Por Maximiliano Díaz
13 agosto, 2018

Su familia lo llamó «prostituta» con 7 años, se escapó de casa a los 14, su padre le fracturó un hueso a golpes y ya no se hablan. Eshan Hilal lo ha dado todo por bailar.

Cuando Eshan Hilal sintió la influencia del movimiento sobre su cuerpo, probablemente sintió que vendrían problemas. Aunque no tanto por el movimiento mismo, sino por la enorme falda, el maquillaje, los collares, pulseras y anillos, su cinturón tintineante y el pelo peinado hacia atrás perfectamente. Había descubierto que quería ser bailarín de vientre.

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Desde pequeño, Eshan siempre amó el baile. A los 5 años ya se aprendía las coreografías de Bollywood y las bailaba en casa. Sus padres, aunque inquietos en ocasiones por eso, decidieron dejarlo en paz. Pensaron que esa afición por el movimiento sería una etapa de la infancia. Sin embargo, esta solo continuó creciendo con los años, entonces, vino la desesperación.

«Me decían: ‘Eres un niño, ¡compórtate como tal! Bailar es de chicas. Queremos que seas un hombre varonil’«, asegura Eshan. De eso ya ha pasado algún tiempo, actualmente, él tiene 25 años, y se ha convertido en uno de los bailarines más destacados de su generación.

Facebook/Eshan Hilal

Una infancia difícil

Las cosas no fueron difíciles solo en casa. Mientras los niños de su barrio armaban pequeños grupos para jugar al cricket, Eshan descubría en soledad y silencio que él prefería hacer otras cosas. Bordaba, jugaba con muñecas y evitaba, a toda costa, su bicicleta. Nada personal contra ella, pero la ficción al interior de la casa era más interesante. Eshan quería hacer las mal llamadas «cosas de mujeres».

Fue en esos mismos años que conoció la danza, y decidió dedicarse a la del vientre, una compleja disciplina que une diversas danzas tradicionales de Medio Oriente, el Norte de África y Grecia. Su familia, musulmana, se encontraba frente a dos cosas que los hacían sentir profundamente molestos: primero, no querían a hijo que disfrutara el baile ni las cosas con las que ligaban a las otras niñas. Ellos querían, más bien, a un pequeño hombre. Alguien de personalidad fuerte y comprometido con los pasatiempos típicos de los muchachos de su edad, para pasar a convertirse en un hombre como cualquier otro que perpetuase la casta en la que nació; segundo, esa danza estaba vetada por su fe.

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Así, de a poco la preocupación se transformó en desaprobación, la desaprobación en hostilidad, y esa hostilidad terminó generando ataques de odio de parte de su propia familia. Eshan recuerda, por ejemplo, la primera vez que lo llamaron «prostituta» . Él tenía 7 años. Estaban en unas vacaciones familiares.

Ese día, Eshan comenzó a bailar, como siempre. Era lo que disfrutaba. Entonces, su abuela lo miró con muecas de asco y desaprobación. Ella le dijo «¿Alguna vez viste a una prostituta bailando en un bar?». Todo era nuevo y demasiado fuerte para Eshan, jamás había escuchado esa palabra en sus términos despectivos, y menos había recibido un insulto de esa categoría, con una pequeña e implícita capa de rencor. Eshan asegura haberse asustado: «Me asusté. ¿Qué era esa palabra? Sabía que era un insulto, pero no conocía su significado«.

Su abuela, por supuesto, no fue la única en emitir sus opiniones sobre Eshan. Su padre también estaba atento a minimizarlo. Eshan asegura que, en una ocasión en que ambos hablaron, él le dijo: «Me das vergüenza, se supone que no deberías bailar». Eshan asegura que ese prejuicio persiste: «Creen que solo puedes bailar si eres mujer… y no una buena. Así es la cultura de la que vengo», asegura.

Luego, comenzaron a encerrarlo. Lo escondían de las visitas y lo comparaban con su hermano. A sus padres no les interesaba el baile, sino la aparente normalidad de uno de sus hijos. Eshan, abrumado, hizo lo posible por darles en el gusto: jugó al cricket, encontró una novia e intentó dejar la danza. Nada de esto funcionó: más temprano que tarde, estaba bailando nuevamente.

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Todos los adolescentes se rebelan

Eshan intentó confrontarlo con valentía. Un día, se armó de valor y le pidió a su madre que lo apuntara en clases de baile clásico. Ella lo abofeteó. Según recuerda él, fue un golpe muy fuerte. Luego, por supuesto, su padre se enteró: «Me golpeó tan fuerte que me causó una fractura», detalla Eshan. Le preguntó por qué se comportaba como una prostituta.

Cuando Eshan cumplió 14 años, decidió darle un giro a su vida. Se fue de casa. Desde Delhi, halló la forma para viajar 300 kilómetros sin dinero encima. Trabajó limpiando hoteles durante 6 o 7 meses. Harto, solo y atemorizado, regresó a casa. El gesto de sus padres no fue de alegría y preocupación. Después de que Eshan cruzara el umbral de la puerta principal, su padre volvió a golpearlo y lo amenazó con dejarlo discapacitado. Fueron los peores momentos en la vida de Eshan, «estaba muy avergonzado de mí. Yo era su hijo mayor y no tenía nada que ver con él», asegura.

Contra los pronósticos y sin el apoyo de su familia, Eshan siguió bailando. Apareció en programas de televisión. Una en particular en un programa de baile le valió muchos seguidores y la apreciación de un público. Habían quienes intentaban bajar su moral, pero la pasión por la danza era más grande. «Hay gente que me insultaba antes de que saliera en televisión», asegura «pero ahora han cambiado. Me invitan a cenar, se toman fotos conmigo. De repente, significo algo para ellos».

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La fama no convence a los padres

Eshan logró llegar a una palestra. Ganó relativa fama y logró vivir del baile. Sin embargo, hasta el día de hoy tiene fuertes roces con su familia. Comparten la misma casa, pero todos, salvo él, viven en el primer piso. La planta alta es solo para el bailarín. Su madre, una musulmana que contrajo matrimonio a los 14 años, le contó a la BBC las razones de la frustración y los golpes. Ella dice que el Islam no aprueba la forma en que vive su hijo. A ella lo decepciona verlo bailar, y desde siempre soñó con que fuera médico, pero «todo lo que hacía era levantarse la camisa y mover la panza». Su relación, siempre conflictiva, los ha hecho pasar por largos períodos de incomunicación. En el último estuvieron un año sin hablarse.

Comenta, también, que su hijo «destruyó» su matrimonio: según la madre de Eshan, su padre también sentía tal frustración que descargaba su ira contra ella. Buscando paz, en alguna ocasión el matrimonio deseó que el muchacho se fuera para siempre. Durante la entrevista, la mujer mira hacia un lado y le pregunta a su hijo si recuerda las peleas. Él no solo asegura que no las olvidará jamás, sino que interrumpe asegurando que «No eran peleas. Tú solías pegarme todo el tiempo». Ella baja la cabeza y dice que es cierto.

Al parecer, Eshan no guarda rencores. Solo le repite a su madre hasta el cansancio que deben aceptarlo. Que si Dios no lo juzga y le ha dado piernas y salud para bailar, ellos no deberían tener problemas con eso. La madre de Eshan dice que ya no le prohibe ni intenta persuadirlo para que deje el baile. Pero reza. Espera que algún día su hijo se aburra.

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Por otro lado, la relación de Eshan con su padre es diametralmente distinta. No se miran ni se hablan. El bailarín cuenta que en un período de su vida se sintió tan intimidado que durante las noches cerraba su habitación con llave. «Sentí que mi padre quería matarme y no quiero morir joven», le confesó a la BBC.

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El padre de Eshan es un hombre grande y de barba gris, algo gordo. A pesar de las canas en el mentón, su cabello se mantiene negro. Según los periodistas de la BBC, parece una persona impasible. Comenta que su hijo efectivamente se fisuró un hueso debido a una paliza que él mismo le dio, y que una vez se fue de casa. Se justifica diciendo que no le gusta el trabajo de su hijo. «Mi hijo no es más importante que el respeto de la comunidad. Lo que está mal, está mal». También asegura que su hijo exagera. Él jamás lo habría matado. Hasta lo encuentra algo ridículo. «¿Por qué iba a atacarle de noche?», se pregunta. «Cuando le pegué lo hice abiertamente. Eshan no es mi enemigo. Soy su padre y como padre tengo que ponerlo en el camino correcto».

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