Por Maximiliano Díaz
31 julio, 2018

Se popularizó en Marruecos, país en el que han dicho que el feminismo es «solo histeria», pero donde el 38% de los hombres asegura que es necesario golpear a sus parejas.

Si en Occidente ya se acusa injustamente a las mujeres de ser provocativas o se les reprocha por cómo se visten, imaginen cómo es en algunos Estados donde esa creencia tiene un aval cultural y religioso, como muchos de los países de Medio Oriente o África, donde esa clase de exigencias al sexo femenino están casi en la legislación de los países: que nadie te toque, no muestres piel, cabello ni boca a alguien que no sea parte de tu familia directa, y jamás uses un traje de baño.

Vamos, por ejemplo, a Marruecos. Uno de los lugares donde el sol pega con más intensidad y calma en el mundo. Es el destino de muchos bañistas. Las playas exóticas de África del Norte atraen a cualquiera, y mientras los hombres descansan de espalda sintiendo los rayos del sol sobre sus torsos desnudos, las mujeres sudan bajo sus largos vestidos, sus burkinis o sus faldas. A algunas niñas les permiten bikinis o trajes de baño enteros.

El País

En cuanto a las adultas, los burkinis y las faldas se lo toman casi todo. Hay una mujer en la playa de Los Udaya, eso sí, que lleva un traje de baño de una pieza, su nombre es Safa. Ella cuenta que nació y creció en Rabat, la misma ciudad donde hoy van a la playa de Los Udaya, sin embargo, vive en Londres hace más de 20 años. Esas imposiciones sociales no le interesan; al otro lado de la misma playa, una mujer se sienta en una silla plástica bajo una sombrilla, lleva un niqab: un traje tradicional que le cubre todo el cuerpo de negro, salvo las manos y los ojos. Ella se llama Hanan y tiene 33 años. No se aleja de su marido. Cuenta, también, que está a favor de la campaña «Sé un hombre», una iniciativa que se ha estado expandiendo por las redes sociales en Marruecos desde principios de julio.

«Kun Rajulan»

Todo comenzó con un hashtag: «Kun Rajulan», que, en árabe clásico, significa «Sé un hombre» y que va acompañado del consejo: «Cubre a tus mujeres». Marruecos heredó la campaña de Argelia, país en el que se hizo popular hace cerca de tres años. Pero, afortunadamente, estos tres años han estado plagados de cambios de paradigmas y luchas con respecto al género. Y apenas comenzó a difundirse, «Sé un hombre» también comenzó a causar una fuerte indignación. Usuarias y usuarios de internet, activistas y ciudadanas comunes se han levantado contra la grosera campaña. Desdeñan los tweets, vídeos y mensajes que proponen la dominación masculina. Hablan sobre empoderamiento femenino. Buscan apoderarse de las redes para quitarle «prestigio» a esta campaña. Otros, más conservadores y que se sienten amenazados, llaman a mantener la calma. «Ignoren a los provocadores», escribía un columnista hace apenas algunos días. Otro marroquí, residente en China, publicaba un vídeo que se hizo viral: «Sé un hombre y ayuda a esa mujer a la que agreden bajo tu indiferencia. Sé un hombre y trabaja o estudia, porque esas mujeres a las que atacas están activas». Otros, también declararon: «sé un hombre y controla tus impulsos», dejando en evidencia que la masculinidad no tiene nada que ver con la dominación femenina, sino, más bien, con ser un ciudadano decente y que trate a las mujeres con igualdad y respeto, y no como ciudadanos de segunda clase.

La labor femenina

Pero, por supuesto, no toda la lucha de la igualdad ha quedado en manos de los hombres. Las mujeres, aunque invisibilizadas, no han dejado de moverse: Betty Lachgar, portavoz del Movimiento Alternativo por las Libertades Individuales (Mali), impulsó una contracampaña a la que bautizó «Sé una mujer libre». No hay adornos ni segundas intenciones, busca, directamente, enfrentar esa dañina masculinidad. Según Lachgar, no basta con ignorar la cruzada machista (algo así como seguir con la lógica de «a palabras necias, oídos sordos»), porque a estas alturas, eso las vuelve cómplices. La acción, asegura ella, es más que necesaria. Lachgar no aboga por un objetivo específico, como que todas las mujeres puedan usar bikini, para ella el asunto es otro: básicamente, libertad de elegir y decidir. «[Si quieren] como si no quieren ir a la playa… Es igual. Lo importante es que las mujeres actúen en libertad y no bajo la dominación del patriarcado. No se trata de la ropa, sino del cuerpo. Queremos que los hombres dejen de controlar nuestros cuerpos. Esos mismos que no respetan nuestro cuerpo son los que cuando una mujer es violada dicen ‘se lo merecía, por ir como iba vestida’. Son los mismos que me acosan y me insultan».

Betty Lachar (Foto: El País)

Lachgar habla desde la experiencia. Nacida en Rabat hace 43 años, ha tenido más que el tiempo suficiente para darse cuenta de que la situación de las mujeres en los espacios públicos marroquíes no ha avanzado ni un solo paso en estas cuatro décadas. E incluso, asegura ella, ha retrocedido en algunas materias: por ejemplo, recuerda una infancia viendo la playa repleta de mujeres en bikini o trajes de baño. Nadie tenía ningún problema.

«Está escrito en el Corán».

¿Qué pasa con las mujeres que están de acuerdo con este tipo de campañas? Volvamos con Hanan, la mujer del niqab en la playa. En un día normal, ella puede ir sola con sus dos hijas pequeñas. Su esposo le «da permiso» para que pueda tomar un taxi y moverse por la ciudad. Pero su prima no tiene tanta suerte como ella. No puede dar un paseo si no está acompañada por su marido. Hanan reafirma estar de acuerdo con la campaña. «Está escrito en el Corán», asegura. «Antes que ningun hombre lo dijera es Alá quien ha dicho que las mujeres deben ir bien cubiertas y así serán respetadas».

Safa, la mujer en bañador, pisa la otra vereda a pesar de que ambas estén de pie en la misma playa. Para ella, nada tiene que ver ser musulmana y esta supeditada a esa lectura híper masculinizada de los textos: «Soy musulmana y soy libre. El que piense que es un hombre porque se acuesta con una mujer no es hombre ni es nada. Muéstrame a 10 hombres y te diré que soy más fuerte que ellos. Estoy divorciada, dejé mi país y mi cultura hace 20 años, vivo en Londres y me levanto a trabajar todos los días a las seis de la mañana. Nadie me tiene que decir cómo tengo que ir vestida».

Hanan toma el sol (Foto: Francisco Peregil)

Ellas son los opuestos diametrales, pero la playa se encuentra llena de pequeñas variaciones sobre esta forma de pensar. Mujeres con velo, cabello descubierto, burkinis y petos encima opinan sobre la campaña de los hombres que quieren «defender lo suyo». Sus parejas, sus mujeres. Algúnos hombres responden que es cosa de cada pareja. Que deben afrontarlo como puedan y cómo les resulte mejor. La mayoría de las mujeres del lugar se declaran libres, pero también trazan una línea que coarta esa libertad: la mayoría no se atreven a bajar solas a la playa o ir solas por la calle. La sensación del acoso es una experiencia demasiado fuerte en países como Marruecos.

«¿Es que no tienes corazón?».

Las redes sociales parecen ser el único mecanismo que tiene la justicia ciudadana. Desde hace meses que los vídeos más caseros y de peor calidad sirven para denunciar acosos y agresiones contra mujeres. Sirven, también, como una especie de registro para encontrar a los agresores. En uno de esos videos, se ve a un hombre atacando a una menor de edad. Están en la calle y es de día. Mientras él se le tira encima, ella le grita «¿Es que no tienes corazón, no tienes hermana, te gustaría que le hicieran esto?». La rápida difusión del registro, hizo que el agresor fuera detenido en menos de 48 horas. Sin embargo, esa es una historia con un «final feliz»: ¿qué sucede con todas esas donde no hay una cámara cerca? La respuesta es muy simple: nada. Nadie sabe, a nadie le interesa, nadie se preocupa. La mujer, niña o muchacha debe continuar con su vida como pueda. Según una encuentra de ONU Mujeres que se hizo en la región de Rabat-Salé-Kenitra y se difundió en febrero de esta año, el 38% de los hombres creen que las mujeres merecen ser golpeadas en alguna ocasión. Lo piensan como una especie de correctivo. Duro, pero necesario. Por otro lado, el 62,8% de las mujeres declaró haber sufrido algún acto de violencia. Eso significa que hay una cantidad importante de hombres que golpean en silencio. Dejándose llevar por impulsos retrógrados y misóginos, o simplemente sabiendo que lo que hacen está mal y acallándolo.

El País

Según Lachgar, una pequeña contracampaña como la suya no cambiará mucho las cosas. Está al tanto y está de acuerdo, pero no quiere rendirse. Sabe que no puede bajar los brazos porque cada día ve a una mujer sintiéndose insegura, y cada hora puede leer un testimonio nuevo sobre una muchacha que fue violada y golpeada en las riveras de algún río desconocido, y cuyos asaltantes se dieron a la fuga. Vuelve a referirse al polémico dicho: «La expresión en árabe dialectal marroquí de ‘sé un hombre’ se emplea a cada momento en la vida cotidiana. Incluso para las mujeres, cuando se pretende animarlas y que tengan fuerza, se les dice ‘kun rajel’ que equivale a ‘ten pelotas’. Sabemos que esto no va a cambiar tampoco en diez años, pero hay que hacer algo, hay que moverse».

Para algunos, sin embargo, sigue persistiendo una pequeña duda. ¿Qué pasa con aquellas mujeres que están a favor de esta clase de creencias que no las permiten elegir? Podría hablarse de términos reduccionistas y que faciliten la discusión, como que puedan estar demasiado sometidas, o que estén relativamente cómodas en ese orden de cosas; sin embargo, también es importante cuestionarse en algún punto el papel que juega la religión, y cómo las escrituras sagradas nos hacen coartar nuestras propias libertades.

Un mensaje difundido en redes sociales de la campaña «Sé un hombre» (Foto: Facebook)

La libertad es el tema más importante, pero recordemos que no podemos apuntarla solo hacia una lado. No podemos culpar a una mujer por vivir plenamente su religiosidad musulmana y querer llevar el pelo cubierto, después de todo, las monjas siempre lo han llevado cubierto y nunca nadie les ha dicho nada.

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