Por Ignacia Godoy
29 noviembre, 2017

Sufrí con tanta crudeza, pero rápidamente se me olvidó.

Kathryn Bigelow es una ganadora del Oscar que siempre me ha hecho un poco de ruido. Por “En tierra hostil” se llevó una estatuilla y la verdad es que cuando vi la película no pensé por ningún motivo que podría ser la vencedora. Sus cintas son extremadamente largas, con grabaciones y colores oscuros y a veces ni el clímax está muy definido. No soy fanática de Bigelow.

Pero la trama de su nuevo filme sí me llamó la atención. En julio de 1967, Detroit era una de las ciudades más peligrosas de Estados Unidos. Esto porque luego de varias redadas a la población afroamericana sin razón alguna por parte de la policía, los residentes de Detroit decidieron tomarse las calles y quemarlas. Literalmente quemar todo, robar y devolverles la mano a las fuerzas policiales.

Metro-Goldwyn-Mayer

En este contexto, la Armada y policía vigilaron las calles todas las noches en busca de francotiradores. El 25 de julio confundieron un tiro de una pistola de juguete con una de verdad y se metieron al Motel Algiers a confiscar a los huéspedes. Eran 10 afroamericanos y 2 mujeres blancas, a los que humillaron, golpearon y asesinaron a tres.

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La película de Bigelow relata estos sucesos (que nunca han quedado del todo claros porque se han contado versiones distintas de los hechos durante años) de forma cruda y realista. Pero a pesar de que nos damos cuenta perfectamente que su objetivo fue mostrar el racismo en EE.UU. y cómo persiste hasta el día de hoy, no se logra ni un poco.

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Primero, porque lo más importante para que esto se pudiera ver y notar, sería que conociéramos a fondo a los personajes y sus historias. Y eso no ocurre en la cinta. Por ejemplo, los miembros de The Dramatics que pierden una oportunidad única de tener un contrato con un sello discográfico debido a las redadas (e incluso uno pierde la vida), nunca discuten nada sobre lo que está ocurriendo en las calles. Es como si el tema no les importara, aunque sabemos que no es así.

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Tampoco nos muestran qué ocurre con el policía afroamericano que se encontraba en la escena del crimen esa noche. De hecho, Melvin Dismukes (John Boyega) no dice absolutamente nada mientras toman de rehenes a estas 12 personas. Y sin estos desarrollos, es difícil sentirse dentro de esta cruda y cruel historia.

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Además, la película tiene una duración extremadamente larga para lo que vemos. No era necesario ver dos horas y media de imágenes terribles o introducciones al tema. Quizás un resumen de los hechos al inicio del filme habría sido suficiente.

Porque, a diferencia de otras producciones que tocan el mismo tema como “12 años de esclavitud”, “Detroit” se basa meramente en la violencia con primeros planos de sangre, cadáveres y disparos. Su fotografía no logra ser lo suficientemente impresionante, ni tampoco las actuaciones, como para que el mensaje de la cinta sea trascendental.

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Convierte una historia extraordinaria en algo ordinario. Porque, a pesar de que hayamos visto tramas similares en el cine y la televisión, el trato de cada una de ellas tiene que ser innovador y único. Sino se corre el riesgo de que sea como cualquier otra adaptación sin nada que destacar. Y con este tipo de sucesos, hay que ser extremadamente cuidadoso al contarlos.

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Pero no me mal entiendan, sí me dio una pena e impotencia terrible al ver el trato de los policías a los huéspedes del motel y muchísima pena ver cómo los hechos habían sido pasados por alto durante todos estos años. Pero se me olvidó rápidamente al salir de la sala de cine.

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No podría decir que es una mala película, porque definitivamente no lo es, pero el mensaje que intenta transmitir no está bien logrado. De eso cualquiera se da cuenta.