Por Maximiliano Díaz
11 mayo, 2018

En una bolsa sellada al vacío de 3×5 centímetros, una tortuga intenta moverse. Los transeúntes la compran a un dólar y medio.

Por más que lo intento, no puedo recordar al primer animal que vi. Seguramente es un terreno difuso que se funda en la sobreexposición de la era de la televisión por cable, y el constante contacto de los animales domésticos con la infancia. En mi casa, siempre entendimos a los perros como el animal doméstico por excelencia: inteligente, pero no demasiado; dócil y fuerte. Alguien que podía resistir ciertas hostilidades de la vida y las impericias de sus amos. Sin embargo, la gama de animales que podían ser parte del hogar era (y es) amplia: tortugas, peces, gatos. En algunos casos, reptiles comprados a precios aun accesibles. Todos estos animales, a pesar de verse menos “amables” (en lugar de ser ternuras peludas son escamosos, algunos tienen largos dientes, otros comen insectos, y pueden moverse de formas inquietantes) también daban la sensación de ser profundamente más frágiles que un perro. Solos, desvalidos y lejos de su hábitat natural (¿una pecera? Por favor). Lo que más provocaban era un inmenso deseo de protegerlos. Tenerlos cerca nuestro y cuidarlos por toda su vida, casi siempre más breve que las nuestras.

Un fetichismo Chino 

Pero en Asia Oriental las cosas parecen ser bastante distintas. Allá, parece que el deseo por la cercanía y el contacto con los animales exóticos, y su combinación con un mercado poco regulado sobre los derechos de los animales, ha desvirtuado la búsqueda de tener una mascota. 

Paseando por las calles del centro de Pekín, una mujer en cuclillas voltea un cajón de madera y pone sobre él una serie de pequeñas bolsas. En filas dispuestas de manera perfecta, las personas se acercan a ver el contenido de las bolsas. Son pequeñas, plásticas y trasparentes. Su brillo contra la luz no les permite ver el contenido. Al acercarse, ven que algo se mueve. En la bolsa de 3×5 centímetros, sellada al vacío y llenada hasta la mitad con agua, una salamandra se mueve ansiosa. En su parte superior, la bolsa trae un hilo para que pueda pender de un llavero. 

Youtube/Paula Ramón

Pero las salamandras no son el único delito fuera de las estaciones de metro de la capital China. Según un reporte del diario local China Daily, se venden animales pequeños de todo tipo: peces y tortugas son otros de los favoritos de los compradores ocasionales. Junto a las escaleras de las estaciones de metro es donde se concentra este comercio. Según los vendedores, antes de cerrar la bolsa herméticamente, colocan en el agua un alimento de larga duración. Si lo que dicen es cierto, uno de los animales contenidos ahí podría llegar a vivir hasta seis meses. Su valor es de apenas un dólar y medio.

Youtube/Paula Ramón

Nadie tiene demasiada certeza de cuándo comenzó esta “tendencia”. Muchos transeúntes aseguran que, para el 2010, ya había una cantidad importante de personas vendiendo animales en bolsas selladas. Sobre los cajones, las tortugas se mueven de un costado a otro de la bolsa. Algunas personas los miran aún con intriga, los toman, preguntan el precio y, casi siempre, se marchan sin comprar ninguno de los animales. Otros, más preocupados por la integridad de los peces o las salamandras, los compran en decenas. Aseguran que los liberarán cuando lleguen a casa. Si alguien le pregunta a los vendedores cómo alimentar a los animales, ellos responden que abrir la bolsa para introducir alimento es de lo más sencillo.

Youtube/Paula Ramón

Cuando turistas se acercaron a las llamativas bolsas, los comerciantes los identificaron de inmediato. Para ellos, el precio era de 10 RMB, unos 3 dólares americanos. No respondieron a la pregunta de cuánto sobrevivirían los animales con el oxígeno del que disponían en su pequeño contenedor.

¿Choque cultural o problema de abuso?

aquienlachina.wordpress.com

Es sabido que occidentales y orientales no tienen la misma relación de apego por los animales, y que no están movilizados por la lucha social ante la dignidad de estos. Salvo algunos pequeños grupos (como los animalistas que se han opuesto durante años a la caza de ballenas en las costas japonesas), el ser humano es el centro de la discusión. No es raro que en China se vean animales traficados y vulnerados en los que, aquí, consideramos como sus derechos esenciales. Por la búsqueda de mantener una  tradición milenaria, ostentando ingredientes exóticos en su gastronomía, u objetos utilizados en calidad de amuleto, allá proliferan las garras de tigre, las aletas de tiburón, los cuernos de antílope y, en algún tiempo donde estuvieron aún más desprotegidos, también los de rinoceronte. 

Sabemos que de este lado del mundo los pollos, vacas y cerdos no viven en las mejores condiciones antes de ser faenados. La industria agropecuaria ha sido reconocida a nivel internacional como una actividad descarnada y que no tiene contemplaciones con los seres vivos con los que trabaja. Sin embargo, como sociedad estamos en vías de una movilización para lograr un avance en cuanto a estos aspectos: la tenencia responsable de los animales; una vida en condiciones dignas (en contra de la popular sobreproducción que tanto aman las faenadoras), y una muerte piadosa para los que se convertirán en productos de carne.

También parece ser que hemos logrado establecer vínculos más cercanos con los animales a los que decidimos denominar como domésticos. Como sociedad, hemos decidido creer en una vida más digna para ellos, y mientras más los humanizamos, se va cerrando mucho más el vínculo establecido. 

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En Pekín, hombres, mujeres y niños continúan comprando pequeñas tortugas en bolsas plásticas, las atan a la argolla que sostienen sus llaves y se la echan al bolsillo. Aquí eso sería ilegal, pero cuando la ley no está mediando los actos, parece ser que el interés por la dignidad de los seres vivos se merma de inmediato. 

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