Por Maximiliano Díaz
5 junio, 2018

Inés apunta a un lugar y dice que ahí están enterrados su esposa e hijos, pero todavía espera por la extracción de sus cuerpos.

Pocos han sido los desafortunados que pueden ver la tierra después de una erupción volcánica. Afortunadamente, en muchos países del mundo no es un suceso cercano ni palpable, sino otra lección en la clase de historia. Se revisan los clásicos: Pompeya, el Vesubio, el monte Tambora. Lugares que parecen alejados tanto histórica como geográficamente. “Afortunadamente”, pensamos, “la catástrofe no nos toca a nosotros”. Tenemos otras cosas, y estamos de acuerdo en que América Latina es una zona que vive con ciertas disputas que parecen eternas: corrupción política, problemas en el orden civil y catástrofes menores, pero que el magma devore tu hogar, no.

Ayer, Inés caminó por primera vez sobre la ceniza. Llegó hasta San Miguel Los Lotes, El Rodeo, Escuintla, en Guatemala. Allá esperaba encontrar a su familia, pero cuando llegó, solo se encontró con un terreno plano y cubierto por las gruesas capas de arena y polvo. Caminó sobre los restos. Ese mismo día, unas horas antes, el Volcán de Fuego había hecho erupción. Las noticias arrojaban 69 víctimas fatales, pero menos de 20 identificadas durante las primeras horas.

Eran cerca de las tres de la tarde cuando las explosiones comenzaron. San Miguel Los Lotes se había asentado hace tanto tiempo ahí, que la comunidad ya estaba prácticamente acostumbrada a las amenazas del volcán. A veces ruge, pero no explota. No hay mucho que hacer. Conservar la calma y ser pacientes.

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Cuando la primera explosión sucedió, no había muchos lugares a los que moverse. La gente se encerró en sus casas y en una pequeña iglesia evangélica. Por la colina bajaba una mezcla de lava y lodo. Se cree que muchos ni siquiera fueron tocados por la mezcla. Hundió las casas enteras. Ahí se quedaron. Horas después, los rescatistas sacaban los cadáveres de los lugares enterrados.

Ese fue el escenario con el que se encontró Inés. Caminando por la ceniza, reconoció un árbol y la pared de la familia vecina a la suya. Apunta al piso con el dedo y lo mueve en el aire. Señala una zona. Según él, su esposa y sus hijos están bajo esos escombros:

“Ahí está el resto de mi familia”.

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La escena lo conmociona tanto que ni siquiera sabe cómo debería sentirse. La tristeza es el acto más lógico frente a escenas como estas. Pero este, dice Inés es un sentimiento mucho más profundo. La pena no es suficiente como para aguantar la pérdida, mucho menos la que sucede durante una catástrofe. Él lo engloba todo en una sola idea:

“¿Y cómo hiciera yo para llorar? Tengo muy duro mi corazón”.

Para poder sufrir con paz y sin culpa, Inés asegura que necesita ver los cuerpos. Que llegue el cuerpo de rescatistas, haga el agujero y saque los cadáveres. Dar un último adiós es una forma que tenemos de dignificar la muerte. Entonces, camina. San Miguel Los Lotes entero fue enterrado bajo la ceniza y la piedra volcánica.

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Inés y su familia estaban dedicados al café. Cada día viajaban a las fincas cafetaleras de Escuintla, lugares verdes y abiertos en los que dedicaban la jornada al corte del grano.

Ahora, Inés piensa más en los rescatistas que en el grano. Maneja algunos datos. En los noticieros han dicho que la actividad volcánica complicó las labores de rescate, sabe que sacaron cadáveres de familias enteras cubiertos por la ceniza. Según se dice, alcanzaron a rescatar a varias personas. Casi todas tienen quemaduras de tercer grado. Afortunadamente, todos han sido trasladados a hospitales. Roosevelt, San Juan de Dios, Escuintla y Antigua Guatemala abrieron sus puertas para recibir a los heridos.

Dicen que la ceniza y la arena se elevaron a más de 6.000 metros por sobre el nivel del mar.

A pesar de que no se ha hecho una promesa sobre recuperar todos los cuerpos enterrados, el volcán cesó completamente su actividad cerca de las 9 de la noche de ayer, y eso da esperanzas para continuar con la búsqueda de los cuerpos de las víctimas fatales.

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Aparentemente, eso es lo único que le puede devolver la esperanza a Inés. Él levanta el brazo, apunta a un territorio, y mueve la extremidad en el aire. Dice que ahí estaba su familia. Todo San Miguel Los Lotes lo era. Ahora, está enterrado.

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