Por Maximiliano Díaz
8 junio, 2018

Se hace solo entre hombres, siempre llevan condones, y varios se consideran heterosexuales.

Solemos pensar que el sexo es algo que vive en la esfera de lo privado: como nos lo enseñaron en nuestras casas y en algunas escuelas, la relación con la palabra “intimidad” no es coincidencia. Para hacerlo, hay que cerrar las puertas, las ventanas y correr las cortinas. No cualquiera merece ver la desnudez de los cuerpos que se cierran. Es solo para aquella persona con la que compartimos el espacio.

Recuerdo que, hace algunos años, un amigo trabajaba en un ciber café en Santiago de Chile. Era uno con un modelo bastante extraño: casetas cerradas para cada una de las computadoras. Dentro, un escritorio pequeño y una silla grande. Todas estaban interconectadas por un chat. Los clientes entraban y usaban muy poco las redes sociales o cualquier otro servicio que pueda prestar un ciber: no imprimían, escaneaban, ni revisaban el correo. El lugar era reconocido por poder usar el chat para hablar con otros clientes, y acordar tener sexo entre sí. Se movían entre casetas, cerraban la puerta, y tenían sexo en un espacio terriblemente reducido. La incomodidad debía de ser enorme, pero el anonimato era algo que los movía. Según mi amigo, muchos eran oficinistas. Llegaban con traje y corbata. Algunos pasaban un par de noches a la semana ahí. Varios llevaban argollas de matrimonio.

Hasta entonces, esa era la forma más impersonal y directa de tener sexo que conocía.

Cruising

Pero hace muy poco, oí hablar de una nueva tendencia: el cruising, la práctica de tener sexo con desconocidos en lugares públicos. Y cuando digo públicos, hablo, además, de lugares concurridos: parques, veredas oscuras, baños de restaurantes o estaciones de tren. Generalmente, es practicado por hombres y entre hombres. Una nueva manera de vivir la sexualidad para muchos de ellos. A pesar de que la mayoría se consideran homosexuales, hay varios que hablan de sí mismos como heteros. 

Revista Zero

A pesar de que buscan mantener su anonimato, muchos hablaron abiertamente sobre lo que para ellos significa el cruising, sus inicios, su experiencia y las conclusiones que han obtenido de esta manera de vivir el sexo.

R. lleva practicándolo desde hace más de 20 años. Actualmente, tiene 52. Según su testimonio, tenía mucho éxito en su vida amorosa y sexual siendo más joven: “Con lo que me iba surgiendo en los bares tenía de sobra”, asegura. Pero en algún momento, la curiosidad pudo más. Desde entonces, comenzó a frecuentar las orillas del río Guadalquivir, en España. No había que tener demasiado conocimiento previo, era necesario reconocer el lugar y captar las señales. Hay coches que se acercan y se separan en la oscuridad, y nalgas que se asoman por el follaje. Algunos voyeurs aprovechan de pasear al perro justo por las zonas con más actividad sexual, y levantar la mirada justo en el momento en el que ve que un torso desnudo resalta entre los arbustos. Según R. algunos los juzgan duramente; otros, los más ingenuos y reprimidos, los miran con curiosidad y, por qué no, también deseo.

Pero lo que más le apasiona a R. es la comprensión del anonimato:

“Lo que no he visto nunca ha sido violencia. Es todo muy civilizado dentro de lo que cabe, porque apenas hay comunicación pero para lo que te interesa siempre te entiendes. No saludas ni intercambias ningún dato, no sabes nunca el nombre del otro. A veces no llegas ni a hablar con la persona, que para mí es lo mejor, la verdad.

Chad States

“Me gusta que sea todo tan sencillo y tan accesible, me lo he pasado bien”.

T. está bastante cerca de la edad de R. Él tiene 45 años. Ha hecho cruising por Sevilla, Madrid y Barcelona. Está de acuerdo con R. en el silencio de esa complicidad secreta. Según él, la interacción solo se hace con dos fines: primero, lo que cada uno quiere durante el sexo; el segundo (y más importante) hablar sobre el condón. T. siempre lleva condones consigo, y si su compañero no está de acuerdo en usarlos, no se hace problemas. Se va del lugar. Ambos encontrarán lo que buscan en ese o algún otro parque. 

También los hay algunos un poco más tímidos, como L. Él dice que las zonas públicas le provocan una sensación algo extraña: algo entre pudor y respeto. Así que conduce hasta los lugares famosos por el cruising. Ahí, estaciona su auto y espera. Hace el contacto visual desde el coche, si su interlocutor entiende, se acerca solo al vehículo. Prefiere que se metan al asiento del copiloto. Todo más rápido, más impersonal. Aunque, si la chispa lo exige, dice que no tiene problemas con que ambos se pasen al asiento trasero. Allá el sexo es más fácil. Hay más espacio, más comodidad, pueden estar tendidos. El único requisito excluyente, es que las luces del coche estén apagadas; encendidas, su deseo desaparece.

Pixabay

En la guantera, L. siempre lleva papel higiénico, toallitas y enjuague bucal. Todo lo necesario para poder sentirse más cómodo. Según él, la higiene es lo más importante a la hora del cruising.

El único problema con encontrarse en el coche, parecen ser los mirones. Sujetos que salen a correr, que pasean solos o acompañados, o que simplemente se asoman groseramente a la ventana. L. asegura que no tiene problemas con todos ellos:

“No todos los mirones son iguales y no todos molestan. Si alguien mira porque le gusta y no interfiere, me da igual, es algo que pasa, que entra en el juego. Pero hay otros tíos que espían como juzgando con asco, que vienen en plan criticón cuando en realidad se ve que les da morbo y están reprimidos. Normalmente no dicen nada pero no sé, te das cuenta de cómo son y yo en concreto prefiero que se vayan”.

“Heterosexuales”

Conforme cae la noche sobre los parques, se comienzan a llenar de poco. R. asegura que él prefiere no ir a lugares cerrados. Hay algo en los parques que le provoca un morbo bastante especial, y aumenta considerablemente su líbido. En ocasiones, asegura, ve grupos grandes, y se une si puede. Todo se trata de las señales corporales. El lenguaje del movimiento es lo más importante en la práctica del cruising. T. cuenta que por la concentración nocturna, la gente suele ir con menos pudor a buscar sexo; sin embargo, también en la mañana suceden algunas cosas bastante interesantes (y mucho más ocultas que las nocturnas):

“Yo a esa hora apenas he ido, pero hasta por la mañana suele haber también gente, y es típico ver algún tío con pinta de trabajar en una oficina, de ser el típico padre de familia. Se nota mucho que de cruising van bastantes heteros con curiosidad o que llevan una doble vida”.

Las cercanías del Guadalquivir es uno de los lugares más populares en España para el cruising (Foto: Wikimedia Commons)

La higiene es primero

Hace muy poco, un estudio indicó que un 50% de los hombres homosexuales afroamericanos de los Estados Unidos, son portadores del VIH. Es una cifra altísima, preocupante, y bastante lejana a la realidad de estos cruisers españoles, pero ellos saben que algo como el VIH no discrimina lugares geográficos, por controlada que esté la expansión del virus, todo comienza con la prevención, así que, si hay algo en los que los tres convienen de manera unánime, es la seguridad. Para ellos, al menos, sin condones no hay sexo. Es completamente necesario tomárselo en serio. Una especie de máxima para los hombres más responsables que van a practicar el cruising. No pueden hacerlo en paz si se están involucrando con un desconocido. No saben nada de su higiene, sus métodos, sus prácticas, ni su historial sexual. Pero todo se desprende con facilidad: si están en un lugar público, donde los extraños se reúnen solo para tener contacto sexual, no hay posibilidades de ceder.

AP

Pero las enfermedades venéreas no son lo único que hace peligroso el cruising, es importante considerar otros factores que suelen estar por fuera de nuestra visión panorámica en estas cosas. Nunca se sabe cuando un pequeño impase puede arruinarlo todo. L. tiene una historia bastante particular para ejemplificar esto. Se muestra un poco reacio, más bien nervioso, a contarla en un principio. Pero no se demora mucho en dar el testimonio entre risas:

“Estaba liado en una especie de trenecito un poco desastre con dos detrás. Yo era el primero de la fila, y de repente sentí que me venía un apretón muy grande. Cuando me di cuenta, los había manchado a los dos, me había manchado los pantalones, me tuve que volver al coche hecho un asco, que encima estaba lejos, sin muda para cambiarme, sin apenas nada para limpiarme”.

Al día siguiente, antes de partir al parque, pasó a una tienda. Desde entonces, siempre lleva toallitas en la guantera.

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