Por Maximiliano Díaz
14 agosto, 2018

Tiene 75 años, y la primera vez que trabajó en un barco ballenero tenía 13. Este año, tiene como objetivo cazar 238 ballenas que estuvieron protegidas por más de 20 años.

El mundo podría pensar que los balleneros pertenecen a Japón. O pertenecían. Desde la veta a su caza en casi todos los países del mundo, que ha dejado incluso a los nipones teniendo que elaborar extensos informes para que el Estado los apruebe, y poder solo entonces afilar sus arpones. Pero hay lugares pequeños y distantes donde las ballenas aún flotan muertas en el mar, dejando metros y metros de agua salada manchada con sangre.

Islandia es uno de sus casos. Y, curiosamente, también es uno de los lugares donde las personas más aman salir en tours a mirar a las ballenas. En algunas ocasiones, mientras el verano se alza brillante tras la costa, las embarcaciones que arrastran los cuerpos sin vida de las ballenas se pueden encontrar con los cruceros que quieren mirarlas de cerca. Algo que, según Sigulaug Sigurdottir, guía de avistamiento de ballenas, «la mayoría de las personas desprecia».

Kristjan Loftsson

Bara Kristinsdottir/The New York Times

Cazar, entonces, se vuelve algo legal, pero mal visto. Aunque no para todos. A Kristjan Loftsson no le interesa. Loftsson es el hombre que dirige la caza comercial en Islandia. Él comanda los barcos, localiza a las ballenas jorobadas y a los rorcuales minke y ordena a los tripulantes hacia dónde apuntar. «Simplemente díganles que miren hacia otro lado. Pueden darse la vuelta», dice cuando los periodistas del New York Times le preguntan por los turistas.

Lo llaman el último cazador comercial de rorcuales. Loftsson tiene 75 años y una salud envidiable. El frío aire de las costas islandesas no le pega ni siquiera un poco, y no tiene secretos arcaicos de juventud, como beber la sangre de los abatidos. Algunos grupos ecologistas lo han denunciado. Otros, más radicales, han quemado y hundido sus barcos, pero él se mantiene en calma. Sabe que su país no está interesado en reconocer el cese de la caza de ballenas.

Incluso siendo un hombre desdeñado, muchos defienden la capacidad intelectual y los movimientos de Loftsson, al menos, hablan de él con cierta admiración. Según Robert Read, el jefe de operaciones de la sucursal inglesa del Sea Shepherd, un grupo ambientalista preocupado de hacerle la vida imposible a las embarcaciones balleneras y proteger a toda costa a los cetáceos, Lofrsson es «un hombre bastante inteligente». Asegura para el medio estadounidense que «si le formulas una pregunta, por lo general te responderá, pero hará una pausa antes de hablar. Eso es algo que no se ve a menudo».

Limpiar platos entre las aletas

Aunque el hombre tras los arpones no fue siempre el magnate de la carne de ballena que es hoy, siempre estuvo, de alguna manera, ligado al oficio que aprendió de su padre. De pequeño, pasaba los veranos en la estación de la empresa ballenera. Ahí, se sintió conmovido por la imagen de las ballenas arrastradas por las grúas. Veía largas filas de hombres y mujeres acercando a las ballenas a la costa, y luego fileteándolas a mano: el cuchillo entra en la carne de la ballena y luego saca el trozo, limpio y brillante en su sangre. Se sintió tan profundamente abrumado y atraído por eso, que para los 13 años ya tenía trabajo: se convirtió en uno de los ayudantes más jóvenes y despiertos en ser destinados a una embarcación. Ahí, eso sí, no tenía nada que ver con las ballenas. En alta mar, solo podía verlas y oírlas. Le pagaban por lavar los platos y limpiar los pisos.

Imagen aérea de la estación, donde Loftsson pasó los veranos de su infancia (Foto: Bara Kristinsdottir/The New York Times)

Entre mopas y fregaderos, Loftsson llegó a ser mozo de cubierta. Y para 1974, con la muerte de su padre, él se consagraba como jefe de la empresa, y junto a su hermano, ambos ostentaban el título de accionistas mayoritarios. Desde entonces, se dedica apasionadamente a cazar a los rorcuales, una especie en peligro de extinción según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN).

Islandia tiene una larga historia de testarudez contra los rorcuales, de la que Loftsson es uno de los protagonistas. La caza de estos animales estuvo prohibida durante 20 años, con la única excepción de cazar algunos ejemplares puntuales con fines científicos. Pero para 2006, un segmento de la pesca celebraba: el Gobierno daba luz verde para volver a cazarlos a destajo; al año siguiente, una nueva evaluación del IUCN admitía un error: los rorcuales no estaban amenazados en el Atlántico norte. Había cerca de 40.000 ejemplares concentrados bajo las aguas de la parte central de esa zona. Desde entonces, Islandia no atiende a llamados ni advertencias. Aseguran que las ballenas seguirán siendo material de caza. Esta visión ha logrado permear la mentalidad de sus ciudadanos: para principios de este año, apenas un tercio de ellos decían no estar de acuerdo con esta caza.

«Si es sustentable, cazas».

Algo parecido pasa con Islandia y la ballena de aleta: el segundo animal más grande del planeta, superado solo por la ballena azul. Según los Científicos de Instituto de Investigación Marina y de Agua Dulce de Islandia, «si se respetan las cuotas, habrá ballenas». Apuestan a una especie de sentido común para evitar la extinción de los animales. Cazan, según ellos, en la justa medida, los animales son prácticamente sorteados a morir. Los que sobrevivan, podrán preocuparse de continuar poblando.

Loftsson, por supuesto, está de acuerdo con esto. Y lo compara con algunos otros viejos oficios, como la agricultura o la pesca artesanal. Tiene una máxima con la que dirige su participación en la industria: «si es sustentable, cazas», asegura.

Twitter/@AnnNonimouse

Los arpones se dirigen a las ballenas

El último cazador de ballenas revisa la maquinaria y la conoce a la perfección: sus barcos están adornados con arpones que, en la punta, llevan explosivos. Entonces, cuando el filo entra en contacto con la carne, comienzan las pequeñas explosiones al interior del animal. La piel se hincha y se manda desde adentro. Las ballenas más fuertes, asegura, requieren de un segundo arponazo. Es raro que sobrevivan a esa explosión. Entonces, la ballena, muerta y flotante sobre las frías aguas, es llevada a la estación ballenera. Esta está en un fiordo al norte de Reikiavik. Allá, el animal es fileteado, se convierte en pequeños trozos de carne. La mayoría es vendida a Japón.

Este año, Loftsson y su equipo tienen permiso gubernamental para cazar a 238 ballenas. A fines de julio, llegaron al puerto desde alta mar las ballenas 50 y 51 de la temporada. Están a contrarreloj, para mitad de año, aún les restan casi 190 ballenas. Los trabajadores de la base, mientras tanto, afilaban sus cuchillos para destripar los cadáveres.

Según personas que han estado en la estación, cuando las ballenas son sacadas a la plaza para ser trozadas, el vapor se eleva desde la fábrica. Entonces, sale un intenso y asqueroso olor a comida de gato. El aire marino, eso sí, lo disipa pronto: los trabajadores de esta estación deben sentir eso a diario. Saben cómo lidiar con él.

Bara Kristinsdottir/The New York Times

Una industria que se descompone

Loftsson lleva varios años trabajando con las mismas personas. A pesar de la larga pausa de los 20 años, su entusiasmo lo empujó para echar a andar de nuevo la maquinaria y salir al mar, sin embargo, su camino ha estado lleno de pequeñas tragedias que se han ido acumulando hasta hoy. Una noche, por ejemplo, en noviembre del ’86, dos activistas se infiltraron en sus embarcaciones. Se las repartieron: un barco para cada uno. Esa noche, en el puerto de Reikiavik, abrieron las válvulas de Kingston y el agua se abrió paso por el metal. Los barcos se hundieron hasta la cabina del timonel.

No alcanzaron a agarrar a los activistas, huyeron en avión. Aunque fueron identificados, jamás llegaron a los tribunales de Islandia. Sea Shepherd se adjudicó el ataque contra las naves. Los barcos tenían arreglo: se arreglaron las válvulas y lograron ponerlos a flore de nuevo, pero no se han vuelto a utilizar. Loftsson es un hombre de negocios y no romantiza sus embarcaciones, dice que probablemente nunca vuelvan a andar. Repararlos por completo requeriría un trabajo demasiado largo y arduo.

De todos modos, cazar ballenas es algo que toca algo profundo en él, una especie de fibra sensible. Suena raro, muchos jamás pensarían que dedicarse a matar animales protegidos podría ser una forma de vida, pero es la única que conoce Loftsson. De hecho, a estas alturas ni siquiera sabe si cazar ballenas sigue siendo algo rentable. Antes, asegura, le iba bien, pero le hace falta arreglar muchos engranajes para que todo sea igual que hace tantos años. Además, asegura que a estas alturas las exigencias japonesas de higiene y las políticas de la carne de ballena en las empresas transportistas, lo han estado volviendo un pez pequeño en el enorme mar de la industria.

Bara Kristinsdottir/The New York Times

Actualmente, busca algunas soluciones: habla, por ejemplo, sobre secar la carne de ballena mediante técnicas de congelamiento, y venderlo como un suplemento alimenticio. Piensa, sobre todo, como algo que podría echarse sobre el cereal. Así, los consumidores tendrían una dieta más rica en hierro. Le brillan los ojos cuando habla sobre qué hacer con los cuerpos muertos de las ballenas, dice que es una idea «superemocionante», pero también reconoce que no muchos compradores podrían estar interesados.

La empresa no pierde, en todo caso. A pesar de que las ballenas son lo que más le interesa, la empresa de Loftsson ha invertido en todas las otras áreas de la pesca comercial tradicional. Según los registros públicos de su país, se estima que durante el 2017, debió pagar casi 3 millones de dólares solo de impuestos. Esto estima, de inmediato, ganancias más que cuantiosas para ese año.

A pesar de sus 75 años, disfruta la vida. Goza de buena salud, tiene dinero, pero aún más importante, no tiene dudas. Para él, la única manera de disfrutar un negocio en el que no encuentra falencias morales, es sentarse en un viejo refugio de su estación ballenera mientras llueve. «Paso mucho tiempo ahí», asegura. Y dice que disfruta solo ver la producción: cómo los trabajadores cortan la carne y la dejan en cubetas. Son como pequeñas hormigas desgranando el cadáver de un pollo, hasta dejar solamente los huesos. El periodista del New York Times lo mira y le pregunta si acaso no será más sencillo entrar a otro negocio. Dedicarse a cosas nuevas, el tiempo no es eterno y él tiene el dinero para hacer lo que quiera. «Claro», dice él, asegurando que puede hacer lo que quiera, pero remata con una última pregunta que nadie responde: «¿por qué dejar de dedicarme a esto? No tiene nada de malo».

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