Por Maximiliano Díaz
14 abril, 2018

A Michael Brown la policía le dio 6 balazos por robar un paquete de cigarrillos. Tenía 18 años y estaba desarmado. Sus últimas palabras fueron “No tengo una pistola, dejen de disparar”.

Probablemente la masacre de Columbine sea el punto de partida más sensato para comenzar a hablar de armas. 29 de abril de 1999. Eric Harris y Dylan Klebold entran, como cada mañana, en la escuela de Colmbine, Colorado. Ambos son estudiantes de último año. Están armados y tienen un único objetivo: pasar a la historia como los perpetradores de uno de los incidentes mortales más mediáticos en la historia de los Estados Unidos. Llevan dos armas de fuego de 9mm y dos escopetas de calibre 12, además, tienen 99 artefactos explosivos construidos por ellos. 

Eric y Dylan en un vídeo para la escuela (Foto: AP)

¿El resultado? 15 muertos y 24 heridos intentando escapar. 21 de ellos llevan heridas de armas de fuego. El caso pasa a la historia como uno de los relatos más cruentos en la historia de los Estados Unidos. Es clasificado por muchos como un ataque al nivel de un atentado terrorista previa y minuciosamente planeado. Cuando termina el tiroteo, Harris y Klebold se suicidan. El tiroteo pone sobre la mesa el miedo y un gran debate en el país: el fácil acceso y poco control que hay sobre las armas. 

A pesar de que no mucho ha cambiado desde entonces, pues conseguir armas sigue siendo apenas un trámite en Estados Unidos, parece ser que tanto ciudadanos como policías están cada vez más alerta por la cobertura mediática y la cultura de miedo que se genera en el momento de hablar de estos casos. La gente continúa comprando armas alegando defensa propia. Hay un control casi nulo sobre su acceso; y lo mismo sucede con las políticas de la mantención de la misma arma.

El 14 de febrero de este año, otro tiroteo enlutaba al país. La escuela secundaria Stoneman Douglas de Parkland, Florida, había sido atacada por Nikolas Cruz, un exalumno  expulsado de la institución. El tiroteo terminó con 17 víctimas fatales y 15 heridos. Por primera vez en la historia de los tiroteos escolares (desgraciadamente, un tópico en los Estados Unidos) había más muertos que en la masacre de Columbine.

Nikolas Cruz en su juicio (Foto: AP)

Los policías

Ahora, el foco está sobre las armas. La posibilidad de desarmar a los ciudadanos parece ser cada vez más cercana. Sobrevivientes y detractores de estas masacres exigen, como mínimo, mayor fiscalización en la venta y tenencia de las armas de fuego. Sin embargo, grupos de ultra izquierda exigen que, en ese caso, también es necesario desarmar a los policías.

Suena descabellado en un principio: desarmar a la institución estatal que tiene (en teoría) el monopolio sobre las armas y la facultad de usarlas. Una institución pensada para la protección de los ciudadanos, y que carga sobre sus hombros la enorme responsabilidad de mantenerlos a salvo de sí mismos. Sin embargo, ¿es realmente algo impensable? Si nos situamos bien, los estadounidenses poseen el 48% de los 650 millones de armas en poder de civiles en todo el mundo. Esto hace que, por supuesto, la institución policial sea una que enseñe a sus miembros a resguardarse a sí mismos ante cualquier posible amenaza. Un policía estadounidense está plenamente facultado para disparar alegando defensa propia. Sin importar si las balas disparadas resultan o no en la muerte del supuesto agresor. 

Steve Yeater

A las ansias por esta cultura de la supervivencia, también es importante sumarles la compleja e incompleta formación ética de los agentes. Por si no fuera suficiente el hecho mismo de que estén facultados para usar sus armas como mejor les parezca, también existen las preocupantes cifras sobre los ataques a hombres afroamericanos. Según las cifras oficiales del gobierno estadounidense, la población afroamericana representa solo a un 14% de la población total, sin embargo, un 52% de las personas asesinadas por la policía tienen la piel de color. Y de ese porcentaje, un nada desdeñable 49% es asesinada sin atacar al oficial que les da muerte.

Sus últimas palabras

Siempre es más fácil poner un tema sobre la mesa hablando sobre los casos más visibles y mediáticos. El usuario de Twitter Shirin Barghi ayudó a promover la brutalidad policiaca, sobre todo en contra de las personas afrodescendientes. Estos son 12 casos de personas asesinadas injustamente abordados por él:

Christian Taylor

El día que Christian Taylor murió, llamaron a la policía desde una concesionaria de automóviles porque un hombre de color había robado un auto. Taylor estaba desarmado cuando se encontró con la policía, pero recibió cuatro impactos de bala del arma del agente Brad Miller, quien fue sobreseído de cualquier cargo de mala conducta en la corte.

Sus últimas palabras fueron: “No quiero morir tan joven”.

Freddie Gray

Supuestamente Freddie Gray portaba un arma blanca al momento de ser detenido. Murió en el vehículo de los agentes cuando estaba siendo transportado para ser procesado. A pesar de que las causas de su muerte aún son indeterminadas, se cree que fue debido a la extrema violencia con la que los policías lo trataron. No se interpusieron cargos contra los oficiales.

Sus últimas palabras fueron: “No puedo respirar, necesito una bomba”.

Kendrec McDade

El único error de Kendrec fue encontrarse con la policía. Con tan solo 19 años, su madre ya le había advertido sobre los peligros de encontrarse con la policía siendo un hombre afroamericano. A pesar de no haber cometido ningún crimen, los oficiales que lo mataron no recibieron ninguna clase de cargo.

De hecho, sus últimas palabras fueron: “¿Por qué me disparan?”.

Trayvon Martin

Trayvon Martin (Foto: Biography.com)

Con tan solo 17 años, el joven de color Trayvon Martin fue asesinado a balazos por un vecino encargado de la vigilancia durante un altercado físico. Trayvon estaba desarmado. Se declaró que no había suficientes pruebas para poner cargos sobre el hombre que lo asesinó.

Antes de morir, Trayvon le preguntó “¿Para qué me estás siguiendo?”.

Lavon King

Después de entrar a un cobertizo abierto, dos oficiales de policía dispararon y dieron muerte a Lavon King. No es sorpresa que fuese afroamericano. Uno de los oficiales envueltos, Kenneth Bowes, sumaba cerca de 20 reportes por uso injustificado de la fuerza.

Al igual que con Kendrec, antes de morir preguntó: “¿Por qué me disparan?”.

Kajieme Powell

Africano y con una condición psiquiátrica. Le dispararon hasta matarlo después de que actuara de manera errática mientras portaba un cuchillo. 23 segundos después de que los policías llegaron a la escena, cinco oficiales le dispararon desde todos los ángulos. No le pusieron cargos a ninguno.

Desafiante y desequilibrado, Kajieme les dijo: “Dispárenme ahora. Mátenme ahora”.

John Crawford

Tenía una pistola de juguete en un Walmart. Al verlo, otro hombre igual de racista que los policías llamado Ronald Ritchie, llamó a emergencias para que detuvieran a Crawford. Apenas llegaron los oficiales, le dispararon hasta la muerte. Ritchie aseguró que Crawford estaba intimidando a la gente con el arma falsa, pero el testimonio fue desestimado en la corte.

Ya era demasiado tarde cuando Crawford intentó defenderse. Solo alcanzó a decir: “No es real”.

Michael Brown

Robó un paquete de cigarrillos y la policía llegó a detenerlo. Él les levantó la voz. Le dieron seis balazos en la calle. 

No pudo convencerlos cuando se los dijo: “No tengo un arma, dejen de disparar”.

Eric Garner

Eric Garner (Foto: New York Post)

A Eric Garner no le dispararon. Murió asfixiado mientras los oficiales de policía le hacían una llave para reducirlo durante un arresto. A pesar de que el oficial en cuestión negó haberlo asfixiado (acto que es ilegal), la autopsia arrojó que esa sí era, efectivamente, la causa de muerte, y fue declarada homicidio. La corte dictaminó que el estado de Nueva York pagase 5.9 millones de dólares a su familia.

Solo dijo: “No puedo respirar”.

Kenneth Chamberlain

Probablemente el más indefenso de todos. Un afroamericano de 66 años que vivía su retiro en casa. Accidentalmente, activó la alerta médica de su collar. La policía llegó a su casa, y cuando intentó explicarles que no necesitaba ayuda, ellos entraron y lo redujeron con un taser. Inconformes, le dispararon hasta matarlo. No se interpusieron cargos contra los policías. Aseguraron que Chamberlain los atacó con un cuchillo cuando entraron a la casa.

Sus últimas palabras fueron: “Oficiales, ¿por qué sacaron sus armas?”.

Kimani Gray

Kimani Gray (Foto: New York Post)

El más joven de esta lista tenía 16 años. La policía aseguró que le dispararon porque el chico los habría apuntado con un arma. Su familia aseguró que él nunca había tenido una pistola, y estaba, simplemente, apretándose el cinturón de sus pantalones cuando le dispararon. 

Sus últimas palabras fueron: “Por favor, no me dejen morir”.

Amadou Diallo

Venía de Guinea. Oficiales de policía lo confundieron con un hombre acusado de violación. Recibió 43 impactos de bala. Diallo estaba completamente desarmado. Se estimó que los oficiales que le dispararon a Diallo actuaban dentro de la política policial. 

Un callejón sin salida

A veces, algunas cifras y 12 historias son más que suficiente para comprender el modus operandi de una organización entera. Ahora, la pregunta es una sola ¿cómo se solucionan los aspectos de este tipo? Las políticas armamentistas y su relación con los gobiernos son temas que se comunican cada vez más de cerca. Muchos ciudadanos aseguran que no se sienten seguros sin tener un arma en casa. Y, aunque muchos lo condenemos, cuando el estado propone proteger por sí mismo a sus ciudadanos, nos terminamos encontrando con agentes de una dudosa ética y una formación preocupantemente incompleta. Parecemos estar en un callejón sin salida. Es difícil hallar soluciones en este contexto.

Algunos hablan de prohibir por completo las armas, pero la guerra es un negocio demasiado grande. 

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