Por Antonio Rosselot
27 noviembre, 2017

El viernes 13 de octubre de 1972 un avión, que transportaba a un equipo de rugbistas uruguayos y sus familias, cayó en medio de la Cordillera de los Andes, dejándolos atrapados durante 72 días y soportando condiciones extremas. Sólo un tercio de ellos sobrevivió.

12 de octubre de 1972, Aeropuerto de Carrasco, en Montevideo. Era un vuelo rutinario, sin mayor importancia. El trayecto entre la capital de Uruguay, y Santiago de Chile es más bien corto, así que los integrantes del equipo de rugby Old Christians nunca pensaron que se iban a demorar más de lo planeado en llegar. Subieron al avión que consiguieron con la Fuerza Aérea Uruguaya y se sentaron en sus butacas, listos para despegar y atravesar el continente.

Historia y Biografías

En este caso, el vuelo era de este a oeste. Por lo tanto, el avión debía cruzar la siempre complicada Cordillera de los Andes, una de las pesadillas de los pilotos de aviones por su constante turbulencia y traicioneras corrientes de viento. Cuando llegó el momento del cruce, el teniente coronel Dante Lagurara, quien piloteaba el avión, avisó por altoparlantes a los pasajeros que se avecinaba el cruce. Pero el error que cometería después traería graves consecuencias.

Cuando los pasajeros se dieron cuenta que estaban volando muy cerca de las montañas, todo se fue a negro. Debido a un errático cálculo del piloto, el avión chocó contra la ladera de uno de los picos de la Cordillera, y el impacto fue realmente brutal: trece personas murieron instantáneamente o poco después del accidente, otros cuatro fallecieron el día después. Se había desatado una tragedia que demoraría más de dos meses en ser solucionada. Alrededor de los rugbistas, la inmensidad blanca y gélida de los Andes.

El Litoral

Roberto Canessa, médico de profesión, fue uno de los que sobrevivió al accidente tras caminar por diez días en busca de ayuda. Canessa decidió plasmar su experiencia en el libro Tenía que sobrevivir: cómo el accidente en los Andes inspiró mi vocación para salvar vidas, el cual tiene frases y comentarios que bien resumen el terror que vivieron los rugbistas durante esos 72 días en que, simplemente, los daban por muertos. Sobre el momento del accidente, Canessa relata en una entrevista con National Geographic:

El impacto me lanzó hacia adelante con una fuerza tremenda, y recibí un duro golpe en la cabeza. Pensé: “estás muerto”. Me agarré del asiento y recé un Ave María. Alguien gritó: “¡Por favor Dios, ayúdame, ayúdame!”. Fue la peor pesadilla que te puedas imaginar. Otro chico gritó: “¡Estoy ciego!”. Cuando movió su cabeza pude ver su cerebro, y una pieza de metal atravesó su estómago.

Luego del impacto inicial, sólo quedaba sobrevivir a como de lugar. Y ante la necesidad, los rugbistas tuvieron que improvisar, y dieron con ingeniosos métodos para bajar la dosis de sufrimiento. Roberto cuenta:

RTVE

Todos teníamos nuestro rol, y como yo estudiaba Medicina en ese entonces, estaba a cargo de las personas lesionadas. Tuve que drenar infecciones de las piernas de los chicos y estabilizar fracturas. También estaba a cargo de trasladar los cadáveres, lo que algunos no podían soportar. Derretíamos la nieve para tener agua; llenábamos nuestros calcetines de rugby con carne para las largas caminatas y usábamos los aislantes de la cocina del avión para hacernos bolsas de dormir. En la noche, usábamos los balones de rugby para orinar, porque si ibas afuera, tu pis se congelaba. Uno se vuelve muy inteligente cuando está a punto de morir.

Pero sin dudas, el punto más álgido de ese período fue la alimentación. Y como estaban necesitados de proteínas y energía, a los sobrevivientes no les quedó más que comerse la carne de sus propios compañeros muertos. En palabras de Canessa:

Teníamos que comernos los cuerpos, y ya está. La carne tenía proteínas y grasas, las que necesitábamos. Como la carne de vaca (…) La decisión de aceptarlo intelectualmente es el primer paso. El siguiente es llegar y hacerlo, y eso fue muy duro. Tu boca no quiere abrirse, porque te sientes miserable y triste por lo que vas a hacer a continuación. Mi problema principal era que estaba invadiendo la privacidad de mis amigos, violando su privacidad y sus cuerpos. Pero después pensé que si me muriera en las mismas circunstancias, estaría orgulloso de que mi cuerpo se usase para salvar la vida de otros.

Las2orillas

El 12 de diciembre de 1972, Canessa y dos compañeros más (Nando Parrado y Antonio ‘Tintín’ Vizintín) decidieron dejar el campamento y emprendieron un camino de diez días para encontrar ayuda. Sabían que lo iban a lograr. Luego de que “Tintín” se devolviera después de unos días, Parrado y Canessa ya habían jugado todas sus cartas: las reservas de comida estaban justas, y el estado físico de ambos ya estaba empezando a hacer mella.

La Tercera

Hasta que el milagro llegó. Los rugbistas despertaron un día, a orillas del río donde se habían instalado a dormir, y se encontraron con un arriero chileno, llamado Sergio Catalán, quien dio aviso a la policía. El rescate, que había sido dejado de lado hace unos días, se retomó con todo, y ese mismo día salvaron a las 14 personas que quedaban arriba. La reflexión final de Canessa lo dice todo:

Prensa Libre

En la vida hay momentos para esperar y ver qué pasa, pero también hay otro momento para activarse. Camina y busca tu propio helicóptero, si no, sucumbirás (…) Trata de hacer algo positivo todos los días, para que cuando apoyes tu cabeza en la almohada en la noche puedas preguntarte si eres o no una buena persona. Y al día siguiente, trata de hacerlo mejor. Cada día, cuando me miro al espejo, le agradezco a Dios de que el mismo viejo tonto está mirándome aún.

Roberto Canessa a National Geographic

Puede interesarte