Por Catalina Yob
13 junio, 2018

Mauricio Pulgar fue drogado y violado por un sacerdote, quien continúa sin ser enjuiciado por sus actos. Tras el hecho, fue silenciado y forzado a dejar sus estudios de teología.

Hace menos de 48 horas, el Papa Francisco aceptó la renuncia de tres obispos chilenos, quienes actualmente son acusados de encubrir e incluso perpetrar delitos de carácter sexual de manera simultánea a su ejercicio eclesiástico. Uno de ellos es Gonzalo Duarte, obispo de la Diócesis de la región de Valparaíso, en Chile, entre los años 1998 y 2018, quien hoy es acusado de perpetrar acoso sexual y de encubrir a un número indeterminado de sacerdotes que cometieron abusos. 

Duarte ha sido nombrado en múltiples testimonios de víctimas que fueron forzadas a callar cuando intentaron que los escabrosos hechos vieran la luz. Uno de éstos corresponde al relato de  Mauricio Pulgar, quien en el último tiempo decidió exteriorizar los horrores que vivió mientras estudiaba para convertirse en sacerdote. 

Desde que tiene memoria, Pulgar se desempeñó como acólito en una pequeña parroquia ubicada en una ciudad aledaña a la que vivía en Valparaíso. La iglesia se convirtió en su segundo hogar y los sacerdotes en sus pastores espirituales. En el verano del año 1993, fue invitado a una jornada de retiro, a la cual accedió sin siquiera titubear. Con tan sólo 17 años fue golpeado por la dura y oculta realidad instaurada en la iglesia, en donde una buena parte de los sacerdotes terminaron convirtiéndose en sus peores enemigos. 

Mauricio Pulgar (el de la derecha)

La primera noche uno de los sacerdotes se quedó con el grupo de jóvenes, quienes aspiraban a convertirse en sacerdotes, y les ordenó quitarse la ropa y bañarse desnudos en una piscina que había en el recinto. Pese a que muchos se negaron inicialmente, el sacerdote, cuya identidad no ha sido revelada, les manifestó que negarse respondía a tener problemas sexuales, por lo que los jóvenes accedieron.

El religioso se introdujo a la piscina con ellos y mientras se deslizaba por su alrededor, comenzó a tocarlos, asegurándoles que se trataba de una especie de terapia que los ayudaría a consolidar su confianza y autoestima. 

“El padre ‘M’ comenzó a pasar entre nosotros. Nos tocaba y nos decía que esto era súper bueno, porque ayudaba a la confianza y a la autoestima. Fue traumático”. 

La orden de un religioso respondía a una ley de Dios, por lo que desobedecerla incurría en la comisión de un pecado, ante lo que los inocentes jóvenes terminaban accediendo y aceptando algunos de los vejámenes que eran perpetrados por los religiosos que estaban a cargo de la educación de los futuros sacerdotes.

“Éramos muy jóvenes y no veíamos maldad o dobles intenciones, menos viniendo de un cura”, declara Pulgar.

Conforme al paso del tiempo, los ultrajes se volvieron aún más graves. Dos meses después, Pulgar ingresó al Seminario Pontificio Mayor San Rafael de Valparaíso, en donde entendió que el comportamiento del padre “M” era similar al de la mayoría de los sacerdotes, quienes se hacían llamar sus mentores. Besos, tocaciones indebidas y reglas de vestimenta fueron sólo algunas de las instrucciones ordenadas por el sacerdote que tiempo atrás lo había obligado a desnudarse en una piscina y las cuales eran replicadas por otros religiosos. 

Uno de ellos era Gonzalo Duarte, quien en ese entonces se desempeñaba como su profesor de liturgia. En lugar de tratar temas de ética eclesiástica y los elementos que debían estar presentes a la hora de profesar la fe católica, Duarte se refería a temas como la masturbación y la homosexualidad. “Si tienen una erección o se masturban mucho yo soy la persona indicada para hablar”, les decía el maestro a sus alumnos, quienes perturbados intentaban desestimar la intención de sus palabras.

Gonzalo Duarte/ El Mercurio

Durante el tiempo en el que permaneció en el seminario de Valparaíso, Pulgar fue forzado a alejarse de su madre, quien pocos meses antes se había separado oficialmente de su padre. Sólo tenía acceso a verla un par de veces al mes y al interior de una sala de vidrio, la cual era vigilada por las autoridades eclesiásticas del recinto, quienes le inculcaron que todo lo que pasaba en el seminario, debía permanecer allí.

“Mis papás eran divorciados y mi mamá se volvió a casar, así que para estos sacerdotes era un ser inferior. Además insistían en que las cosas del seminario no debían hablarse afuera. Te meten la idea de que si tú le haces daño a la Iglesia eres prácticamente el anticristo. La obediencia y la sumisión es parte importante de la formación. En ese momento uno cree que es así, que el problema es uno”, asegura Pulgar en conversación con la BBC.

“Los formadores te abrazaban, te tomaban por la espalda, se llevaban a compañeros a las piezas. Si uno no quería ir o rechazabas los cariños en el cuello, se enojaban. Un día me enojé y como había estudiado karate le doblé el brazo a uno y le dije que no me molestara más. Ahí me catalogaron de violento, me mandaron al psicólogo y el trato se volvió insoportable”.

El infierno silenciado

Tras meses de tolerar los perturbadores tratos por parte de los sacerdotes al interior del Seminario Pontificio Mayor San Rafael de Valparaíso, Pulgar decidió renunciar y abandonar el lugar, sin embargo no lo dejaron. Le afirmaron que no estaba autorizado, ni tenía el derecho para tomar una determinación de esas características, por lo que su única salida se produjo a través de la ayuda de un sacerdote, quien le ofreció ayudarlo en su parroquia.

Logró abandonar las dependencias del seminario, sin embargo eso no lo libró de convertirse nuevamente en víctima. En los sectores aledaños del recinto en el que trabajaba, existía otra iglesia en la que yacía un sacerdote a quien había conocido mucho tiempo atrás. Pulgar lo recordaba con claridad, ya que se trataba de Humberto Enríquez, a quien mantenían encerrado en el seminario por razones desconocidas y que al darse cuenta de aquella situación, decidió llamar a sus padres. 

Seminario San Rafael

La cercanía con la que se encontraban ambas parroquias permitía que ambos se toparan de manera recurrente, por lo que con el paso del tiempo Mauricio comenzó a ayudarlo, por las tardes, en las labores que debían llevarse a cabo en su interior. Todo parecía apuntar a que Mauricio finalmente retomaría el camino hacia el sacerdocio, sin embargo nuevamente los vicios instaurados en la iglesia se lo impidieron. 

A medida que la confianza entre ambos se consolidó, Enríquez comenzó a exhibir conductas repudiables en perjuicio de Mauricio, quien hoy asegura que al interior de la iglesia hay “redes de sexo, poder y drogas”. Insinuaciones sobre su iniciación sexual y sobre que todos los hombres eran homosexuales, terminaron probando que gran parte de los sacerdotes eran movilizado por perversiones que eran calladas al interior de la iglesia. 

“Me preguntó por qué no dejaba que me iniciara y la verdad es que yo nunca entendí, siempre pensé que estaba bromeando. Él era muy sarcástico y decía que la heterosexualidad no existía y que todos éramos homosexuales y que había que probar”.

Un día, el padre Enríquez le insinuó que se quedara en la parroquia durante, sin embargo a Pulgar no le pareció bien, ya que la única habitación destinada para visitas estaba ocupada, sin embargo él insistió. “Pongo un colchón al lado de mi cama”, le aseguró. Mauricio manifestó nuevamente que era mejor que durmiera en el living del recinto, ante lo que el sacerdote finalmente aceptó. 

Le dio un sándwich, un refresco y le deseó buenas noches. Pasaron tan sólo un par de minutos y Mauricio comenzó a sentirse mal, al punto de sentir que se desvanecía. Enríquez lo llevó hasta su habitación y lo recostó en su cama, asegurándole que allí podría descansar mejor. Nadie sabe cuánto tiempo pasó hasta que Mauricio se despertó con el jadeo del sacerdote, quien yacía encima de él, abusándolo. 

“Yo me desvanecí y sólo me desperté al oír un jadeo. Me estaba abusando. Yo traté de mover los brazos y las piernas y no pude. Logré mover una mano, pero me la tomó, junto con la otra. Me dijo: ‘Quédate tranquilo que aquí no ha pasado nada’. Abrió un cajón lleno de plata y me dijo que ahora era de su círculo. Le dije que no quería ser de ningún círculo y me fui”, dice Mauricio entre sollozos al relatar el hecho que continúa impune en la justicia chilena. 

El perdón es insuficiente

El Papa Francisco lleva adelante una encrucijada para frenar aquello que ha debilitado o simplemente ha dejado en ruinas a la iglesia católica a nivel mundial. Desvincular a los acusados y a los culpables de pedofilia y abuso sexual y pedir perdón ha sido el primer paso, sin embargo este perdón es imperceptible para las víctimas, quienes continúan viendo a sus victimarios en libertad y sin ser enjuiciados por aquellos delitos que desplomaron sus vidas.

Hoy y a más de una década de haber sido violado, Mauricio Pulgar sigue albergando el mismo dolor, ya que Enríquez se encuentra en libertad. Después de realizar la denuncia, Enríquez ha sido suspendido del ejercicio de párroco, sin embargo continúa celebrando misas en la región de Valparaíso. 

Mauricio Pulgar

“En el caso de Mauricio Pulgar hubo una indagación canónica. Pero no había delito. Para un pecado no hace falta una investigación”, esgrimió Gonzalo Duarte a la BBC, obispo emérito de Valparaíso y de quien se siguen conociendo casos de encubrimiento entorno a los abusos sexuales presentes al interior de la iglesia católica.

Puede interesarte