Por Alex Miranda
17 agosto, 2018

Los problemas de Centroamérica hacen que muchas familias decidan irse, pero muchas no alcanzan ni a llegar a EE. UU. y terminan encontrando problemas en México.

Pilar tiene 15 años, es de Honduras y sus padres no parecen muy preocupados por posibles novios, móviles caros o algunas calificaciones malas de parte de ella, sino que lo preocupante está en otro lado. «Papá, tenemos que dejar el país porque una banda quiere matarme», le dijo Pilar a su padre, haciendo referencia a la banda Barrio 18, una de las más peligrosas de América Latina junto con la Salvatruchas. La familia se fue a Guatemala, donde solicitaron asilo.

Lo que pasa con Pilar y su familia no es raro, 82.000 personas de Honduras, Guatemala y El Salvador han tomado esta decisión el último año, según la Organización Internacional de las Migraciones. Y si hablamos de las causas para tomar este camino, una investigación del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) detalla las causas estructurales de este fenómeno. La mayoría de las veces es la violencia de su país la que obliga a las familias a emprender la retirada.

Pero el verdadero problema que muestra el informe es que las rutas para irse del país que siguen los niños como Pilar, tanto si viajan solos o acompañados, está llena de peligros. Y llegar al destino tampoco garantiza el éxito, ya que aún pueden ser separados de sus familias o deportados de vuelta a su país de origen. Unos 63.523 migrantes de Centroamérica, incluyendo más de 10.000 mujeres y niños, fueron expulsados de EE.UU. y México entre enero y abril de 2018, un aumento del 19,4% en comparación con el mismo periodo, pero del año pasado.

Tanya Bindra / UNICEF

Las solicitudes de asilo presentadas por personas de Centroamérica para vivir en los Estados Unidos ha aumentado dramáticamente de 55.814 a más de 130.000 el año pasado. Marita Perceval, directora regional de Unicef dice que:

«Nos encontramos con una situación que no es nueva, pero que se sigue cobrando decenas de víctimas. Son niños y niñas que, al ejercer su derecho a la migración, acaban siendo víctimas de ella porque no es una migración alegre, es una huida de la pobreza y la violencia».

«No es que falte ley, falta realidad»

Por otro lado, Isabel, otra joven centroamericana, ha sido deportada dos veces de su país de origen, El Salvador, cuando intentaba llegar a los Estados Unidos. La primera vez fue con 13 años, iba con su familia y los separaron. Ella acabó en un refugio en México, y después de un mes la enviaron de vuelta a su país, pero no a sus padres, quienes si llegaron a destino: Virginia, EE. UU. Esto no es algo extraño, muchas familias son interceptadas por autoridades fronterizas, especialmente las de Estados Unidos y México, y también es normal que los niños sean separados de sus padres, un acto que va contra los derechos del niño.

Desde abril del 2018 que el mundo es testigo de las políticas de tolerancia cero del presidente estadounidense Donald Trump, sus acciones lograron la separación de 2.600 niños de sus padres en la frontera. Pero esta no es una practica solo de EE. UU, si no que México -un país que criticó la medida que tomó Trump– lleva dividiendo familias desde 2014.

Tanya Bindra / UNICEF

Según Unicef, 68.409 niños migrantes han sido detenidos en México entre 2016 y abril de 2018, el 91% de los cuales fueron deportados a Centroamérica. Esto lo hacen a pesar de haber firmado todos los tratados internacionales de ayuda a niños migrantes y dispone de visa humanitaria para que puedan optar a quedarse. Perceval, de nuevo, habla y dice:

 “En México hay una norma formidable: la Ley de Protección Integral de niños, niñas y adolescentes, donde se contemplan los derechos de los menores migrantes y se reconoce la migración como un derecho humano. También ha tenido un liderazgo ejemplar en el Pacto Mundial de las Migraciones, lo que pasa es que necesitamos derechos legales y reales. No es que falte ley, es que falta realidad”.

¿Me quedo o me voy?

Es por eso que la travesía de irse del país muchas veces puede representar una amenaza más grande que quedarse en un país violento. Muchas veces pueden ser atacados por bandas organizadas o contrabandistas que pueden llegar a matar a la persona embaucada. Por otro lado, el económico, también es un riesgo, ya que los llamados «Coyotes» -que te guían por vías alternativas- no son baratos, ya que pueden costar hasta 3.500 dólares por persona, y 15.000 si hay que llevar a un menor no acompañado. Además, esta suma no garantiza el éxito.

Isabel regresó a El Salvador y su familia le dijo que tratara de ir a USA con el mismo coyote que los llevó a ellos, pero solo alcanzó a llegar a Ciudad de México. Le contó a Unicef que: «Nos atraparon cuando estábamos saliendo. Me llevaron a un lugar donde la comida a veces tenía gusanos y moscas muertas», después de eso fue expulsada de nuevo. Ahora, con 15 años, no quiere repetir la experiencia:

«Si una niña me dijera que va a emigrar, le diría que no lo hiciera porque, si la atraparan, sufriría mucho y no se harían realidad sus sueños».

Tanya Bindra / UNICEF

En sus países de origen, los menores enfrentan día a día violencia extrema, relacionada con bandas o delincuencia organizada, esto sin contar la pobreza y la extorsión. Un 74% de los niños hondureños viven en hogares pobres, en Guatemala ese número es del  68%, mientras que en El Salvador ese número es del 14%. Mientras que la taza de homicidios, según la Fundación Isight Crime, es -en El Salvador– de 60 homicidios por cada 100.000 habitantes y 365 niños asesinados. Para Guatemala esa tasa es de 942 pequeños muertos y para Honduras es del 41,8. Unicef dice que:

«América Latina y el Caribe es la región sin conflictos armados más violenta del mundo y es la que presenta las tasas más altas de suicidio adolescente. Un millón de niñas al año son víctimas de violencia sexual. Uno de cada cuatro menores asesinados en el mundo pertenece a la región».

El principal problema de estos países son las maras, como Barrio 18 o la Salvatrucha. Estas bandas cuentan con miles de adeptos en estos países y controlan de forma territorial los barrios. Algunos niños son reclutados a la fuerza como apoyo, otros se unen voluntariamente para protegerse antes de que ellos les hagan algo malo, otros abandonan la escuela para entrar en ellas. Pilar es un buen ejemplo de como funcionan las maras, ya que tuvo una compañera de clase que se ennovió de un miembro de Barrio 18 y entre los dos intentaron convencer a Pilar de que se uniera a ellos y que trabajara como prostituta para ganar dinero, algo a lo que ella dijo que no. Ahí comenzó lo peor, las amenazas por parte de su compañera, que después serían amenazas y seguimientos de la mara. Todas esas cosas sumadas terminaron haciendo que ella y su familia se fueran del país:

 «Me dijo que como yo no le caía bien y no quería vender mi cuerpo, les pediría [a la mara] que me mataran»

Puede interesarte