Por Maximiliano Díaz
21 abril, 2018

“[El sacerdote] Karadima me tocaba, me besaba. Aún no me he podido perdonar por no haber sido capaz de impedirlo”, dijo Juan Carlos Cruz, quien fue invitado por el Papa al Vaticano para hablar del tema.

Hagamos memoria. Los años ’80 fueron un período vertiginoso para Chile. Una dictadura militar había sembrado un aire hostil, y las personas vivían atemorizadas. Para muchos, sobre todo el sector más acomodado de la clase media, o las personas con una tradición familiar asociada a la riqueza, la Iglesia seguía siendo un bastión incuestionable de la sociedad. Ser parte de una organización eclesiástica dotaba a las personas de cierta altura moral. El prestigio de la familia era capaz de medirse según la relación que sus miembros tuviesen con Dios. En la época en la que no bastaba con tener dinero, el amor celestial ayudaba aún más a ser visto con buenos ojos por pares, superiores, y militares gobernantes.

Bajo ese clima fue que se conocieron Juan Carlos Cruz y Fernando Karadima. El primero, hijo de una familia acomodada y con valores tradicionales de Santiago, un muchacho cuyo padre acababa de morir; el segundo, un sacerdote nacido en Talcahuano, un pueblo al sur del país, quien había cumplido recientemente 50 años y, según se cuenta, iba siempre acompañado de Juan Barros, otro sacerdote de su confianza instruido en el catolicismo al alero de Karadima. 

Según el testimonio de Cruz, Karadima abusó de él durante 8 años. Lo besó, lo tocó y le dio el manipulador discurso de la guía espiritual. Todo esto con Barros como silencioso testigo. Cruz tenía 15 años y no sabía cómo defenderse. Karadima no era un simple sacerdote. Era un hombre poderoso. Ligado a la tradición de la esfera social y política más alta de la sociedad chilena, amigo de una larga lista de oficiales del ejército que trabajaban con Augusto Pinochet, ferviente partidario del régimen y, peor aún, un hombre que sabía como acercarse a familias enteras mediante el discurso del perdón y la salvación. Lo único que le quedó hacer a Cruz durante esa época fue callar e intentar salvaguardar su fe con la mayor fuerza posible.

Juan Carlos Cruz. (Foto: Sebastián Utreras)

 2014

Cruz se convirtió en un reconocido periodista. El año 2014, de la mano de la prestigiosa editorial Debate, publica su libro “El fin de la inocencia”, donde detalla sus violentos encuentros con el sacerdote (de 84 años), quien, tras diversas denuncias y una investigación de parte de la congregación eclesiástica, fue suspendido de sus actividades de por vida en 2010. Sin embargo, no hay pena de cárcel. El hombre que abusó sexualmente de menores haciendo uso de su potestad eclesiástica no tenía cuentas que rendirle al Estado. Todo se hacía con la impecable discreción de las iglesias. 

Karadima siendo arrestado. (Foto: AP)

Su texto posicionó a Cruz como una de las víctimas más cercanas y abiertas del sacerdote. Junto a él, el médico James Hamilton, y el doctor en Filosofía José Andrés Murillo también se alzaban como los rostros visibles de la lucha contra la pedofilia en la Iglesia.

2015

Con Karadima sobreseído por el Estado, pero con el ojo sobre los abusos a menores de parte de la casta sacerdotal, parecía ser que, para el 2015, no estaba todo perdido en Chile. Además, internacionalmente también había algo esperanzador: el sumo pontífice era un amable hombre argentino que parecía no estar interesado en la potente jerarquía separatista de la Iglesia Católica. Él, un latinoamericano hincha de San Lorenzo, conocedor de la pobreza y la enorme herida de las dictaduras y la precariedad del sur del continente, parecía llegar para poner orden y soluciones. 

EPV

Pero el desorden no tardó en volver a tomarse las capillas y los noticieros cuando, en una pequeña ciudad llamada Osorno, al sur de Santiago, nombraban al monseñor Juan Barros Madrid como obispo de la ciudad. El mismo hombre al que se le había asociado con Karadima como testigo y encubridor de todos sus delitos de abuso en una serie de informes, textos y declaraciones presenciales, aún continuaba subiendo en la jerarquía de la iglesia. Y, peor aún, la decisión venía del mismo Papa Francisco.

A pesar de estar 950 kilómetros al sur de la capital, los manifestantes llegaron a su nombramiento. Ellos, llevando banderas y vistiendo de negro, entraron en la catedral de Osorno a gritar contra él. Cuando llegó su momento de declarar sobre los hechos, solo se remitió a temas religiosos: 

“Me da pena que en la santa misa hayan ocurrido estas manifestaciones (…) Yo no soy amigo de Karadima, siempre adherí a su condena (…) Me duele el dolor de las víctimas, rezo por ellas, que llevan ese dolor hasta hoy”.

Barros en el día de su nombramiento como Obispo (Foto: Agencia UNO)

De parte de cardenales y obispos se condenó la protesta dentro del templo. Según ellos, esa clase de manifestaciones agresivas no eran la manera adecuada de demostrar descontento. Juan Carlos Cruz, James Hamilton, y José Andrés Murillo, emitieron un pesaroso comunicado sobre la decisión del Papa, donde volvían a cuestionar enormemente al ahora obispo Barros por su cercanía con Karadima. Según su texto:

“Con dolor tenemos que resignarnos ante esta decisión del papa Francisco. Un dolor u un temor que conocemos bien. Como sobrevivientes del abuso de Karadima, y la complicidad del obispo Barros, estamos acostumbrados a las bofetadas que hemos recibido de la jerarquía chilena, pero nunca directamente del Santo Padre”.

Pero los fieles chilenos no se permitieron olvidar el caso ahí. El 6 de mayo del mismo año, un grupo de creyentes se acercó al papa en el Vaticano. Él atendió sus dudas en persona. Sin embargo, sus declaraciones solo generaron más pena y cuestionamiento en la comunidad católica chilena. Con el tono calmado que lo caracteriza, Francisco les pidió a las personas con las que hablaba que llevasen un mensaje a los feligreses chilenos:

“Piensen con la cabeza y no se dejen llegar de las narices por todos los zurdos, que son los que armaron la cosa (…) Yo soy el primero en castigar y juzgar a alguien que tiene acusaciones de ese tipo, pero en este caso ni una prueba, al contrario, de corazón se los digo. Osorno sufre, sí, pero por tonta, porque no abre su corazón a lo que Dios dice y se deja llevar por las macana que dice toda esa gente”.

 

2017

Silenciosos, disconformes e inteligentes, los tres hombres abusados por Karadima habían generado una cruzada. Para principios del año pasado, aseguraban que ya no les bastaba con el perdón y la promesa de la salvación. Ahora querían destituciones, cambios radicales. Ver que la iglesia se reformase desde adentro para que se convirtiera, nuevamente, en un lugar seguro. A Cruz, Hamilton y Murillo ya no los frenaban los sobreseímientos ni delitos prescritos. Crearon una fundación para denunciar abusadores y proteger a los menores abusados.

José Andrés Murillo (Foto: Revista Qué Pasa)

Durante la visita a Chile del Papa en 2017, reunieron a representantes de nueve países para organizar una asociación internacional que visibilizara los abusos, y obligase a la iglesia a tomar las medidas correspondientes. Sin embargo, el jerarca de la Iglesia no accedió a reunirse con los afectados. Cuando llegaron de un medio local a consultarle, nuevamente, por el obispo Barros, el sumo pontífice reafirmaba sus declaraciones del 2015. Esta vez, aseguraba:

“El día que me traigan una sola prueba, voy a hablar. No hay una sola prueba en contra. Todo es calumnia”.

Frente a esto, los tres afectados insistieron en sus declaraciones en contra de Barros. Según las palabras de Cruz:

“A mí no me lo han contado. Barros estuvo durante 37 años al lado de Karadima. Estaba de pie a mi lado cuando me abusaba. Me considero una persona inteligente, con un cargo importante en una multinacional. He podido educarme, he viajado por todo el mundo, y estoy a cargo de 130 países. Y todavía me pregunto, ¿cómo fue posible que yo dejara que este hombre me hiciera lo que me hizo? Cuesta perdonármelo”.

2018

Las polémicas declaraciones papales sobre el caso más emblemático de la iglesia chilena en las últimas décadas llegaron hasta Boston. Ahí, el cardenal Sean O’Malley, encargado de liderar la comisión antipederastia, lo criticó con vehemencia, una actitud nunca antes vista por un sacerdote de rango menor. O’Malley aseguró que era incomprensible esa postura de “si no puedo probar mis afirmaciones, entonces no son creíbles”. Según él, esto abandonaba sin ninguna contemplación a quienes habían sufrido violaciones a su dignidad humana, y relegaban a los sobrevivientes a un exilio desacreditado. Sin embargo, volvió a apelar a la voluntad sincera del Papa, y le recalcó la necesidad de acabar con la pederastia en la Iglesia. 

EFE

Felices porque la noticia hubiese sido bien recibida, pero aún agobiados por las declaraciones del Santo Padre, los tres emblemas de la lucha chilena seguían dispuestos a generar un cambio, y críticos en la manera que la Iglesia tenía de abordar el problema. Después de que se dio a conocer el testimonio de O’Malley, Cruz twitteó: 

“Como si uno hubiese podido sacarse una selfie mientras Karadima me abusaba con Juan Barros parado al lado viéndolo todo”.

Además, en entrevistas posteriores, el periodista aseguró que ellos no ganaban nada con estas acusaciones presuntamente falsas. Además de abrir una enorme herida que creían enterrada varios años atrás, ahora solo le hacían daño a su propia imagen como profesionales:

“¿Por qué tres personas como nosotros, con la vida resuelta, James y José Andrés con hijos, íbamos a inventarnos una historia así, a exponernos así en televisión? La gente entiendo eso y nos creen”.

James Hamilton junto a su esposa. (Foto: Alejandra Matus)

“De los arrepentidos es el reino de los cielos”

Pasaron solo un par de meses para que, hace menos de una semana, el Papa Francisco emitiera una carta a los obispos chilenos. En ella, relataba su “vergüenza” y su “dolor” por las conclusiones apresuradas que él habría sacado sobre la situación del país y el abuso de menores. En su carta, declaró:

“En lo que me toca, reconozco y así quiero que lo transmitan fielmente, que he incurrido en graves equivocaciones de valoración y percepción de la situación, especialmente por falta de información veraz y equilibrada. Ya desde ahora pido perdón a todos aquellos a los que ofendí y espero poder hacerlo personalmente, en las próximas semanas, en las reuniones que tendré con representantes de las personas entrevistadas”.

Volvía a persistir una posibilidad en esas declaraciones. Barros sigue negándolo todo, pero con el mando más alto de la Iglesia Católica del lado de las víctimas, se ve como una realidad cada vez más posible el legar a un cambio dentro de la institución. A pesar de que Francisco no se refería a ningún caso concreto, dio total veracidad a los informes, y se arrepentió de haberlo puesto en duda. 

En su misiva, además, señaló que la verdad se le había ocultado cuando él intentó hacer su propia valoración de los hechos. A pesar de que esta no tenga ningún valor jurídico (ni haya efectuado destituciones), se sigue hablando de la posible renuncia del obispo Barros. 

Agencia UNO

Pero haber cambiado totalmente su posición con respecto a las investigaciones sobre abusos (que suman 64 restimonios y 2.300 folios) no es todo lo que hizo el Papa. Ahora, hace apenas tres días, invitó a Cruz, Hamilton y Murillo a Santa Marta. El 28 de abril los tres pasarán un fin de semana con él, y hablarán sobre los detalles de los casos particulares de cada uno, y qué es lo que ellos esperan que la Iglesia pueda mejorar para detener estos casos y que pueda actuarse sobre los mismos a tiempo. Ahora, Cruz confía en que el líder de la Iglesia tome las medidas y renueve al catolicismo. 

En una entrevista con el medio español El País, Cruz aseguró que está feliz de poder ir a hablar personalmente con él al Vaticano. Además, destacó que el Papa les permitió a ellos poner las condiciones, y asegura confiar plenamente en la sinceridad de sus intenciones. También afirma estar profundamente contento de que el informe le haya mostrado al Papa la verdad de los hechos. Para Cruz, la victoria no es algo suya ni de sus compañeros con los que luchó, sino una unión del testimonio y la valentía de una larga lista de víctimas a lo largo del mundo que no tienen la oportunidad de ser oídos. 

Sin embargo, por otro lado, también hay mucho nerviosismo en las palabras del periodista. Le llama mucho la atención que el hombre más poderoso de la Iglesia no sepa lo que está pasando al interior de ella. Culpa a los obispos maliciosos y a otros funcionarios corruptos de desinformarlo, pero destaca el hecho de que el pontífice los haya invitado antes a ellos, a las víctimas, que a los obispos. Cruz cree que se vendrá “un gran terremoto en la iglesia chilena y varios obispos van a salir”. También aseguró que va a contárselo todo. Ahora mismo, está pensando en las palabras que saldrán de su boca frente al hombre que personifica la fe:

“Le voy a contar el horror que viví con los abusos y después como lo ocultó la Iglesia chilena. A mí no me lo han contado, yo lo viví, Barros estaba a mi lado cuando Karadima me tocaba, me besaba. Aún no me he podido perdonar a mí mismo por no haber sido capaz de impedir que me abusara. Yo tenía 15 años y había perdido a mi padre. Pero sigo siendo creyente.”

EFE

Finalmente, Cruz dijo estar impresionado por lo acostumbrado que solía estar a que la Iglesia solo les cerrara las puertas y dudase de sus testimonios. Él sabe que algo bueno puede salir de esto. En la invitación del Papa reside una oportunidad para reparar la fe que los hombres mancillaron. 

Actualmente, solo un 37% del pueblo chileno es devoto de la fe católica. Los números cayeron estrepitosamente después de que el caso Karadima se hiciera público. En ese entonces, su respaldo era un 68%. Hoy se identifica a este país como el menos católico de todo Latinoamérica.

Puede interesarte