Por Maximiliano Díaz
13 abril, 2018

“Diez hombre me apuntaron con un arma amenazándome, ¿qué otra opción tenía?”, fue el testimonio de un joven de 17 años a quien obligaron a casarse.

Roshar Kunar tenía apenas diecisiete años cuando fue secuestrado. Estaba en Bihar, una enorme región al norte de la India que se extiende por más de 99.000 kilómetros. Ese día, a mediados del 2017, un grupo de hombres lo golpeó y lo amenazó. La consigna para salir con vida del hostil encuentro era una sola: “tienes que casarte”. Lo más probable es que si a alguien le pasa eso, no lo crea. Sobre todo a un hombre en un mundo donde la cultura que el matrimonio arreglado es una institución que solo afecta a las mujeres. Sin embargo, ellos hablaban muy en serio. Estaban enojados y eran peligrosos. Según el mismo Roshar:

“Diez hombre me apuntaron con un arma amenazándome, ¿qué otra opción tenía?”.

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Pero el joven tenía más decisión que miedo. Y se impuso ante la familia. En una entrevista a la BBC, Kunar aseguró que no tenía ninguna intención de contraer matrimonio con esa muchacha. Se negó a vivir con ella, y denunció a su familia a la policía. Según él, ese matrimonio amenazaba todo lo que él quería hacer de su vida:

“Mi vida se arruinará si yo acepto este matrimonio. Quiero estudiar y tener éxito en la vida. Nunca voy a aceptar esta situación. La familia de la mujer puede matarme si quiere, pero no me pueden obligar a aceptarla”.

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La familia del joven se encuentra igual de desorientada y atormentada que él. Nadie tiene idea de cómo fue que la familia de la novia logró dar con el paradero del joven ni cómo llegaron a identificarlo para contraer matrimonio con su hija. Según su hermana Priyanka, una muchacha algo menor que él que habla con la lucidez de un adulto con un sentido crítico desarrollado, la boda jamás debió haber ocurrido. Asegura que incluso la vida de la chica está arruinada. 

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Aquí, los únicos y verdaderos culpables son los padres.

El origen de un problema que no da tregua

La dote es una costumbre en la India. Consiste, básicamente, en una ofrenda material. Antes de un matrimonio la familia de la novia debe entregar, junto con su hija, un patrimonio al novio. Generalmente, este patrimonio es proporcional al estatus social del hombre. Mientras más rica sea la familia de la que él viene, mayor es el capital material que deben entregarle sus suegros. De otra manera, el joven puede escoger no tomar a la muchacha como esposa.

Entonces ¿qué pasa con las familias de mujeres jóvenes y pobres que no tienen para pagar una dote? Les viene la desesperación, y no hayan nada mejor que secuestrar a un joven de buena familia y obligarlo a comprometerse en el sagrado sacramento. Según Bharati Kumar, académica india que también se ha dedicado largamente a investigar los casos de secuestro para matrimonios forzados, el sistema de castas también juega un rol importante en este fenómeno:

“El tema más importante es el del linaje. La gente de una muy buena familia quiere para su hija un joven de una buena familia. Esto es un matrimonio por la fuerza. Un matrimonio forzado en el que no ha habido consentimiento del hombre o la mujer”.

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A pesar de que en el país asiático esta práctica ha estado prohibida desde los años ’60, aún es algo que se sigue ejerciendo en la silenciosa clandestinidad de algunas zonas de la India. Y, por temor al juicio social, sus afectados prefieren callar. En una entrevista con el diario Times of India, el activista Mahender Yadav también se refirió al problema de la dote, y aseguró que, cuando las familias toman la irracional decisión de obligar a alguien más a casarse con sus hijas, solo deben recurrir a otros familiares y conocidos para que les hagan el favor de amedrentar a un joven de buena familia. El cuestionamiento, por lo tanto, es bastante bajo en los sectores donde esta práctica se ha normalizado.

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Los menos afortunados

A pesar de que Roshan tuvo la valentía suficiente para imponerse ante la injusticia de un matrimonio arreglado, no todas las personas en su misma situación se atreven a tomar las mismas decisiones. La presión social y las amenazas de la familia terminan haciendo, muchas veces, que los hombres no puedan zafar, entrando en un espiral de cuestionamiento y culpa, a pesar de que ellos no hayan sido los responsables.

Ese fue el caso exacto de Parveen Kumar, quien, al igual que Roshan, fue secuestrado en 2012. Unos hombres lo tomaron y le dijeron que lo matarían si no contraía matrimonio. En un principio estaba ofuscado por la injusticia. Se negó a vivir con su esposa y se fue de la casa. Rechazaba la unión. Ellos no eran nadie para obligarlo.

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Sin embargo, tres años después, volvió por voluntad propia con la mujer con quien lo habían obligado a casarse. Aún viven juntos y ahora tienen dos hijos. La BBC también se contactó con Parveen, quien habló abiertamente sobre la situación general de los hombres indios que son llevados al altar a punta de golpes. En sus propias palabras:

“Si yo no hubiera aceptado este matrimonio, igual ninguna familia le hubiera permitido a su hija casarse conmigo después”.

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El silencioso sufrimiento de las mujeres

Tal como comentó Bharati Kumar, las mujeres también se ven profundamente afectadas por este fenómeno. A pesar de que los hombres son arrastrados y movidos más por la fuerza física que psicológica (al menos en un principio) las futuras esposas deben vivir su propio proceso de culpa, desconsuelo y disconformidad. Sin embargo, solo por el hecho de ser parte de la familia que trama la boda forzada, y los pocos recursos de e instituciones de protección a las mujeres que hay en la India, a ellas les es mucho más difícil escapar de ese lugar que a sus potenciales esposos.

Finalmente, muchas mujeres deciden optar por la resignación, el silencio, la maternidad, y el estereotipo de la esposa abnegada. Terminan rindiéndole culto al desconocido, poniendo la mesa y sirviendo el té para él. Terminan criando a sus hijos e intentan controlar la duda. 

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Según Marahani, la mujer con la que obligaron a casarse a Kummar, ella también ha decidido resignarse. Es mejor no esperar nada de estos matrimonios, e intentar continuar con la vida en su contexto actual. Se la ve cansada cuando habla de sí misma:

“Mis amigas me dijeron que olvide lo que pasó y que viva feliz. En la vida pueden pasar cosas como esta”.

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Después de hablar, sostiene a un niño entre sus brazos. Lleva una sudadera amarilla. La mirada de ambos está fija en el piso.

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