Por Camila Cáceres
24 noviembre, 2017

El hospital estaba lleno de ratas, les daban a comer carne podrida y algunas de las pacientes eran abusadas sexualmente.

Elizabeth Cochran nació en 1864 en una pequeña ciudad de Pennsylvania, Estados Unidos. Su padre murió cuando aún era niña y tuvo que ayudar a su madre a mantener a su familia de nada más y nada menos que 14 hermanos. A pesar de los horribles cánones de la época, Elizabeth creció en una familia donde las mujeres no sólo podían, sino que debían encontrar un oficio si no querían pasar hambre.

Así que cuando leyendo el diario Pittsburgh Dispatch se encontró con la columna Para lo que sirven las niñas, la furia la superó.

La idea de que las mujeres sólo servían para quedarse en casa y criar hijos era tan ofensiva como risible. Ella, su madre y hermanas eran prueba viviente de que “las niñas” podían hacer mucho más que procrear.

Escribió una dura carta al editor del periódico, quien quedó tan impresionado con su estilo que decidió darle la oportunidad de su vida: un empleo. Con sus palabras, Elizabeth podría demostrarle a él y al mundo para lo que ella “servía”.

Y no lo decepcionó.

Con el seudónimo Nellie Bly, Elizabeth escribió atrevidos artículos sobre los derechos de la mujer y los problemas que las aquejaban. Solía disfrazarse y meterse en lugares como fábricas, refugios y tiendas para exponer las terribles condiciones en que las mujeres trabajaban.

Wikicommons

Su “insolencia” y su rotunda negativa a escribir sobre “temas femeninos” como jardines, cotilleos y moda acabó por romper la relación entre Elizabeth y el Pittsburgh Dispatch, pero la motivó a mudarse a Nueva York.

Nueva York del 1880 era una olla a presión de humanidad, pero gracias a su particular carrera Elizabeth logró encontrar trabajo en un periódico con una asignación muy especial: querían que se infiltrara en un hospital psiquiátrico.

El Women’s Lunatic Asylum (“Asilo de mujeres lunáticas”) en la isla Blackwell estaba rodeado de espantosos rumores, pero nadie sabía qué pasaba realmente allí dentro. Se hablaban de terribles torturas, pero los empleados no admitían nada y nadie le creía a las pobres pacientes.

Elizabeth aceptó el trabajo, acordaron que la sacarían 10 días después y comenzaron a prepararse para una tarea difícil.

Lo que Elizabeth no sabía es que sería más que difícil. Estaba por conocer el infierno.

Facebook / Fern Pimravee Wongphunga

El asilo hospedaba al doble de pacientes que podía mantener, en condiciones de las más horrorosa negligencia. La comida era pan añejo o crudo, carne a medio podrir, caldo y agua sucia. Habían ratas por todas partes. Las pacientes eran golpeadas, amarradas a diferentes lugares e incluso abusadas sexualmente. El castigo más suave eran baldes de agua helada a cualquier hora, con cualquier excusa.

Más tarde Elizabeth diría que a pesar de haber estado fingiendo una enfermedad mental, las condiciones del hospital eran tan terribles que habrían vuelto loco a cualquiera en menos de un mes.

Además, se encontró con muchas mujeres que no tenían ninguna enfermedad. Sólo eran personas muy pobres o que no sabían inglés. Y las pocas mujeres realmente enfermas sufrían aún más que el resto.

Facebook / AbandonedHistoricProperties

Afortunadamente, un abogado llegó a buscar a Elizabeth 10 días después y la mujer escribió un libro entero sobre lo que había vivido: Ten Days in a Mad-House, “Diez días en la casa de la locura”.

Los gráficos detalles de su relato espantaron y fascinaron a la sociedad al punto de que por fin se inició una investigación— asistida por la periodista.

Finalmente un jurado decidió que el presupuesto del Departamento de Caridad Pública y Correccionales necesitaba un aumento de $850,000 dólares y comenzó a hacer revisiones mensuales.

Facebook / Women’sRightsNews

Elizabeth Cochran continuó con su espectacular vida luchando por los derechos de la mujer y se la considera una de las precursoras del periodismo de investigación.

Su trabajo la volvió una enemiga personal del dictador mexicano Porfirio Díaz. Compitió contra otra mujer periodista, Elizabeth Bisland, para dar la vuelta al mundo en menos de 80 días (se tardó 72). Se casó con un empresario millonario y comenzó a inventar y patentar artefactos como barriles para cargar leche y basura.

Tristemente, sus aventuras le pasaron la cuenta y murió de neumonía en 1922, con sólo 57 años. Por fortuna dos años antes, en 1920, las mujeres en Estados Unidos ganaron su justo derecho a votar. 

Una mujer que realmente vale la pena conocer.