Por Maximiliano Díaz
27 julio, 2018

«Tengo miedo de que él pueda hacerle esto a alguien más», dijo María Camila, quien sólo se reunió a trabajar con un compañero de clase.

«Mi relación duró un año y siete meses. Al principio todo se veía bien«. Así comienza su relato María Camila, una muchacha de 16 años que recibió una brutal golpiza de parte de su novio dos meses y medio antes de que el relato saliera a la luz. La joven continúa su relato contando que su novio parecía ser un sujeto atento, amoroso y cariñoso. Ella, cuenta, se sentía feliz: «Pensé que era alguien maravilloso; estaba enamorada, loca por él».

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Pero, al igual que todos los abusadores, su ex novio, Cristian Leonardo Quintero Pacheco, de 18 años, solo supo esperar el momento adecuado para descargar toda la ira y la misoginia contra su pareja. La joven continúa con su relato: «Sín embargo, no pude estar más equivocada. Poco a poco él cambió. No era más esa persona fabulosa que conocía. Por el contrario, era de lo peor. Durante este tiempo con él, me perdí a mí misma». María Camila cuenta cómo perdió su seguridad y su alegría. Cosa que, se ha demostrado, los abusadores buscan hacer cuando están en una relación: es una característica común entre ellos el hacer que su pareja/víctima se sienta desvalida, poco querida e inútil. Así, solo podrán encontrar un refugio en el consuelo de esos sujetos. María Camila asegura que ella no podía tener amigos, no podía salir a menos que él estuviese presente, controlaba sus contactos y sus conversaciones. Lo más complejo, es cómo ella intentaba darle en el gusto. «Traté de acomodarme a lo que él pedía; ¿qué podía estar mal? Tenía 15 años y sólo ojos para él. No podía perderlo». 

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Luego, vino el evento que desencadenó una situación seria y traumática en la vida de la joven. En una denuncia ante la Fiscalía, su madre recapitulaba los hechos: fue el pasado 30 de abril. El sol ya había caído. Eran las 8:20 de la noche, y Cristian Quintero llamó a la joven para que saliera de su casa. Según él, ambos tenían que hablar. Era necesario resolver una situación que habían «dejado pendiente».

Antes relatar el hecho, María Camila coloca una piedra sobre la que se construye su experiencia: «Mi vida cambió por completo», asegura. Luego, comenta que durante el día ella y Cristian habían peleado. Él, enervado, la bloqueó de todas las redes sociales. Según la joven, su ex novio solía hacer eso como respuesta ante cada pelea. Pero, poco después, la llamó: «me pregunta qué hice que sé que no le gusta y unos segundos después entiendo que es por pasar un trabajo a un compañero de clase. ¿Cómo iba a saber yo que eso le molestaría? ¿En serio eso estaba tan mal?» declara la joven, dejando en evidencia la enfermiza conducta de alguien que no permite que su pareja tenga contacto con el mundo exterior a él. Entonces, insistió en ir a su casa.

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«Pocos minutos después llegó su mensaje, estaba afuera». María Camila salió, algo atemorizada pero con una presión más o menos acostumbrada por tener que soportar ese carácter horrible. «Me senté en su carro y lo primero que hizo fue preguntarme por qué le mandé ese trabajo a ese compañero». 

Es necesario, en este momento, dejar en claro que una persona que abusa de su pareja no merece esa clase de contemplaciones: es algo fuera de lugar el exigir justificaciones solo por el hecho de que a una parte de la pareja le parezca «molesto» o «inmoral», sobre todo si esas preguntas están ensombrecidas por el abuso. Sin embargo, en su denuncia ante la Fiscalía, la madre de la joven dice que ella le respondió a Cristian que su hija le habría pasado el trabajo «porque le dio lástima». 

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Volvemos al auto. María Camila comenta que, en ese instante, Cristian se puso físicamente violento. «Casi sin poder contestar, instantáneamente comenzó a pegarme. 6 minutos. 6 minutos de golpes, 6 minutos de él ahorcándome hasta casi dejarme sin aire. 6 minutos que culminaron en ‘hija de puta, me cansé’. 6 minutos que culminaron en mi cara morada, mi tímpano roto y mi tabique desviado. 6 minutos que acabaron conmigo, física y emocionalmente».

Días después, sería el turno de que su madre le relatara a la Fiscalía lo que ella alcanzó a ver: una amenaza de muerte. Declaró que «El joven Cristian comienza propinándole golpes en la cara con su puño, diciéndole: ‘¡Yo te lo advertí que si me engañabas te iba a matar!». Luego, el texto en el que la madre denuncia los hechos continúa con las cosas que su hija le dijo después del ataque. Ratifica el relato de María Camila: muchos golpes en la cara, el ahorcamiento. En todo momento, la joven intentó defenderse, pero la diferencia de fuerzas era demasiado grande. Con las manos sobre la cabeza de la estudiante, Cristian la hizo mirarse al espejo y le gritó: ‘Mírate al espejo, esto te lo mereces, mírate’. Entonces, echó a andar su auto. Quería llevársela. El texto asegura que él «la agarra por el pelo. […] Arranca el carro para salir, en ese momento la niña abre la puerta del carro y sale corriendo». 

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Por fin un poco de seguridad. María Camila logró llegar viva a su casa. La joven cierra su declaración diciendo que «Han pasado casi 3 meses desde esto. Aún tengo miedo de verlo, creo que nunca pararé de tenerlo. Tengo miedo de que él pueda hacerle esto a alguien más. Y más que todo por esto es que debo contar mi historia. Sé que soy un número más entre los miles de casos que pasan mundialmente, sé que hay gente que le toca peor. Pero eso lo hace menos doloroso, menos humillante y menos triste. Hoy puedo decir que sé que saldré de esto, poco a poco y con paciencia».

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Tristemente, hay gente que sigue negando el abuso histórico del hombre a la mujer. Hay datos, sí, sobre las cifras: los hombres son más asesinados que las mujeres. Eso es innegable. Sin embargo, el no querer acoger la lucha contra el feminicidio es cerrar los ojos voluntariamente. Esto no responde a una cifra demográfica ni estadística. Estamos hablando de la manifestación de la violencia en la pareja. Algo que se viene viendo desde hace generaciones.

No nos mintamos, en muchas partes del mundo, las mujeres siguen siendo especies de ciudadanos de segunda clase: con menos derechos, menos control sobre sus propios cuerpos y la libertad de decidir. No podemos entrar en la negación y actuar como si no hubiese una conducta cultural arraigada que hace que algunos hombres se sientan con el derecho de golpear a sus parejas y coartar sus libertades

Sabemos que existe, no lo callemos.

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Si has sufrido de violencia de género y necesitas ayuda y orientación, puedes llamar a estos números:

Chile: 800104008

México: 01800, 4225256

Argentina: 144

España: 016

Actualmente, hay profesionales preocupados de rehabilitar psicológica y físicamente a las víctimas de la violencia en pareja. Es deber de todos hacer que casos como el de María Camila no vuelvan a suceder. No queremos más Cristianes golpeando mujeres.

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