Por Alex Miranda
11 junio, 2018

“Me decía: soy una diplomática, nunca podrás meterme en problemas”, cuenta Fainess Lipenga, víctima de esclavitud moderna en el estado de Washington, Estados Unidos.

La esclavitud contemporánea es un tema que no suele tocarse mucho, después de vencida la esclavitud clásica en la mayoría del mundo, la gente parece olvidar que en los tiempos que corren también se puede llegar a esos extremos. Si no crees que eso sea verdad, solo debes preguntarle a Fainess Lipenga, una mujer de 39 años proveniente de la República de Malaui, quien sobrevivió a 3 años de esclavitud. 

Lipenga, mientras cuenta su historia, se ve bien, con un largo vestido rojo, pendientes dorados y un poco de sombra para ojos. Toda esa imagen de mujer fuerte se rompe fácilmente cuando recuerda toda la historia que le ha tocado vivir: “Me trataron como un perro, he atravesado el infierno”. Todo comenzó en 2002, cuando era una veinteañera y comenzó a trabajar en su natal Malaui como asesora del hogar de Jane Kambalame, mujer a la que dos años después le ofrecieron ser diplomática en Estados Unidos, una oferta que no solo cambiaría su vida, si no que la de Lipenga también. Kambalame le pidió irse a Washington con ella y su familia, a lo que Lipenga aceptó, a pesar de no saber hablar inglés.

“Estaba tan entusiasmada”, dice Lipenga. “Ella me dijo que podría terminar mis estudios en los Estados Unidos, y que después de eso ella me ayudaría a encontrar otro trabajo”.

Luisa Arbeláez

El comienzo del cautiverio

Kambalame la hizo firmar un contrato, que si bien Lipenga no entendió mucho tampoco la dejaba en una mala posición. El documento estipulaba una serie de reglas que dejaban en buena posición a la empleada. Un salario mensual de $980 dolares, dos días de descanso a la semana, pago de horas extras y vacaciones. Pero la realidad estaba muy lejos de ser como la planteaba el contrato.

La familia malauí se instaló en Maryland, cerca de Washignton DC donde Kambalame hacía las veces de diplomática. Cuando comenzaron a vivir ahí, de inmediato se notó la diferencia en el trato, ya que se le pidió a Lipenga que durmiera en el sótano: “Ella decía que no podía dormir en una pieza normal como el resto de la familia, por que les daba asco”, dice Lipenga. Luego añade: “Me hacía trabajar desde las 5:30 am a las 11pm casi todos los días”. La paga también era diferente, los primeros meses no recibió nada, para luego comenzar a recibir de $100 a $180 dólares por mes, muy alejado de los $980 por los que había firmado.

En 2006, y adelantándose a los posibles intentos de fuga de Lipenga, Kambalame terminó por poner un sistema de seguridad con contraseña a la puerta de la casa, también le quitó los documentos, no la inscribió en la seguridad social y, básicamente, la incomunicó. “Yo escuchaba cuando hablaba con mis padres, pero cortaba el teléfono cuando salía”, cuenta con cara triste, a una década de que pasara.

Una de las razones por las que Lipenga no se intentaba escapar era la falta de idioma y el desconocimiento de sus derechos. Sumado a eso las constantes reiteraciones de parte de Kambalame de que al ser diplomática tenía inmunidad: “Me decía ‘soy una diplomática, nunca podrás meterme en problemas’. Yo solo le creí”, cuenta Lipenga, antes de seguir. “Yo perdí las ganas de vivir, pero no quería morirme en esa casa”.

De acuerdo a la Organización Internacional Labour (ILO, por sus siglas en inglés), cerca de 21 millones de personas son víctimas de trabajos forzados en el mundo. De ese total, 1.5 millones de casos se producen en los Estados Unidos, y casi la mitad de esas personas son niñas o mujeres, tal como Lipenga.

Sarah Birnbaum – PRI

El escape de Lipenga

En 2007, una mañana Kambalame olvidó cerrar la puerta de la cochera, la oportunidad perfecta para Lipenga -que por suerte ya había robado de vuelta su pasaporte y su contrato-, que se escapó rápidamente. Terminó buscando refugio en un hospital donde detectaron que estaba enferma de tuberculosis, además de una avanzada depresión. Del hospital terminó siendo derivada a un hogar para indigentes, en ambos lugares se presentó Kambalame. “No sé cómo lo hacía. El refugio quedaba a dos horas del hospital. Pensé que era libre, pero seguía siendo una esclava”.

La única forma que encontró Lipenga fue acudir a una organización sin fines de lucro de la escuela de derecho de la Universidad de Arkansas, donde la ayudaron y guiaron para obtener una visa T -una visa especial para la gente víctima de la trata de personas-. Esa visa salvadora, se ha emitido 1.362 veces en 2017, una cifra que felizmente aumenta constantemente, ya que según el Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos, hace 10 años ese número a penas llegaba a los 544.

Después de pasado el tiempo -en 2014 más concretamente-, Lipenga presentó una demanda por “daños y perjuicios”, detallando cosas como incumplimiento de contrato y provocación intencional de angustia. El juez dijo del caso “la señora Kambalame claramente abusó de su posición de poder sobre la señora Lipenga para causarle un severo sufrimiento emocional”. A su vez, la acusada -Kambalame- no participo de ninguna manera en el juicio. Lo último que Lipenga supo de su ex jefa es que fue ascendida a comisionada de Malaui para Zimbabwe y Botswana, por lo que su ausencia hace que el pago de los daños -establecidos en una multa de $1.101.345 dólares- aún no se concrete. “Mi abogados siguen trabajando en eso”, dice Lipenga.

Al terminar su historia, se siente feliz, ya que gracias a todo esto ha conseguido conocer mujeres fantásticas que la han inspirado, además de aumentar el amor propio que se tiene: “Así luce una guerrera”, dictamina Fainess Lipenga, antes de dar por concluida su historia. 

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