Por Maximiliano Díaz
13 junio, 2018

Janely dice tener “fe en Dios y la planta”. Cosecha marihuana de manera ilegal para su hijo. Dice que eso lo mantiene con vida.

Lo más seguro es que los haya conocido de otra forma: el método más popular es molerla, ponerla sobre un papel, y armar un pequeño cigarrillo. De seguro vio uno de esos entre los dedos de algún compañero de escuela, o a alguien en la calle. Quién sabe si ella alguna vez también sostuvo uno entre sus manos, nerviosa por estar a punto de meterse algo ilegal al cuerpo. Lo cierto, es que ahora Janely López no le teme a la marihuana, a su plantación, a su cosecha, su procesado, ni consumo. Y el que consume el cannabis es nada menos que su hijo de seis años.

Pero esto no tiene nada que ver con el placer, el disfrute, la inquietud por las drogas, o el desacato a la autoridad. En realidad, comenzó el año 2015. En ese entonces, una Janely más joven e ignorante con respecto a la condición de su hijo Diego, lo llevaba a ser revisado por los médicos de una prestigiosa clínica. En la unidad de cuidados paliativos, recibió el peor pronóstico de todos: 

“Su hijo está desahuciado”.

El mundo de Janely se vino abajo. Su único hijo estaba enfermo. El diagnóstico definitivo era una microcefalia intratable. Con ella, venían la parálisis cerebral, una espasticidad severa, y ataques epilépticos imposibles de manejar. Janely cuenta, en sus propias palabras, para la agencia de noticias EFE, lo que es el desahucio en el sistema de salud mexicano:

“Cuando utilizan la palabra desahuciado significa que ya no tenemos ningún medicamento que te podamos dar y en la atención médica estamos saturados. Quédate en tu casa y si ya se murió pues ya lo traes”.

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Entonces, Janely recordó cómo lidiaba su hermano con los fuertes dolores de columna que le venían de repente: conseguía un poco de marihuana, papelillos, armaba un pequeño cigarro, y fumaba pacientemente. Esto, recuerda ella, hacía que su hermano sintiese, por fin, algo de calma en su espalda. 

Janely acudió a una organización que trataba a pacientes enfermos terminales con distintos extractos de cannabis. A pesar de que, al momento de consultarlo con el pediatra que veía al pequeños Diego, él le prohibió usar cualquier clase de sustancia hecha a base de marihuana, ella no prestó atención a las órdenes y lo hizo de todos modos. El pediatra, sospechando que ella recurriría al tratamiento experimental, le pidió que al menos le diera reportes sobre la evolución de Diego.

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Según Janely, las mejoras llegaron de inmediato. Apenas le dieron el extracto, el pequeño despertó. De nuevo estaba consciente: balbuceaba, reía, y tenía cada vez menos crisis. Janely se convenció de que eso no podía ser una coincidencia: la medicina estaba haciendo efecto en Diego. Así que ella misma consiguió algunas semillas y las plantó en su patio. Dejó pasar algún tiempo para que crecieran adecuadamente, e investigó la forma correcta de elaborar el extracto con sus propias manos. Según ella, solo encontró la dosis adecuada después de muchas horas de estudio y lecturas. Los médicos jamás quisieron aconsejarla en el tratamiento de Diego.

Problemas con la ley

A pesar de que esto podría significar un dilema moral para muchas personas, Janely sabe perfectamente lo que hace, y no siente nada de culpa de plantar marihuana a espaldas del Estado. En México, sin importar lo extremo que sea el caso, la cosecha de esa planta está prohibida, pero Janely tiene el objetivo de la cosecha bastante claro:

“El Gobierno juega a una doble moral, es absurdo que tengamos que importar cuando tenemos las condiciones climatológicas para hacerlo aquí.”

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“Todas las madres que vivimos una situación así, en la que estás viendo que tu hijo se desgasta lentamente, sacamos valor porque sí. Y tienes una resiliencia muy grande, te levantas de caídas muy fuertes”.

Además, Janely sabe que está en una posición en la que puede torcer el brazo del Estado: dice estar segura de que la policía no va a parar a una madre por cultivar marihuana. Es desafiante, pero también muy honesta: 

“Las mamás tenemos ese poder de enfrentar cosas mayores. Sabemos también que las autoridades se meterían en un problema muy grande a nivel social si llegaran a detener a una mamá que lo que está haciendo es ayudar a vivir a su hijo”.

Por eso, la madre se permite jardinear sin culpas: cuida las hojas, echa herbicida en sus plantas y las riega religiosamente. Asegura que haría cualquier cosa por la vida de su hijo, quien ya no necesita tantos medicamentos como antes desde que toma esa cura alternativa. Lo mira con ternura. Diego es un chico moreno y de pelo negro con unos ojos enormes y esquivos. Ríe mucho. Janely se contagia de su risa apenas al escucharlo. Luego, lo toma de la cabeza, y pone algunas gotas del líquido bajo la lengua de Diego.

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Esta madre asegura tener “fe en Dios y en la planta”. Ella misma decidió llevar a cabo el proceso porque es un acto artesanal, y uno de amor el hacer todo con sus propias manos (de paso, ahorra cerca de 200 dólares por dosis si las hace ella misma).

No sabe cuánto vaya a durar, ni cuáles son los efectos a largo plazo, pero Janely se aseguró a sí misma que no va a desistir. Es cosa de verla cuando toma a Diego entre sus brazos. Él la muerde suavemente, con ternura. Hace apenas algunos días, el terapeuta de Diego lo puso a caminar, y le dijo a la madre que tenía que hacer ejercicios de estiramiento de cuerpo boca arriba. Ella lo ayuda con una enorme pelota medicinal roja.

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Afuera, las plantas crecen.

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