Por Maximiliano Díaz
28 mayo, 2018

Aplicaciones que parecen “inofensivas” pueden ser usadas por otras personas para rastrearnos, recopilar nuestros mensajes, lo que borramos, e incluso grabar audio y vídeo de manera secreta.

La vigilancia es el delito del día. Vivimos en la era de mayor desarrollo en la tecnología de las telecomunicaciones. Y, aunque eso pueda significar enormes beneficios: hablar con tus amigos a cualquier hora, poder pedir un Uber cuando estás lejos de casa, consultar los horarios del transporte público, revisar Facebook para matar tiempo en el metro, y poder redactar correos electrónicos importantes mientras caminas; también es importante considerarlo como un posible peligro para que nuestras vidas se desarrollen de manera sana y normal.

Más de alguna vez hemos visto ficciones en la televisión en las que los personajes rastrean a sus parejas o a sus hijos. Las razones son siempre variadas. Algunos creen que sus hijos consumen drogas o tienen malas juntas; otros, creen que sus esposos o esposas son infieles. Cosas típicas. Motores narrativos para que eso nos abra, luego, una historia mucho más interesante. Nosotros, telespectadores, desde el otro lado de la pantalla, pensamos estar seguros. Alejados de esa clase de delirios de gente histérica.

Para asegurarnos de esto, los más precavidos se aseguran de hacer algunas cosas básicas: apagar el GPS, no dar permiso a algunas aplicaciones que podrían sonar invasivas y, por supuesto, no dar contraseñas. Parecen instrucciones sencillas de seguir, y fáciles de mantener a lo largo del tiempo. Sobreviviremos al rastreo. Pero, ¿qué pasa cuando somos monitoreados sin saberlo?

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Las aplicaciones

KidGuard se promociona a sí misma como una aplicación que sirve para monitorear a los niños. La herramienta para el teléfono móvil asegura nutrirse de tecnología de punta, y proporcionar servicios que proveen de información y herramientas a los padres para que sus hijos estén seguros mientras navegan por sitios web. Pero este no es el único uso que se le ha dado a la aplicación. Muchas personas en internet aseguran que puede usarse con otros propósitos: blogs dedicados a la vulneración de datos privados, aseguran que puede usarse, incluso, para “leer los mensajes borrados del teléfono de tu amante”.

En cuando a mSpy, es algo parecido, asegura ser una herramienta ideal. Un líder global en software de seguimiento. Idealmente, está dedicado para la seguridad y la vigilancia. Según su propia página web, está pensada para monitorear tareas de empleados o hijos en dispositivos conectados a internet. Pero, al igual que KidGuard, tiene su lado oscuro. En los foros de ayuda, mSpy también ofrece consejos a una mujer para monitorear en secreto a su marido. Lo mismo con Spyzie.

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Así, con la tecnología ha empezado a ocurrir lo mismo que en otro largo orden de cosas: retorcemos el funcionamiento de las cosas para darles un nuevo uso. Más astuto, y más acorde a nuestras necesidades personales.

No es difícil darse cuenta que, en espacios virtuales como PlayStore, o AppStore, hay más de 200 aplicaciones y servicios que ofrecen opciones a los acosadores. En estos lugares, ellos solo deben dirigir con el dedo cuál es la que les parece mejor. Y la oferta es bastante amplia: desde el rastreo básico de la ubicación, hasta videograbaciones en secreto. Pasando, por supuesto, por recopilación de mensajes de texto, y recuperación de material borrado del teléfono vulnerado. A pesar de que, según un estudio realizado por el New York Times, la mayoría de los servicios espía necesita acceso a los teléfonos de las víctimas, o que les dé información de algunas claves, en las relaciones de pareja no es difícil conseguir esta información. Y no hablamos de interrogatorios, sino de pura charla doméstica en la que, torpemente, a veces damos más información de la que debiésemos. Eso, y el otro pequeño detalle de que no solemos pensar en nuestras parejas como potenciales psicópatas.

Un vacío legal

A pesar de que en lugares como los Estados Unidos, el monitorear a tu pareja mediante herramientas digitales podría considerarse acoso, o ataque informático, las leyes establecidas y su manera de cumplirlas, han encontrado problemas para seguirles el paso a estos cambios tecnológicos. Desgraciadamente para los agentes del orden, las legislaciones no corren al mismo ritmo que la tecnología. Y muchas veces se quedan de manos atadas ante casos como estos, sobre todo si consideramos que el monitoreo es una de las principales señales sobre las que hay que poner el ojo y actuar rápido. En casi todos los casos de violencia doméstica, este factor está presente. Según Erica Olsen, directora del Safety Net Project, una red para acabar con la violencia doméstica, el problema está en la noción que nosotros tenemos de actitudes como estas:

“Malinterpretamos o minimizamos este abuso. La gente cree que si no hay un acercamiento físico inmediato a la víctima, podría no correr tanto peligro”.

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Sin embargo, y como en todo orden de cosas, por supuesto que también hay casos particulares que han hecho a los medios y a los jueces poner el ojo sobre las aplicaciones de rastreo.

En 2013, un sujeto llamado Luis Toledo instaló una aplicación llamada SMS Tracker en el teléfono de Yessenia Suárez, su esposa. Toledo sospechaba que ella tenía un amorío. En enero del 2014, se halló a Toledo culpable del asesinato de Suárez y de sus dos hijos.

Yessenia y sus dos hijos (Foto: Volusia County Sheriff)

Además de ser difíciles de enfrentar en los juzgados, las acusaciones por acoso electrónico también suelen ser difíciles de comprobar (estos softwares suelen ocultar de manera muy efectiva su presencia en los dispositivos móviles). Generalmente, las víctimas no saben que están siendo observadas. Y, en los casos en los que logran descubrirlo, la conmoción suele ser tanta que se quedan pasmadas y no saben cómo actuar. Entonces, viene la no denuncia. Según el portal de noticias tecnológicas Motherboard, esta escala está alcanzando niveles insospechados. Habría cerca de 100.000 usuarios de estas aplicaciones. Por otro lado, mSpy reveló a The New York Times que en el primer trimestre de este mismo año vendieron más de 27.000 suscripciones solo en los Estados Unidos.

Volviendo a la legalidad: a pesar de que en los Estados Unidos no haya leyes federales contra monitoreos, es importante destacar que la venta internacional de herramientas con estos fines, sí constituye un delito federal. Sin embargo (y aquí es donde viene una triste ironía), no es ilegal vender o utilizar una aplicación para monitorear a tus hijos o a tu propio teléfono. Entonces, los usuarios nos quedamos en una zona gris. Es increíblemente difícil para la ley determinar si la persona vigilada ha dado su consentimiento o no para que ese software esté en su teléfono móvil, ya que los abusadores suelen obligar a las víctimas a utilizar las aplicaciones. Entonces, el monitoreo telefónico sería solo la punta de un enorme iceberg que constituye una larga cadena de abusos. ¿Dónde se frena esto? Desgraciadamente, nos mordemos la cola, y llegamos a la misma duda de qué es lo que motiva, y cómo se detiene este fenómeno.

La ambigüedad técnica ha terminado generando un entorno en el que las herramientas no tienen un uso determinado dentro de los marcos legales o ilegales. Según Periwinkle Dowerfler, una estudiante de doctorado de la Universidad de Nueva York, y autora sobre un estudio acerca de las aplicaciones:

“En definitiva, hay fabricantes de aplicaciones que son cómplices, pues buscan a estos clientes y promocionan ese uso. Pasan relativamente desapercibidos en ese tema, pero lo siguen haciendo”.

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Los investigadores de tres universidades (la de Nueva York, Cornell y el Tecnológico Cornell) decidieron contactarse con el servicio al cliente de nueve de estas empresas. Las investigadoras a cargo de ponerse en contacto con los servicios, señalaron que se hicieron pasar por mujeres que “necesitaban” rastrear a sus maridos. El requisito era solo uno: ser totalmente discretas. Solo una empresa, TeenSafe, se negó a ayudarlas.

Pero parece ser que tampoco es suficiente con que desde la misma empresa se nieguen a prestar esta clase de servicios. Youtube está lleno de tutoriales que ofrecen atrapar a tu “amante infiel”. Y, generalmente, los vídeos te enlazan hacia los sitios de los fabricantes de las aplicaciones.

La influencia sobre el mercado

Pero la situación de los clientes no es la única que se ve afectada con estos usos. La proliferación de este tipo de usos para las aplicaciones antes citadas, también ha influido muy seriamente sobre lo que el mercado comienza a esperar de ellas. Según FlexiSPY, una empresa de aplicaciones, un 52% de los clientes potenciales estaban interesados en adquirir el software porque querían saber si sus parejas les eran o no infieles.

La existencia y el uso de estas aplicaciones también ha puesto la controversia y la duda sobre la influencia que tienen negocios como Google y Apple en su uso. Según ellos, tienen estrategias propias (y diferentes) para manejar y regular este tipo de aplicaciones: en el caso de Apple, no permite que los usuarios de iPhone descarguen aplicaciones fuera de la AppStore, y regula lo que estas puedan hacer en su tienda; y, aunque Google Play penaliza los usos invasivos de cámara y recopilación de datos sin consultar al usuario del teléfono, se demostró que su software es más vulnerable que el de Apple.

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Queda demostrado que vivimos en una zona gris en cuanto a la tecnología y los avances judiciales que se pueden crear para mediarla. Parece ser que los avances de la telefonía corren mucho más rápido de lo que pueden nuestras cabezas, y que todo lo que podemos hacer por nosotros, es resguardarnos.

Eso, o volver a nuestro viejo Nokia.

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