Por Maximiliano Díaz
24 abril, 2018

En 1974, la artista Marina Abramović puso 72 objetos sobre una mesa (entre ellos, un revólver) y dijo que se quedaría quieta por 6 horas. Sin importar lo que le hicieran. Cumplió su promesa.

Probablemente, Marina Abramović sea la artista serbia más importante del siglo XX (y lo que va del XXI). Nacida en Yugoslavia en 1946, comenzó su carrera a principios de los años ’70. Abramović tenía tan solo 27 años cuando realizó su primera presentación en público. Esta se tituló Rhythm 10 (Ritmo 10), y fue parte de una serie de performances. Estas adquirieron tal relevancia en el circuito artístico (por su originalidad y propuesta de cuerpo como material básico e indispensable para la realización de las obras) que hoy es considerada una de las realizadoras más destacadas del rubro.

Marina Abramović Institute

La serie de los Rhythms fue reconocida por ser provocadora y atrevida. Abramović no solo utilizaba su cuerpo para llevar a cabo sus obras. Estas también transitaban peligrosamente entre la voluntad de dañarse y sus consecuencias. Para la primera de estas, Rhythm 10, utilizó 20 cuchillos y dos grabadoras. La artista “jugó” con los cuchillos y sus manos. Extendiendo una mano con los dedos abiertos sobre la mesa, con la otra tomó el cuchillo y, rítmicamente, comenzó a utilizarlo para clavar el cuchillo velozmente en los pequeños espacios abiertos entre sus dedos. Cada vez que se cortaba, tomaba un nuevo cuchillo y empezaba de nuevo. Todo esto era grabado. Después de haberse cortado 20 veces, reproducía la cinta, escuchaba los sonidos, y hacía todo lo posible por imitarlos a la perfección (incluyendo sus errores).

Rhythm 5 intentó ir un poco más lejos. Esta vez, la artista pintó una estrella en el piso, la remarcó con petróleo, y le encendió fuego. Sentada fuera de ella, se cortó el cabello, las uñas de las manos y los pies, y los lanzó a la estrella. Pequeñas explosiones salieron de la figura. Al terminar con todo, ella misma saltó al centro de la estrella, donde se desmayó por la falta de oxígeno. Debió ser sacada por un médico y los mismos miembros de la audiencia.

En Rhythm 2 Abramović buscó una suerte de relación entre el arte corporal y los estados inducidos de la conciencia. Experimentó con drogas fuertísimas dentro de una performance. En la primera parte de su presentación, tomó una píldora utilizada para la catatonia (un fuerte síndrome neuropsiquiátrico que se caracteriza por el sufrimiento de anormalidades motoras, psíquicas y afectivas). El cuerpo de Abramović, al estar sano, reaccionó de una manera muy violenta a la droga. Perdió casi por completo el control de sus movimientos. Sin embargo, seguía lúcida. 

En la segunda parte de Rhythm 2 (ejecutada apenas 10 minutos después de que el efecto de la droga anterior acabase), la artista tomó otra píldora, esta vez, una utilizada para ayudar a personas depresivas y violentas, que genera una inmovilización casi total. Al consumirla, ocurrió el efecto contrario. A pesar de tener su cuerpo a su disposición, su mente se encontraba completamente suspendida. 

Rhythm 0

La última performance de la serie fue titulada Rhythm 0, y fue considerada la más polémica de las cuatro. Anteriormente, Abramović había experimentado con los límites de su cuerpo y los agentes externos que la invadían (los cuchillos, el fuego, las drogas). Sin embargo, ahora se había decidido a probar con algo mucho más polémico y peligroso: la influencia de otras personas. 

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En la galería Studio Morra de Nápoles, Italia, la artista se puso de pie. A su costados, una pequeña carta de declaraciones e instrucciones, y una mesa llena de objetos rellenaban el salón. La carta decía:

“Hay 72 objetos en la mesa, que cada uno puede usar sobre mí como desee.

Performance: yo soy el objeto.

Durante ese período me hago plenamente responsable de todo lo que ocurra.

Duración: 6 horas (desde las 20:00 hasta las 02:00).”

Efectivamente, sobre una larga mesa reposaban 72 objetos: un revólver, una bala, pintura azul, un peine, cascabeles, un látigo, lápiz labial, una navaja, un tenedor, perfume, una cuchara, algodón, flores, cerillos, una rosa, una vela, un espejo, un vaso, una cámara Polaroid, una pluma, cadenas, clavos, una aguja, un alfiler de gancho, horquillas para el pelo, un cepillo, vendas, pintura roja, pintura blanca, tijeras, una pluma para escribir, un libro, hojas en blanco, un cuchillo de cocina, martillo, sierra, taco de madera, un hacha, estacas, huesos de cordero, un periódico, pan, vino, miel, sal, azúcar, jabón, un pastel, un arco y flechas, un paquete de cuchillas de afeitar, un plato, una flauta, una bandita médica, alcohol, una medalla, un abrigo, zapatos, una silla, correas de cuero, hilo, alambre, azufre, uvas, aceite de oliva, agua, un sombrero, tuberías de metal, ramitas de romero, una bufanda, un pañuelo, un bisturí, y una manzana. En ese mismo orden.

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Para alguien que tiene esperanza en la humanidad (o en el pequeño público que asiste a una performance), nada malo tendría que haberle pasado a Abramović. Solo tenía que quedarse quieta, y esperar a ver cómo funcionaba este sometimiento con respecto a los asistentes al evento. Y así fue durante las primeras horas. El público, algo desconcertado y pasivo, se acercó tímidamente. La acariciaron con una pluma, la besaron o intentaron “regalarle” la rosa. Sin embargo, tres horas después, la gente comenzó a agitarse. Dándose cuenta de que ella realmente no se movía ante ningún estímulo, le arrancaron la ropa con la ayuda de las tijeras; un tipo le hizo un corte en el cuello y comenzó a chuparle la sangre. La pintaron, le escribieron por todo el cuerpo, la peñizcaron, la golpearon y le escupieron. Echaron sobre su cabeza todos los tipos de líquidos que se abrían ante la mesa, le clavaron el cuchillo entre sus piernas (peligrosamente cerca de su zona pélvica).

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Pero la hostilidad no se detuvo ahí. A pesar de que algunos temían a la presencia del revólver y la bala, hubo alguien que sintió entusiasmo de verlos. Esa persona lo cargó, hizo a Abramović empuñarlo, y lo dirigió hacia su cuello. Entonces, la intentó convencer de apretar el gatillo (entre las normas de la performance no estaba incluido acatar órdenes, así que la artista no tuvo razones para dispararse). Envalentonado por esa persona, un hombre tomó el revólver y lo apuntó a la cabeza de Abramović.

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Mientras estos sujetos intentaban agredir a la estática mujer, otro grupo se formó en el opuesto moral de los hechos: condenaron todo acto de violencia hacia una persona indefensa, e hicieron lo posible por evitar las agresiones hacia Abramović. En un momento, los ánimos entre ambos grupos llegaron hasta tal punto que, según cuentan algunos, incluso fue necesario que el guardia del recinto se deshiciera del arma de fuego para resguardar la seguridad de los presentes. 

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Abramović lloró y sangró a vista y paciencia de todos. La gente la miraba y comentaba sus apreciaciones sobre el cuerpo estático que yacía frente a ellos. Triste, derrotada y a merced de un público descarnado, la artista recordaba a un Cristo entregado. Años después, recordaba la que quizás sería su obra más memorable:

“Todavía tengo las cicatrices de los cortes que me hicieron. Fue un poco de locos, me di cuenta que el público podría matarme. Si les otorgas plena libertad, se pondrán lo suficientemente frenéticos como para matarte. ¿Qué fue lo peor? Un hombre apretó el revólver contra mi sien con mucha fuerza. Podía sentir sus intenciones, y también podía oír a una mujer diciéndole que hiciera lo que tuviera que hacer. Pero lo peor fue aquel hombre que siempre estaba allí, solo jadeando. Aquello fue lo más aterrador. Después de la performance, descubrí un mechón de pelo blanco en mi cabeza. No pude librarme del pánico en una buena temporada. Gracias a esa performance, sé hasta dónde puedo llegar sin ponerme en un riesgo semejante”.

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Los límites del arte

Por su carácter contestatario y su constante experimentación a la hora de ponerse frente a su público, Abramović ha llamado la atención de manera negativa más de una vez. En varias ocasiones han salido a tildarla de “loca”, “masoquista”, o han declarado, sin hacer ningún análisis, que sus puestas en escena no tienen absolutamente nada que ver con las artes visuales. Sin embargo, ella siempre ha asegurado que odia sentir dolor, y que no tiene el más mínimo interés en morirse. Con respecto al respeto que ella misma siente por su arte, está más que claro. El compromiso de Abramović con la estética y la búsqueda del cuerpo como material primario de trabajo es lo que ha movido toda su obra. Ella comprende el arte como algo que no se limita a un objeto para ser creado (como el lienzo en la pintura, o la piedra en la escultura, por ejemplo). Para la artista, la sensibilidad del cuerpo es lo primero y más importante. Su obsesión y fijación con la performance se funda, también, en la incapacidad que tienen esos momentos de reproducirse: una performance es un acto común y participativo que dura solo un momento. Una vez se acaba, la obra queda suspendida en la memoria de sus espectadores y participantes. No es posible volver a ver una exactamente igual. Entonces, el cuerpo, además de haber sido el protagonista de una obra de arte, tiene la total conciencia de haber creado y sido partícipe de algo único.

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A pesar de que las críticas de toda naturaleza hacia Abramović continúan, ha logrado un prestigio indiscutible a lo largo de toda su carrera. Habiendo utilizado a las más prestigiosas galerías a lo largo de todo el mundo para su trabajo performático, incluyendo al famoso MoMa de Nueva York en 2010, el circuito artístico, y los consumidores más comunes de arte la han aceptado y aclamado cada día más. En sus propias palabras:

“Después de 40 años en los que la gente pensaba que estaba loca y que deberían meterme en un manicomio, finalmente parece que empiezo a recibir todos estos reconocimientos. Lleva mucho tiempo que te tomen en serio. Me gustaría que la performance fuese considerada una forma real de arte, con sus estructuras y sus características definidas… antes de que me muera, si es posible”.

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Hoy, Abramović se describe a sí misma como la “Madrina del arte de la performance”.

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