Por Maximiliano Díaz
13 abril, 2018

“Antes de encontrarme con un hombre casado, le preguntaba: ‘¿Por qué estás haciendo esto?'”, asegura la autora.

El adulterio es el delito del día. A pesar de que sigue siendo una actitud penada moralmente, muchas personas se han estado cuestionando durante generaciones la institución del matrimonio: ese vínculo sagrado que une a dos personas (hasta hace poco, solo parejas heterosexuales en todo el mundo) y que durante siglos también fue irrompible. Dios y el Estado eran testigos. Una unión no podía disolverse frente a estos dos gigantes.

Pero situémonos un poco en el largo recorrido del matrimonio en nuestra historia. A pesar de que, para algunos, sea una institución que está más actual y menos cuestionada que nunca, la verdad es que viene desde hace mucho, mucho tiempo atrás: en el siglo III después de Cristo, ya habían matrimonios. Sin embargo, no era una institución para toda la sociedad, ni tampoco un deber fundamental para tener hijos o convivir con otra persona. Era, más bien, una suerte de seguro de designar la herencia a quiénes los involucrados en el matrimonio estimasen necesario.

Hermoso. Una institución que encuentra su sustento y su origen en el amanecer de la civilización occidental. Celebrado por griegos y romanos de la alta alcurnia (quienes tenían bienes para heredar) y, desde ahí, se traspasó a las futuras generaciones y civilizaciones aledañas. La conquista de la institución que valida el amor.

Una fotografía de época

Open Minded

Una familia cualquiera viaja en su auto a un restaurante. Ahí, los espera en un enorme salón la música, el alcohol y la comida. En algún momento, una pareja de ancianos sale. Dicen unas palabras acercando un micrófono a sus bocas. La gente aplaude. Sus hijos (todos adultos) se acercan a ellos y les ofrecen un enorme regalo en nombre de la familia. Hay que celebrar. En otro momento, esos viejos les dieron todo a sus niños. Y hoy cumplen 50 años de casados. La cifra más importante en la relación matrimonio-esperanza de vida. 

Sin embargo, ¿alguna vez nos hemos puesto a pensar las condiciones de vida de la época bajo las que fue pensado el matrimonio?

Ahora, volvamos al ocaso del Imperio Romano. Siglo III. El matrimonio, a pesar de estar reservado solo para algunas personas, ya está institucionalizado y es reconocido. Dos personas pueden amarse y ser felices durante lo que les resta de vida. Contrajeron matrimonio, supongamos, a los 14 años (está demás decir que las costumbres de la época eran otras). Pero para ellos jamás habría bodas de oro. La esperanza de vida promedio era de 28 años en ese entonces. La vejez era un extraño e inesperado lujo que solo algunos tenían la dicha de experimentar.

Para muchos, 14 años es demasiado poco para poder amar a una persona, para otros, es la cifra perfecta. Es difícil decepcionarse de algo tan ripioso e irregular como el amor en tan poco tiempo. Sin embargo, aún es mal visto cuestionárselo hoy en día. Sobre todo si quien lo hace está casado. 

“Lo que aprendí de mis aventuras con hombres casados”

Head of State

Karin Jones es escritora y periodista. Redacta columnas para Savvy Love en la revista británica Erotic Review, y actualmente está trabajando en sus memorias. Hace casi una semana, la escritora publicó en The New York Times una columna en la que intentaba desmenuzar la posmodernidad del amor y el matrimonio: un relato presuntamente confesional, en el que hablaba de todas sus aventuras con hombres casados. Muchos de ellos, con una familia completa detrás de ellos.

Jones estuvo casada durante 23 años. Y no, su matrimonio no terminó por una infidelidad. Pero aún no es necesario llegar a esa parte. La escritora asegura que todo sucedió mientras vivía en Londres, e intentaba procesar lo que había sido su reciente divorcio. Ella no buscaba exclusivamente a hombres casados, pero abrió perfiles en Tinder y OkCupid, y además de potenciales conexiones con hombres solteros, varios sujetos casados le escribieron mensajes. 

El razonamiento de Jones fue sencillo y efectivo. Después del fin de su matrimonio, ella solo buscaba sexo casual. Nada que le proporcionara ataduras. No quería relaciones complicadas, no quería deberle explicaciones a nadie, no quería apegos y ni amoríos. Así que una puerta se abrió al ver un mensaje de un hombre casado: que ellos jamás dejarían a su esposa por una aventura nacida en una aplicación. 

Terminó siendo un acierto. No hubo apegos. Ni una sola sorpresa. Solo se reunió un par de veces con cada uno. Conversaron, tuvieron sexo. Cosas específicas.

Sin embargo, ella nunca escogió al azar. Estudiaba minuciosamente a cada hombre para poder establecer una suerte de perfil de ellos. Sabía que no podía haber, siquiera, una sola sugerencia de que quisieran dejar a sus esposas, ni que propusieran algo que amenazase a la vida que tenían. En muchos casos, Jones se reunió con hombres cuyas esposas tenían alguna discapacidad, o una condición médica intratable, y eso había provocado que se acabase la vida sexual. Ellos, entonces, se quedaban, pero más por una devoción cristiana que por verdadera voluntad de ese “amor que no abandona”, y que está comprometido en la salud y en la enfermedad.

Las preguntas

Paul Rogers/New York Times

La escritora tenía sus propias dudas sobre las relaciones que mantenía con cada hombre. Mucho más que acercarse al prejuicio de “la mujer rompehogares”, a ella solo le entró una tremenda curiosidad; una duda casi inquisitiva, por saber qué era lo que motivaba a los hombres a engañar a sus esposas. Y jamás tuvo miedo de decírselos. En sus propias palabras:

“Antes de encontrarme con un hombre casado, le preguntaba: ‘¿Por qué estás haciendo esto?'”.

La principal respuesta era que esos maridos buscaban tener sexo. No más sexo que el que ya tenían, pues sus vidas maritales estaban desprovistas de toda lívido. Solo querían reencontrarse con ese contacto físico fuera de lo que ellos habían establecido como propio. Y permanente. Según la escritora, todos esos hombres con los que se acostó habrían preferido tener sexo con sus esposas, pero algo había pasado en el orden cerrado de sus cuartos. Un desinterés total que se transmitía desde el cerebro hasta la piel.

¿Qué esperamos del sexo?

Brian Rea/New York Times

Hacia la mitad del texto, y sobre lo declarado un poco más arriba, Jones afirma: 

“Puede ser mucho pedir acostarse con la misma persona durante más años de los que nuestros ancestros alguna vez esperaron vivir.”

A los 49 años, ella misma se sentía peligrosamente cerca de esa etapa. Y la sola idea de perder el deseo sexual era aterradora. También asegura que los hombres no pasan por ese cambio tan drástico. Y no parece nada descabellado que lo asegure así. Además de un avale cultural como “seres más físicos y más sexuales”, también es un hecho que es mucho más fácil inducir la excitación sexual en un hombre que en una mujer. Jones está de acuerdo en eso, y pone el sencillo ejemplo de aquella pastilla azul que ayuda a los hombres a conseguir una erección. Mientras que nada de esta naturaleza ha sido inventado para las mujeres aún.

Y esto, probablemente, se deba a que las mujeres viven su sexualidad de una manera mucho más compleja. La escritora supone que, mientras la edad avanza, el deseo sexual no se pierde, sino que muta: las mujeres, perfectamente, podrían estar buscando un tipo de sexo distinto (lo mismo que llevó a la columnista a buscar estos encuentros ilícitos), y los hombres no se sienten tan dispuestos a complejizar esa dinámica corporal de una manera tan abierta.

Los affairs femeninos

Marion Fayolle/New York Times

A pesar de que el machismo arraigado haya asociado a los hombres con esa ostentación por una sexualidad inconmesurable, y a un deseo que se exacerba al ver a una mujer, según Jones, la cantidad de hombres y mujeres que tienen amoríos ilícitos es casi la misma. Citando a la autora Esther Perel, da a conocer que, incluso un acto que se supone mediado por el deseo y no por la racionalidad, las mujeres lo viven de forma distinta. En sus palabras:

“El sexo fuera del matrimonio es la manera en la que rompen con ser las esposas y madres “responsables” que tienen que ser en casa. El sexo dentro del matrimonio, para ellas, suele parecer una obligación. Un amorío es una aventura. Mientras tanto, los maridos con los que estuve no habrían tenido ningún problema con el sexo por obligación. La aventura, para ellos, no era lo que los motivaba a cometer adulterio.”

La aventura, entonces, no es para los hombres lo que motiva a ser infieles. Es la simple experiencia del sexo. De ese choque entre dos cuerpos encendidos que llevan al orgasmo. Jones le preguntó a cada uno de los hombres con quienes se acostó si ellos estarían dispuestos a comentarle a su mujer sobre sus búsquedas e inquietudes sexuales. Así, intentar establecer una comunicación, y conseguir su consentimiento para tener sexo con otras personas.

Todos le dieron un rotundo no por respuesta. Y, curiosamente, las razones nunca tenían que ver con ellos. No admitían tener miedo de contarle a su compañera en la monogamia cuáles eran sus verdaderos deseos. Para ellos “eso las destruiría”. Y es que, a pesar de que sea bastante sencillo teorizar sobre este tema, hablarle abiertamente a una pareja sobre la posibilidad de estar con alguien más en una sociedad que se reconoce y celebra a sí misma como monógama, es algo que lleva consigo el peso de la culpa, el temor y el desconcierto. Vivimos en un orden cerrado en ciertos sistemas que, en ocasiones, ni siquiera nos permite preguntarnos ciertas cosas.

Persiste una posibilidad

New York Times

Según Jones, si, como esposa, un día llegase su marido a decirle: “Hey, te amo, pero necesito tener sexo con otras personas”, estaría dispuesta a permitirlo sin mayores quejas. Por supuesto, ella (y probablemente todos nosotros) desearíamos que las necesidades de nuestras parejas tuviesen que ver con cosas más terrenales: salir de compras, pasear los domingos, beber con amistades, algunos días de íntima soledad; pero hay que comenzar a reconocer al sexo como algo básico y que, para muchos, podría significar una necesidad de constante exploración. La autora lo describe como “algo fundamental para nuestra salud y bienestar”. Entonces, el razonamiento lógico de la escritora es:

“Si nuestra relación primaria nos nutre y estabiliza, pero le falta intimidad, no deberíamos tener que destruir nuestro matrimonio para obtener esa intimidad en otro lado, ¿o sí?”.

Sin embargo, el llamado final del texto no es, en absoluto, a deshacerse de la monogamia ni a ponerle fin al matrimonio. Eso también es conflictivo en sus propias dimensiones que ella misma no alcanza a explorar.  La verdadera sugerencia es a abrir el diálogo hacia dimensiones que antes creíamos inexplorables. Si ya logramos hacer que el sexo se vuelva un tema que implique menos tapujos en la sociedad, venzámoslo también en la intimidad. Jones solo nos sugiere que le perdamos el miedo a ser sinceros con aquella persona que, supuestamente, es nuestra compañera. La más importante de nuestras vidas. Pues, en algunas ocasiones, hablar sobre la posibilidad de una aventura puede abrir a un matrimonio hacia la necesaria conversación sobre el sexo y la intimidad. 

Recordemos, también, que la supuesta amabilidad de omitir verdades a nuestras parejas es un tierno maquillaje para excusar la mentira. Esconder un amorío o las ganas de tenerlo por supuesta amabilidad y consideración, solo hará que el engaño eche sus raíces de manera más fuerte y violenta en lo que intentamos construir. 

No es necesario perderlo todo si podemos arreglarlo con una conversación. 

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