Por Ignacia Godoy
2 enero, 2018

Esta nueva temporada definitivamente no me voló los sesos.

Una de las cosas más interesantes de la serie de Charlie Brooker es que es capaz de tomar un hecho completamente imaginario y aplicarlo a la vida real como si fuese a suceder mañana. Es eso lo que más atrae de “Black Mirror”, su importancia con el tiempo en el que estamos viviendo. Cada episodio muestra un tema relevante de la sociedad y cómo es que si no lo solucionamos, nos hundiremos hasta el cuello.

Sin embargo, el elemento de sorpresa es una de las cosas más importantes del show de Netflix. A qué me refiero, a que las tecnologías que aparecen en el programa bien son parecidas a las que usamos hoy pero las consecuencias que veíamos ocurrían debido a ellas, eran realmente inesperadas. Pero desquiciadas y todo, podrían suceder y eso era innegable.

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A diferencia de sus otras tres entregas, en el que el misterio, asco, y dolor de estómago aumentaba con cada temporada, la cuarta temporada de esta serie no siguió la misma tónica. No se precipiten, no es mala, pero no es como lo que todos estábamos esperando: que nos volara los sesos otra vez.

Queremos que nos sacudan de nuestro asiento, que nos sintamos mal con nosotros mismos y que nos hagan reflexionar sobre cómo vivimos nuestra vida.

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Esta entrega tiene el elemento principal que es la tecnología en todos sus episodios, pero no son ni siquiera tan sorprendentes como cualquiera de la tercera temporada. Pareciera ser como si le hubiesen pedido a Brooker que bajara el tono de la serie para que más personas se pudieran sentar a ver el programa. 

Tanto así, que calificaría la cuarta entrega como una de las peores del show. Sí, porque en realidad ningún capítulo me dejó llorando. Los pude ver todos de corrido, no necesité descanso y no sentí la misma angustia que con cualquier otro episodio de la serie.

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Hay algunas gemas que realmente son entretenidas y reales, como “Arkangel”, que diría es el que más se parece a sus antecesores. Pero otros episodios como “Cocrodile” o “Metalhead”, no tienen la línea que tanto esperamos los fanáticos del programa.

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Otro detalle que quizás no es tan importante, pero sí le da un ambiente distinto al show: actores ingleses. Sí, porque en las demás entregas todos los que participan del show y las historias, se desarrollan en Inglaterra o sus alrededores. Los acentos son todos los mismos y nos logramos meter en un ambiente dramático. (Con la excepción, claro, de algunos episodios con actores estadounidenses que hacen de norteamericanos).

Agradecemos esto, además, porque las producciones de otros países que no sean Estados Unidos son muy escasas, y por ende, también las oportunidades para otros actores que no sean norteamericanos. Sin embargo, esta entrega pareció tener más “gringos” que ingleses. Y eso de todas maneras influenció en mi decepción de la serie.

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Y otro detalle extremadamente importante: varios de los desenlaces o tecnologías u otros sucesos que ocurren, ni siquiera se explican. Así que prepárate para morir pensando por qué diablos unos perros mecánicos quieren matar a los seres humanos. Porque nunca lo sabrás.

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Esperé muchísimo tiempo para volver a ver un show como ningún otro en originalidad y relevancia mundial, pero esta vez no salí igual de orgullosa de Brooker como las tres primeras.