Por Maximiliano Díaz
31 mayo, 2018

Un extraño hongo se esparció por el mundo y ya hizo que un 10% de las especies de ranas se extinguieran. Todo porque los humanos destruimos el equilibrio de los sistemas.

Cuando el profesor Matthew Fisher se metió en lo profundo de la selva tropical de la Guayana Francesa, nunca se imaginó que su investigación daría un resultado tan desalentador y preocupante. En un principio, su único objetivo era ver anfibios. Tocarlos, sentir la liviandad aceitosa de la piel de algunas ranas, y probar dosis y propiedades de sus venenos que las ponían por sobre otros animales en ese escenario tan hostil. Pocas veces se enfrentó a un trabajo tan difícil como ese. No por el peligro del veneno, sino por lo difícil que es atrapar a una rana e intentar sostenerla entre las manos. Sus cuerpos tibios y húmedos escapan de cualquier prisión que no sea perfecta para mantenerlas ahí, así que Fisher, equipado solo con unos pantalones cortos y una camisa, decidió actuar como una serpiente. Ya habría tiempo para lavar la ropa. Cuando volviera al laboratorio con un saco lleno de ranas listas para ser estudiadas y devueltas a la naturaleza. Fisher se tiró al suelo y comenzó a deslizarse. Usaba la humedad del terreno para su propio beneficio. Tenía un mantra: “fingir que eres una serpiente”, y se lo repetía siempre que visualizaba una rana a lo lejos. Entonces, silenciosamente, se arrastraba hasta estar separado de su objetivo por la distancia de su propio brazo, y las atrapaba con las dos manos. Solo había que aplaudir. Las ranas no resultaban dañadas por el impacto de las manos uniéndose. Tenía otro ejemplar listo para la investigación.

Imperial College of London

El estudio de Fisher era un poco más ambicioso que los que se estaban haciendo por ese entonces. Duró cerca de 10 años e involucraba a 38 instituciones. Estaban detrás de un hongo patógeno, el Batrachochytrium dendrobatidis (abreviado como Bd en el medio), y traía con mucho cuidado a la comunidad científica. Creían que estaba haciendo desaparecer a los anfibios. Los científicos e investigadores decidieron bautizar al hongo: lo llamaron quitridio. Y cuando encontraron anfibios que lo padecían, notaron que había un rápido deterioro en ellos. El hongo causaba quitridiomicosis, una enfermedad cutánea que, en casi todos los casos, resultaba en la muerte del animal.

El profesor Fisher no estaba conforme con ver los resultados del hongo sobre la piel de los anfibios. Quería saber más. Necesitaba datos de su procedencia, de su generación y su expansión.

No sabía que estaba lidiando con algo que muy pronto afectaría a casi todos los anfibios del mundo.

Cultivaron muestras e hicieron pruebas genéticas. Llenaron un laboratorio de ranas para comprender el origen del hongo. Por ese entonces, la única hipótesis sobre el Bd, apuntaba a que se había generado hace más de 23.000 años, y que las causas de su expansión eran aún desconocidas.

Pero los resultados de Fisher y su equipo arrojaron algo completamente distinto: el hongo no se había generado hace 20.000 años. Era peligrosamente nuevo. Lo situaron en algún punto indeterminado del siglo XX. Pero, aún más importante, habían logrado reconocer la causa de su expansión: la hipótesis más fuerte de la investigación global, apuntaba directamente al comercio mundial y la comercialización de mascotas exóticas.

El consumo de anfibios (especialmente de las ranas) representa una de las principales razonas por las que estos animales son exportados. (Foto: Dirk Schmeller).

El culpable parecía ser un ancestro común entre muchas especies de reptiles. Este, según el estudio, habría vivido al este de Asia, probablemente en la península de Corea. Entonces, llegó la guerra. Se movió maquinaria, las personas migraron, se destruyó flora, fauna, y los animales también se vieron obligados a moverse. Probablemente de los aviones de carga bajaran algunos sapos y ranas infectadas con hongos. Se quedaron en otras partes del mundo, se reprodujeron y expandieron el Bd. Fisher, preocupado, declaró:

“Cuando globalizas el comercio, globalizas las consecuencias secundarias e inesperadas del comercio”.

Pero Fisher no era el único atento al hongo. Mientras él revisaba ranas en la Guayana Francesa, a más de 4.500 kilómetros, en Maryland, Estados Unidos, Karen Lips estudiaba la disminución de anfibios en América Central. Lips es bióloga de la Universidad de Maryland y tuvo acceso al informe de Fisher y su equipo. Según ella, los quitridios están más extendidos y diversificados de lo que ella había alcanzado a estudiar. Lips asegura que, a pesar de que esos hongos son una especie invasora y una pesadilla para la biodiversidad, la comunidad científica siempre les prestó poca atención. Por alguna razón, doctores, profesores e investigadores siempre prefirieron mirar hacia las especies más carismáticas. Los animales más bellos y cotizados como mascotas exóticas. Para qué vamos a estar mirando ranas en la selva, si tenemos serpientes del norte, cerdos salvajes y pitones birmanas.

Para Lips, eso hizo que todo empeorara. Ahora hay una variedad mucho más grande de hongos, aprendieron a mezclarse, y están en todo el mundo. A pesar de que en un principio los montones de ranas muertas eran lo que preocupaba a los científicos, de a poco fueron dándose cuenta de que el problema era aun más grande. El virus había infectado a las salamandras de toda Europa, y los pronósticos más tristes apuestan a que muy pronto llegue a los Estados Unidos. 

Frank Pasmans

Simon O’Hanlon es experto en el hongo. Fue uno de los redactores del informe de Fisher, y él le dijo a la prensa que un montón de especies de ranas ya se extinguieron. Según él, hay cerca de 7.800 especies de ranas, y los grupos de investigadores solo han alcanzado a investigar a 1.400. Cerca de la mitad estaban infectadas (lo que supone un 10% del total de las especies, aun habiendo estudiado una población tan pequeña). Según él:

“Estamos enviando cualquier cosa en todo el mundo sin regulación, moviendo cosas de un nicho ambiental a otro. Parece que estamos arriesgando imprudentemente nuestra biodiversidad general”.

Dirk Schmeller

Hace algunos meses, los sapos asiáticos invadieron Madagascar. Iban ocultos dentro de un equipo de minería importado. Cuando salieron al ecosistema, lo desequilibraron por completo. Ahora, en alguna parte del mundo, un niño toma una rana. Es un regalo de sus padres. Un animal exótico es un regalo perfecto. Sin saberlo, esparcen el virus. Las especies peligran.

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