo o autorizarlo. Tenemos testimonios de niños de 5, 6, 7, 8, 9 años que han hecho su tránsito y viven su identidad de género. Entonces por qué no tener ellos el derecho a ser reconocidos en su país”.

Fundación Regeneración

Hoy, la hija de Mónica tiene 7 años. Ambas convienen en que ha sido un período largo, arduo y difícil. La compañía de la familia y el amor ha significado todo para ellas. Y es importante recordar que no todas las personas en su misma situación disponen de eso.

Ahora, con la ley actual bajo que la viven, se vienen tiempos difíciles para todos los menores trans. No existe el derecho de que reconozcan su nombre (ni siquiera socialmente) y cualquier ejercicio burocrático, ya sean matrículas escolares, visitas al médico, viajes; pueden hacer que un o una menor se vean expuestos al poco criterio de algunos que se impresionan al ver un documento de identidad y una imagen real distintas.

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