Por Maximiliano Díaz
3 agosto, 2018

Es algo común que en todos los países donde haya metro, un grupo baje del andén a pintarlo. Los daños pueden ser millonarios, y las causas muy curiosas.

Las imágenes son del metro de Madrid, pero todos los que las ven saben que pueden ser aplicables a cualquier gran ciudad del mundo que tenga una línea de trenes subterráneos. Una cámara los graba bajando las escaleras y bajando de un tren. Pasan por torniquetes y llegan al subsuelo. A partir de ese momento, el resto del registro se le cede a las cámaras de seguridad por completo. Ellas lo captan todo. El primero en asomarse, es un cuerpo que apoya la fuerza sobre sus brazos y salta al andén. Parece ser que es bastante tarde. El vagón está vacío. Apenas ellos pisan el andén, un tren hace su llegada: comienza a detenerse de a poco, hasta quedar completamente estacionado. Entonces, ellos bajan a las vías. Les importarán poco las advertencias sobre electrocutarse y las multas por el daño a la propiedad pública.

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Lo hacen en poco tiempo, casi siempre son grupos de a tres personas: uno pone una cámara en el piso. El registro quedará. Entonces, comienza el rayado. Usan más latas que brochas, y a pulso definen la forma superior de la estructura. Una gran mancha de un color parejo. Después, comienzan a darle contorno, sombras, rayas a los costados. En algún momento, uno se aleja del grupo y se vuelve a parar en el andén. Con su cara tapada, mira detenidamente la obra, se pone en cuclillas y da recomendaciones. La perspectiva es importante para los grafiteros de metro.

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Cuando el grafiti está listo, toman sus cosas y desaparecen con la misma velocidad con la que llegaron.

Por supuesto que en la mayoría de las ocasiones hay testigos. A pesar de que la noche es la hora favorita de los grafiteros para dejar la marca sobre los trenes, nunca es un horario demasiado definido, ni en el que el metro esté completamente despoblado. En algunas ocasiones, hombres y mujeres que esperan un tren sentados, se encuentran con el sonido de las latas y el olor de la pintura marcando el vagón del frente. En algunas ocasiones, las manchas llegan a las puertas y los vidrios del tren. Las personas que van en la dirección opuesta sobre la máquina también pueden ver a los grafiteros.

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Según el portal de noticias La Sexta, casi se pinta un vagón todos los días en el metro de Madrid. Y el dinero que el ayuntamiento invierte en la pintura y reparación de los trenes, puede llegar a cantidades increíbles. Si hablamos del 2018, por ejemplo, solo en Madrid se han llegado a gastar 800.000 euros (casi 930.000 dólares) en los primeros cinco meses del año.

Esta clase de registros ha traído un enfrentamiento largo sobre las opiniones de los grafiteros. En la televisión abierta de España, han habido personas que, convencidas, aseguran que los grafiteros de Madrid no están interesados en su arte ni en su propia integridad: todo lo que les importa es la fama. No es raro pensar que tengan algo de razón, si arriesgan sus vidas con tal de trazar algunas líneas sobre el vagón que han escogido.

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Pero existen, también, algunas personas que defienden el grafiti como una forma válida de expresión. Se comprende el acto (ahora pensado como vandálico) de pintar objetos contundentes como un asunto de espacio. El grafitero no busca dejar una marca para salir en televisión ni conseguir entrevistas. Es una especie de símbolo de estatus entre él y el medio que lo avala. Cada vez que un pintor callejero deja su huella, queda en evidencia que él ha pasado por ahí. Que hay una clase de territorio en disputa (que es, en este caso, el espacio público).

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Dentro de un discurso artístico de esa categoría, caben muchas cosas: una de ellas, es entrar a preguntarse por qué alguien dañaría propiedad pública solo con el fin de ser visto. Uno podría, por ejemplo, preguntarse por qué se rayan ciertos espacios. Por qué se escogen paredes en ayuntamientos o trenes en lugar de inofensivas panderetas ocultas. Aquí, la clave es la visibilidad. En un medio artístico en el que no hay soportes definidos, lienzos ideales ni mucho menos museos, lo importante es lograr ser visto por el resto.

Después de todo, el grafiti, como un medio que crea obras mediante marcas que sean reconocibles, solo reproduce nombres y plantillas específicas.

Banksy es uno de los artistas contemporáneos más importantes. Su principal técnica ha sido explotar el stencil, una de las ramas del grafiti que se basa en usar plantillas definidas y reproducibles para ser pintadas en paredes necesitando el menor tiempo posible. Sus obras han llegado a costar más de 550 mil dólares. (Foto: AP)

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