Por Camila Cáceres
28 junio, 2017

La mayoría escapa de sus barrios porque «los muertos no pueden hacerte daño».

El Cementerio de Manila abrió en 1904 y es uno de los más grandes y más antiguos en todas las Filipinas, cubierto de elaborados mausoleos y líneas de tumbas aparentemente infinitas que albergan alrededor de un millón de muertos, pero que desde hace alrededor de una década ofrecen descanso también a algunos miles de vivos.

La última morada de varias figuras históricas y literarias de Filipinas recibe ahora a algunos de los más pobres en Manila. Sus mausoleos, de hecho, se han convertido en algunas de las viviendas más cotizadas, ya que las familias pagan para mantenerlas limpias.

El resto debe vérselas como puedan y en donde puedan, lo que no es nada nuevo para estas personas que escapan desesperadamente de la indignidad y la violencia.

Adam Dean

Ferdinand Zapata comenzó a vivir en el cementerio el 2007 y aprendió a tallar nombres en roca. Ahora trabaja para el cementerio, adornando lápidas.

“Es el mejor trabajo aquí, porque no tienes un jefe, pero los albañiles ganan más porque hacen nichos y mausoleos”.

Así y todo, ha logrado a criar dos niños con lo que le pagan las familias que dejan a sus seres queridos en el cementerio, sabiendo con quién comparten su espacio. Estas macabras poblaciones son secretos a voces, pero nadie quiere hacerse cargo.

Adam Dean

Cientos de niños crecen entre laberintos de tumbas, sólo a veces con electricidad y sin agua potable. Muchos duermen sobre sus propios familiares y pagan como renta la manutención del nicho.

El dinero, como Ferdinand Zapata, suelen conseguirlo haciendo trabajos manuales para alguno de los 80 funerales que el cementerio ve a diario. Cavan las tumbas, cargan con los ataúdes e incluso dirigen oraciones para los muertos en nombre de familiares que sólo se preocupan de pagar las cuotas a tiempo para que las osamentas de sus seres queridos no caigan en la fosa común.

Adam Dean

Muchos pobladores dejaron sus originales barrios cuando la droga comenzó a dominar las zonas pobres de Manila, en parte por la violencia provocada por las pandillas, pero mayormente por la reacción del Presidente Rodrigo Duterte, quien ha enfrentado el narcotráfico con la muerte de forma que ha dividido radicalmente a su población.

En el Cementerio, el nombre del Presidente es más aciago que el de la muerte: en septiembre del 2016, vivieron una operación “antidrogas” y tres hombres con menos de $10 dólares de “shabu” (metanfetaminas) fueron asesinados a sangre fría.

Adam Dean

Virginia Javier tiene 90 años y recuerda tiempos mejores en el cementerio.

“Desde que Duterte se volvió presidente, si hay una redada policial prefiero irme a quedar con alguien de mi familia [afuera del cementerio]”.

Virginia trabaja como jardinera para 10 de los mausoleos más grandes y caros del cementerio. Observó para el  periodista Adam Dean:

“Cuando escucho ruidos o voces y me quedo callada, entonces sé que escucho las voces de los muertos”.

Adam Dean

Manila es una ciudad cálida, con un récord de 16.9º grados Célcius como temperatura mínima y un promedio de 29.3 grados. Su invierno se caracteriza por mucha humedad, más que por temperatura, y se capea fácilmente en alguna de las grandes estructuras de cemento.

El verano es una historia completamente diferente. Sin agua potable o real forma de mantener su higiene, las enfermedades e infecciones abundan entre los pobladores.

Jane de Asis, de 26 años, vive en uno de los mausoleos con su hijos, dos hermanas, los hijos de sus hermanas y su madre— quien fue contratada para mantenerlo en buenas condiciones.

La mujer sabe que no es la condición ideal para criar a los niños, pero es la mejor que tienen.

Adam Dean

La llegada de la gente atrajo inesperados kioscos que se encuentran en los lugares más inesperados del cementerio con snacks, necesidades básicas, velas e incluso máquinas de karaoke. También arriendan tacos de billar y bolas para jugar una versión popular entre la gente de barrios pobres en filipinas, y que ha encontrado su propia versión en el Cementerio de Manila.

Quizá lo más sorprendente de todo es que muchas de estas personas podrían vivir en otro lugar y escogen habitar el cementerio.

Isidro Gonzalez, de 74 años, tiene su propio apartamento en las afueras de Manila, pero dice que el cementerio es muchísimo más seguro.

“Los muertos no pueden hacerte daño”.

Adam Dean

Aún así, los pobladores recomienda a periodistas, turistas y curiosos evitar el cementerio durante la noche aunque jamás precisan exactamente a qué deberíamos temerle.

¿Te gustaría hacer una visita?

Puede interesarte