Por Maximiliano Díaz
1 junio, 2018

Por primera vez, los ciudadanos norcoreanos hablan para medios internacionales sobre los castigos, los campos de concentración, la pobreza, y el sentimiento de estar alejados del resto del mundo.

Pionyang es una casa de muñecas gigante. Todo parece perfectamente dispuesto: las hileras de edificios descansan bajo el sol y la nieve con la misma calma impasible. Los transeúntes son un ornamento, y casi siempre uno ausente. Nada rompe su silencio. Las calles están vacías. Los militares salen algunos días al año. Se agitan banderines, pañuelos y se entonan canciones. Es la ciudad perfecta para que alguien conserve la paz. Parece que estuviera hecha de plástico.

No es una coincidencia que las calles tengan poquísimo movimiento. Hay pocos autos y los transeúntes se desplazan en grupos grandes. Lo más común en la calle son bicicletas. A veces, en los días más fríos, los ciclistas prefieren salir a pie a pesar de que algunas distancias sean demasiado largas. Basta con un paseo en autobús por Pionyang para que cualquiera se dé cuenta de que no hay mucho que ver.

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Las personas tienen dos cosas claras: comienzo y final del trayecto. Es casi imposible para un extranjero lograr hablar con alguien en la calle. Los turistas van escoltados por la policía, y los lugareños están incomunicados del mundo exterior. Allá, todos temen y respetan a Kim Jong-un, el líder supremo. Un sujeto al que se le ha atribuido un estatus casi divino. Potente, incuestionable y sabio. Desde la escuela, los norcoreanos saben que su primera lealtad es con la nación. Deben informar sobre todos los disidentes que tenga el régimen. No importa si son amigos o familiares, el supremo líder se los agradecerá.

La disidencia

Sin embargo, aún hay algunos pocos que se atreven a decir cosas malas de él. En realidad, las susurran. Saben que no cualquier espacio es ideal para manchar su imagen. Si los descubren, arriesgan la ejecución o ir a campos de reeducación por el resto de sus vidas (incluso ordenan el arresto de hijos y nietos de algunos presos). A pesar de eso, una comerciante accedió a hablar con la BBC. No quiere que nadie conozca su nombre, y pidió que su rostro se ocultara. Convino con los periodistas en que su nombre para la entrevista sería Sun Hui. Y comenzó asegurando que quienes critican a Kim Jong-un lo hacen mayoritariamente por ser “un hombre de negocios”:

“La gente dice que actúa tal como nosotros, pero que se lleva nuestro dinero. El hombrecillo usa su cabeza para chupar dinero como un pequeño vampiro”.

BBC

Es normal que Sun Hui comprenda y resienta la pobreza. Ella sabe de tiempos difíciles. Vive con su marido y sus dos hijas. Cuando los tiempos son buenos y hay prosperidad en casa, pueden permitirse tres comidas al día. Cuando su negocio comienza a decaer y el dinero no circula, hay solo un plato en el menú: arroz con maíz.

Sun Hui comprende bastante bien un modelo comercial que puede llegar a ser muy tormentoso: trabaja en un comercio poco regulado y lleno de pequeños núcleos comerciales. Lo que más mueven ella y sus colegas es comida callejera, ropa, y dispositivos electrónicos de contrabando. Según el portal digital Daily NK, que ayudó a la BBC con la investigación, más de cinco millones de personas dependen de este centro del comercio.

En un principio, las cosas no estaban pensadas para ser así. El régimen norcoreano sigue la línea más dura y conservadora que podría proponer el comunismo: un sistema de raciones de alimento debiese alimentar a la población, pero todos saben que no es así. Además, la enorme lista de sanciones económicas internacionales no ha hecho más que darle deudas al país. Con este tipo de comercio, ilegal pero efectivo, algunas personas se aseguran de tener comida en el plato durante (casi) todo el mes. A pesar de que el régimen “lo sabe” y lo monitorea todo, da luz verde a que estas ventas existan. A mitad de los ’90, una terrible hambruna dejó a más de un millón de muertos. Saben que es eso, o algunas personas vendiendo celulares en las calles. La respuesta está clara.

Según Sun Hui, la aprobación a Kim Jong-un ha ido creciendo. La gente está feliz teniéndolo al mando porque permite que los mercados y sus empleados trabajen en paz. De acuerdo a las opiniones ajenas que ella comparte, no aplica mucha mano dura. No importa lo que hagan.

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El laberinto de los mercados

Como es de esperarse, estas largas filas de puestos, donde algunos se dedican a pasar el día en búsqueda de algo que necesiten, también son caldo de cultivo para los rumores que se generan en el régimen. A pesar de que Kim Jong-un y sus equipos de información y las milicias filtran y regulan toda la información que entra al país, a veces hay alguna palabra, un pequeño chisme que recorre las ciudades como un germen. Y cuando entra al mercado, un pequeño punto que parece vivir al margen de las reglas del país, solo puede continuar esparciéndose. Sun Hui cuenta:

“Oí en el mercado que el presidente de Estados Unidos va a venir. La gente no sabe mucho sobre la reunión, pero a todos les desagrada Estados Unidos. Decidimos que la razón de que vivamos en la pobreza es que Estados Unidos nos dividió y nos aisló.

Pero las cosas comenzaron a cambiar hace poco. Dicen que tenemos que llevarnos bien con el Sur. Y hace poco que dicen que deberíamos vivir en paz con Estados Unidos para que todos tengamos una vida mejor”.

Toda esta clase de rumores, y las noticias de la política internacional parecen apuntar a que Kim Jong-un sí estaría ablandándose mucho hacia los gobiernos occidentales. Muchas decisiones (como la reunión con Trump que fue tristemente cancelada, y la destrucción de centros de pruebas nucleares) parecen indicar que el gran mandatario sí espera un cambio, y hasta una reconciliación.

Los mercados no son los únicos que hablan

Chol Ho es el que más peligra al dar sus testimonios. Por supuesto, ese no es su nombre real. Trabaja en las fuerzas armadas, y asegura que vive sin culpas ni mayores preocupaciones. Todo lo que espera es un poco de calma y prosperidad:

“Hasta la muerte, sin enfermarse”.

BBC

Lo mismo para sus padres y sus hijos. Asegura que él no tiene mayores reparos con el régimen, pero que hay muchos disidentes dentro del país. Gente que suele hablar mal del gobierno, las gestiones, y de cómo debe desarrollarse su vida por culpa de estas medidas. Luego, se explaya notablemente más nervioso:

“A veces el Bowibu, el departamento de seguridad, detiene a la gente por decir lo incorrecto. La gente sí desaparece de repente, pero aquí no ha sucedido recientemente”.

Chol Ho está nervioso porque todos en el país saben a lo que se refiere: a los famosos campos de concentración. Nadie habla sobre ellos, pero todos saben que, ahí, los casi 20.000 presos que puede albergar cada recinto son torturados. Después de largas sesiones de castigos físicos y psicológicos, les dan una pala y los obligan a cavar sus propias tumbas.

La violación es un castigo recurrente en esos lugares.

A pesar de la propaganda que vende el régimen, Chol Ho ha visto algunas cosas desde adentro, y sabe que hay ocasiones en las que el régimen inventa cosas para encarcelar a algunos ciudadanos. La intención de hacer daño está clara y manifestada frente a algunas personas:

“Inventan historias para su propio beneficio. Obligan a la gente a decir que están planeando ir a China y luego los denuncian”.

De vuelta en casa

Ni Chol Ho ni Sun Hui han salido jamás de Corea. Nunca han hablado con alguien que no sea norcoreano. Su cultura es todo lo que conocen. Llegan a casa, y Chol Ho admite que, antes de dormir, a veces repasa algunas dudas: cómo serán las otras personas, cómo pensarán que es él. ¿Seré enjuiciado moralmente por las personas de Occidente? No hay respuesta, pero la preocupación se disipa cuando se levanta y mira por la ventana. Si le falta algo a sus vecinos, sale a compartir lo que tiene. “Nuestra gente es buena”, asegura. Los norcoreanos tienen un refrán que dice que los vecinos son mejores que los primos.

BBC

Sun Hui llega tarde después de una jornada de trabajo agotadora. Acostumbrada a su sigilo, junta las cortinas y cierra las ventanas. Se echa en la cama a ver una película extranjera. Ella sabe que conseguir DVD’s traídos de china, o memorias USB está penado por la ley. No se pueden ver programas de televisión o películas extranjeras. Son fáciles de entender, y la gente logra quitarse la enorme duda de cómo viven los surcoreanos.

Mientras ellos dos sobreviven, la noche termina de caer sobre Corea del Norte. Sun Hui y Chol Ho preparan sus camas. En la frontera, los militares le disparan a un hombre que intenta fugarse.

Un cadáver más para la larga colección de detractores. “Cuando un vecino desaparece, simplemente decimos que se fue al Pueblo de Abajo”, explica Sun Hui.

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