Por Alex Miranda
27 julio, 2018

En los años ochenta, cuando se contagió de VIH, era una enfermedad muy mal vista por la sociedad, por lo que el pequeño optó por esconder su condición.

El momento exacto en que la madre de Matt Merry le dijo que tenía VIH, él no lo recuerda, el único recuerdo que tiene de ese momento es que recuerda que no supo cómo reaccionar. Estaba sentado en la mesa de su casa, en su natal Rugby, Inglaterra. En ese momento él tenía tan solo 12 años.

El virus lo contrajo a los ocho años, le explicó su madre. La razón era su hemofilia, una enfermedad a la sangre que le fue diagnosticada poco después de nacer, en un tratamiento lo inyectaron con muestras de sangre contaminada. Era 1986 y el sida estaba en su apogeo como la enfermedad más peligrosa del planeta, por lo que un diagnóstico de VIH era básicamente lo mismo que una sentencia de muerte.

Cortesía Familia Merry

Los doctores le dijeron que una vez que los síntomas de sida comenzaran, solo le quedarían dos años de vida. El conocimiento básico que se tenía en ese tiempo -y en especial para un niño de ocho años- es el de las imágenes de enfermos esqueléticos, con cuerpos llenos de llagas. Él recuerda que:

“A partir de entonces y durante toda mi adolescencia, sentí que tenía sobre mi cabeza un reloj en modo de cuenta atrás, y que en cualquier momento alguien podía pulsar esa cuenta atrás de dos años hasta que muriera”.

Pero había otra cosa que su madre le debía decir después de esa importante noticia: no debía contárselo a nadie. Ni amigos, profesores, ni siquiera a su hermano pequeño. Matt había quedado aislado.

Al volver al colegio, y con el miedo de que fuera discriminado por esta enfermedad -que en ese tiempo se asociaba a drogadictos y homosexuales- decidió hacer caso a su madre y no decirle a nadie. Analizándolo en la actualidad, Matt cree que si bien fue fuerte para él, sus padres hicieron lo correcto. El recuerda que:

En realidad, no era una verdadera opción dejar que la gente lo supiera. Te sientes tan solo pasando por eso en solitario, sin poder hablarlo ni comentarlo con nadie…”.

Cortesía Familia Merry

“¿Para qué perder tiempo?”

“Supongo que podría haber hablado con mi madre o con mi padre, o mi hermano, pero era algo tan perturbador que no quería hablar de eso porque sabía que me iba a poner a llorar. Así que me encerré en mí mismo y seguí adelante”.

Así pensaba Matt en su juventud, ya que ni siquiera se planteaba llegar hasta más allá de los 20 años. ¿Tener novia, casarse, tener hijos? No eran opciones para él. Menos desde que también descubrieron que tenía hepatitis C. Y así fue como ante una vida tan complicada, Matt optó por dejar de esforzarse en el colegio, total “¿Para qué perder tiempo en eso? ¿Para qué pasarme todo ese tiempo repasando y haciendo deberes si no voy a tener ni una carrera ni nada?”.

Durante los años 70′ y 80′ un tratamiento contra la hemofilia tuvo un gran auge, unas inyecciones de proteínas conocidas como Factor VIII, que ayudaban a la sangre a coagular mejor.  La base para este tratamiento era sangre donada, normalmente desde Estados Unidos. Como se lo imaginarán, mucha de esa sangre venía con grandes riesgos de estar infectada con VIH o Hepatitis C.

Cortesía Familia Merry

Si bien el Reino Unido recibió alertas por escrito de los Estados Unidos, en ellos se hablaba sobre las muestras infectadas que debían ser retiradas, pero recién en 1986 se comenzó a trabajar en el tema, algo que hizo que muchos alcanzaran a infectarse. Matt es uno de ellos.

Matt terminó el colegio con pésimas notas, y más preocupado de salir con sus amigos que de los estudios. A pesar de todo, tenía buena salud. Cuando cumplió los 16 años en 1990, un doctor lo evaluó psiquiátrica que dejó este diagnostico:

“Intenta no pensar en el futuro y, cuando lo hace, se siente mal e intenta distraerse. Tiene un mecanismo de defensa psicológica fuerte, pero se puede traspasar fácilmente y, cuando eso ocurría, claramente se angustiaba”.

Para el psiquiatra, Matt tenía grandes probabilidades de sufrir dificultades emocionales y sería muy difícil para él establecer relaciones satisfactorias con el sexo opuesto, gracias a la infección. Además de estar preocupado por eso, le preocupaba el hecho de que no podría tener hijos.

Dicho y hecho, Matt comenzó a fumar cannabis y luego se pasó a drogas más duras como el speed o el éxtasis. Eran los comienzos de los años 90′ y la escena de música rave consumió al joven. Cuando sus padres lo descubrieron, él solo dijo:

“Y ¿por qué no? Igual no me queda mucho tiempo de vida. Quiero intentar disfrutar de la experiencia todo lo posible antes de morir”.

No pudieron hacer mucho contra ese argumento.

Cortesía Familia Merry

Lo bueno es que algo positivo salió de todo eso. Una noche que volvía a su casa después de un rave, decidió contarle a un amigo sobre el VIH. Era la primera vez que le contaba a alguien ajeno a su familia. La experiencia salió bien y fue liberados, así que en los siguientes tres o cuatro años les fue contando a sus amigos de a poco. Nunca encontró una reacción negativa.

Ese nexo que había creado con sus amigos lo hizo tomar la decisión de ir a estudiar a la Universidad de Birmingham, donde la mayoría de sus compañeros habían ido. La decisión la tomó exclusivamente para poder seguir saliendo de fiesta. Ahí fue cuando notó como sus vidas avanzaban y la de él se estancaba. “Tengo esto desde que tenía 8 años y siempre me dijeron que me quedaban dos años de vida ¿Y qué pasa si no son dos años? ¿Y si es más tiempo?“.

“Tengo todos los motivos para estar agradecido”

Matt comenzó un proceso de ir cambiando su mentalidad de a poco. Viajó, trató de tener parejas, comenzó a pensar que haría si llegaba vivo a los 60 u 70 años. Se fue liberando de los prejuicios del VIH, y con los tratamientos que fueron descubriendo, la sociedad dejó de ver a esa enfermedad como una sentencia clara de muerte.

Más adelante comenzó a tener una relación. Incluso puedo tener hijos gracias a un procedimiento conocido como “lavado de semen”, a pesar de que le dijeron que probablemente su VIH no se transmitiera a sus posibles hijos, pero el no quería que los vivieran lo que el había vivido, por lo que tomó el tratamiento.

“Temiendo la mínima posibilidad de que pudiera transmitirle el virus a mi hijo, después de mi propia experiencia, no quise arriesgarme. Así que hicimos tres ciclos con esa técnica de lavado de semen y tuvimos un niño. Después, volvimos a repetirla para el segundo“.

Además de eso, ahora uno puede comparar los datos sobre el escándalo de la sangre contaminada, y gracias a eso Matt sabe que de los 1250 pacientes infectados en los años 80′ solo 250 siguen vivos, según cuenta la organización Tainted Blood. Dice que “En términos de resultados de muertes, es realmente como si me hubiera tocado la lotería“.

Cortesía Familia Merry

Cree que si bien han cambiado las formas de ver a las personas infectadas con VIH, aún hay un estigma grande, por lo que decidió contar su historia, donde terminó venciendo a la enfermedad, con una esposa y dos hijos.

“Tengo todos los motivos para sentirme agradecido. Pero no debería tener que sentirme agradecido por eso”.

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