Por Javiera González Ruiz
28 noviembre, 2018

Brryan Jackson cuenta cómo pudo superar uno de los crímenes más atroces y volver a tener esperanza. Incluso está dispuesto a perdonar.

Ningún niño se imagina que su propio padre pueda intentar asesinarlo. Sin embargo, puede ocurrir. Lo importante es poder superarlo y dejar atrás esos tormentosos recuerdos para siempre, por mucho que cueste. Tal como está intentando hacerlo Brryan Jackson, un joven al que su padre le inyectó VIH cuando era solo un bebé. La BBC recogió su historia.

Todo comenzó cuando sus padres se conocieron en dependencias militares en Misuri, donde ambos estudiaron medicina. Al poco tiempo, su madre quedó embarazada y su padre, Brryan Stewart, estaba muy entusiasmado con su llegada.

Sin embargo, todo cambió cuando participó de la operación ‘Tormenta del desierto” (la ofensiva aliada en la Guerra del Golfo), pues cuando regresó de Arabia Saudita, dudaba de la paternidad de su hijo. Fueron tantos los problemas y discusiones verbales y físicas, que su pareja decidió dejarlo y llevarse al niño, ante las constantes amenazas de él asegurando que “el bebé no viviría más allá de los 5 años”.

Familia Jackson

Y como no quería pagar su manutención, hizo todo lo posible por hacerlo desaparecer.

Stewart comenzó a trabajar en esa época tomando muestras para un laboratorio, y comenzó a guardar secretamente algunas muestras de sangre infectadas, pero nadie lo sabía.

Por eso cuando su ex pareja lo llamó contándole que su hijo estaba con una crisis de asma en el hospital cuando tenía 11 meses, pese a que no lo había visto hace bastante tiempo, decidió ir a verlo. “Mandó a mi mamá a la cafetería por un café, así podía estar a solas conmigo”, contó Jackson a BBC.

Y cuando se aseguró de que no había nadie cerca, le inyectó una aguja con sangre infectada de VIH, esperando que muriera pronto.

Al regresar, su madre lo encontró gritando en los brazos de su padre. “Mis signos vitales estaban todos alterados porque no sólo me inyectó sangre contaminada con VIH, sino también incompatible con mi grupo sanguíneo” dijo Jackson.

Familia Jackson

Los doctores sin entender qué había ocurrido, lograron restablecer su pulso y la temperatura. Sin embargo, los días siguientes en casa, comenzó a enfermar gravemente… sin que nadie pudiera determinar qué le estaba ocurriendo al pequeño.

Su madre lo llevó por cuatro años a distintos médicos, pero nadie lograba dar con el diagnóstico. “Me acuerdo de despertar en medio de la noche gritando: ‘Mamá, por favor, no dejes que me muera'”, cuenta.

Pero una noche uno de los pediatras que había mandado a hacer todo tipo de exámenes, encontró la causa: tenía sida avanzado con tres infecciones oportunistas… de acuerdo a los especialistas, el niño no sobreviviría.

“Querían que tuviera la vida más normal que pudiera”, dice. “Así que me dieron cinco meses de vida y me mandaron a casa” contó el chico, que de todas formas comenzó a tomar remedios para intentar frenar el virus.

Para sorpresa de todos, la salud de Jackson comenzó a mejorar notablemente y pudo ir a la escuela. Sin embargo tuvo que lidiar con no ser invitado a los cumpleaños de sus amigos porque sus padres no querían que fuera, y cuando creció, tuvo que lidiar con los prejuicios de sus propios compañeros, que insistían en llamarlo gay y sidoso.

Bailey E Kinney

Nadie se explicaba cómo tenía VIH, hasta que de pronto todo comenzó a apuntar a su padre. “No sólo trató de matarme, sino que cambió mi vida para siempre. Él es el responsable de los abusos, de las burlas, de todos los años de hospital. Él es la razón por la que debo estar constantemente preocupado de mi salud”.

Aunque Jackson lo habría perdonado por la atrocidad que hizo, quiere que se haga justicia. En tanto, su padre que está en prisión por su responsabilidad, asegura que cometió un error y que estaba con estrés post traumático luego de ir a Arabia Saudita.

Por ahora Jackson sigue superando todas las expectativas médicas. Han pasado 2 décadas desde que fue diagnosticado y gracias a los medicamentos que ha debido tomar durante toda su vida -de los que pasó de tomar 23 diarios a solo uno- el virus está indetectable en su sangre, es decir que prácticamente no hay ninguna posibilidad de que se lo transmita a más personas.

Y a pesar de haber tenido un mal padre, espera convertirse en uno algún día y muy responsable. “Me gustaría criar a mis hijos con esperanza. Darles una visión de que el mundo es un lugar lleno de paz y que siempre estaré allí para protegerlos“, asegura.

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