Por Daniela Morano
10 junio, 2019

«No se hace contacto visual, no invade su espacio. Es una manera de hacerles entender que uno entiende que se sienten tristes y frustrados, pero que hay alguien escuchándolos», dijo Jen Whelchel.

Lenore Koppelman tenía que atender una conferencia en Florida la semana pasada, y como tenía algo de tiempo antes, decidió ir junto a su esposo y Ralph, su hijo de nueve años. Llegaron al Resort Orlando Universal con la idea de pasar unos entretenidos días en familia, pero las cosas se salieron de control.

«Ralph es muy autista. Por muy maravilloso, amable, inteligente e increíble que sea, a veces le cuesta. (Como a todos ¿no?) Cuando le es difícil lidiar con eso, le da una especie de recaída», escribió Koppelman en Facebook.

La mamá de Ralph describió en detalle la emoción de su hijo al saber que irían al parque de diversiones donde se subirían a varios juegos, entre ellos la montaña rusa del «Sorprendente Hombre Araña». Era el último juego del recorrido así que Ralph estaba cada vez más ansioso por llegar al final. En cada juego preguntaba si acaso el próximo era el del Hombre Araña.

Lenore Koppelman

«Fue MUY paciente por MUCHO rato. Lo más paciente que pudo ser. Me decía ‘ok’ con un suspiro cada vez que le decía que aún no llegábamos. Cada vez sentía más emoción por el mejor momento del día: llegar al juego del Hombre Araña».

Una vez que por fin iban camino al juego final, un empleado anunció el cierre de la montaña rusa pues habían problemas técnicos. Koppelman y su esposo Steve sabían que Ralph colapsaría ante esa noticia.

«Conocemos los síntomas. Lo veíamos venir. Y aún así no había nada que pudiésemos hacer. No había dónde más ir. El colapso iba a ocurrir y ocurrió». Ralph se arrojó al suelo y comenzó a «llorar, gritar, hiperventilar y no podía respirar», explicó Koppelman. Junto a su esposo intentaban calmarlo pero nada funcionaba.

De repente, una asistente de la montaña rusa se acercó a Ralph y «se acostó en el suelo JUNTO A ÉL. Se quedó ahí mientras él lloraba y lo ayudó a respirar. Le habló con mucha calma y mientras él gritaba y lloraba, ella le decía que lo dejara salir».

Jennifer Whelchel, la asistente, le pidió a la gente que se estaba deteniendo a mirar que se fueran y que no tomaran fotos.

«Me di cuenta de que su nivel de alteración era mayor al regular. Se sentía muy, muy, muy mal. Y empeoraba con los segundos», dijo Whelchel a The Washington Post.

Lenore Koppelman

Ralph le recordaba a su sobrino de 8 años, quien también es autista. Para ella fue una cosa de instinto acostarse junto a él, porque así estaba a su nivel y en su espacio para poder ayudarlo a comprender. De hecho, profesionales dedicados a tratar a niños con autismo hacen exactamente eso para ayudarlos a tranquilizarse.

«Lo que Jen hizo es una forma de decir ‘estoy de acuerdo contigo, te apoyo, pero me quedaré aquí un rato’. No se hace contacto visual, no se invade su espacio. Es una manera de hacerles entender que uno entiende que se sienten tristes y frustrados, pero que hay alguien escuchándolos».

Una vez que se sentía mejor, Whelchel le ofreció a Ralph llevarse lo que el quisiera de la tienda del Hombre Araña, hasta $50 dólares. Se llegó un collar para perro con su nombre y una libreta. «¿Y Mamá Jen? Te amamos», escribió Koppelman al final de su post.

 

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