Por Maximiliano Díaz
10 julio, 2018

Al menos en España, un 25% de los jóvenes acostumbra a mantener relaciones sin preservativo. Pero esto no es por ignorancia. Convencen a sus parejas.

Muchas personas dicen que la actual generación de jóvenes es la menos interesada en el sexo. Parece algo un poco curioso si consideramos que vivimos en la época de Grindr, Badoo y Tinder: plataformas que, a pesar de que sus creadores aseguran se hicieron para encontrar amistad, han terminado usándose para concertar y concretar encuentros sexuales con otros usuarios que podrían ser de nuestro gusto.

A pesar de que, en ocasiones, algunos números (como los de las parejas estables y los encuentros físicos que se fundan en conocerse en ocasiones como fiestas y encuentros con amigos en común) podrían verse algo alterados por el sentido del pudor, hay personas que aseguran que la juventud sí está teniendo sexo. Y mucho. Y uno de los temas por los que hay que preocuparse, son las conductas de riesgo a la hora de mantener relaciones.

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Ya no vivimos en los ’60. El VIH se expandió hace décadas por el mundo a una velocidad preocupante, y a pesar de que ya teníamos la sífilis, los herpes y la gonorrea, recién entonces aprendimos a temerle al sexo. Hoy, todos sabemos que lo peor que nos podría pasar no es engendrar hijos con algún o alguna extraña.

Pero, ¿cuántos saben esto? Desgraciadamente, no demasiados jóvenes parecen estar al tanto de los peligros de tener sexo sin protección. Según un estudio español, casi la mitad de los jóvenes de ese país han mantenido sexo sin preservativo alguna vez, y un cuarto de ellos lo hacen regularmente. Y, por supuesto, no son los únicos del mundo, ni tampoco los que mantienen las cifras más altas de sexo riesgoso en Europa o el mundo.

Ante números como estos, lo primero que podría pasarnos (y muy lógicamente) es que nos asalte una duda: ¿cómo es que los jóvenes, saturados y sobreestimulados de información sobre los riesgos de dejar guardados los condones siguen manteniendo conductas de riesgo? Es una pregunta que intriga a toda la comunidad de las ciencias sociales. Y un estudio llegó hasta el Congreso de Salud Global de Oxford, que presentó las principales “razones” para este comportamiento a fines de junio.

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Desde un principio, se descartó la posibilidad de la desinformación. Es una mentira que los jóvenes no conozcan las consecuencias que podría tener sobre sus cuerpos el mantener relaciones desprotegidos. Así que Montserrar Planes y María Eugenia Gras, del Instituto de Investigación sobre la Calidad de Vida de la Universidad de Girona, decidieron enfocarse en los argumentos que los jóvenes esgrimen al momento de decidir entre usar o no usar un preservativo.

Según las investigadoras, hay algunos métodos más efectivos que otros. Comenzaron refiriéndose a las razones que las personas se dan entre sí para convencer a la otra de usar un condón. El estudió concluyó rápidamente que los argumentos más fuertes son los de salud y bienestar: entre los 170 jóvenes que participaron del estudio, todos calificaron con 8 puntos de un total de 10 la importancia de la comunicación al momento de sugerir el preservativo: cosas como pedirlo directamente, dárselo a la pareja, comentar que se siente más calma usándolo y que hay más disfrute durante el sexo, ponerlo de manera sugerente o erótica, aportando al encuentro, o simplemente mencionar que utilizarlo indica responsabilidad, respeto y madurez, fueron los argumentos preferidos de los sujetos de estudio.

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Los mismos jóvenes calificaron con un puntaje bajo los argumentos más severos: el decir que no habrá sexo, el utilizar argumentos que apelaran a la emocionalidad, o el mencionar su estatus de pareja no estable.

Ahora, lo impresionante viene al momento de hablar sobre no usar el preservativo. Porque los jóvenes también tienen argumentos prescritos para librarse de la responsabilidad del profiláctico. Los resultados más impresionantes arrojan que, simplemente, la gente se siente intimidada cuando le dicen que no. Es así. Si una persona propone fuertes argumentos para que ambos se cuiden mediante el uso de un preservativo, está demasiado confiada de que la persona con la que tendrá intimidad será comprensiva, abierta, y tendrá un sentido común más o menos parecido al de su interlocutor. El “no” no está entre las posibilidades contempladas. Y cuando llega, muy pocos saben qué hacer.

Así que, generalmente, terminan por ceder a una presión fantasma. Simplemente, acceden.

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Según palabras de Planes: “Lo que comprobamos es que cuanto más hace falta avanzar en la negociación, los jóvenes encuentran menos estrategias útiles. Y quizás habría que buscar una para negarse si la pareja no acepta las razones. Al decir que no, la gente se siente timorata“. Desde entonces, el estudio de las investigadoras se volcó: comenzó a apuntar hacia la búsqueda de nuevas tácticas que los jóvenes puedan diseñar o adoptar para sentirse más cómodos al dar el no por respuesta. Desgraciadamente, asegura el estudio, las personas se quedan sin argumentos cuando les dicen que no. Funciona casi como una conexión mental inmediata: si alguien recibe una negativa, siente que no tiene argumentos para refutarlo.

Ahora, el desafío se ha volcado más hacia el lenguaje que hacia la educación sexual. Al menos, los jóvenes tienen claros los beneficios del condón. Según estudios anteriores, las investigadoras habrían descubierto que este se considera el método más ventajoso: evita el sida y otras infecciones, no hay efectos secundarios, y además es barato.

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Ahora, solo queda aprender que es indispensable para una sexualidad segura. Sobre todo si hablamos de encuentros casuales.

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