Por Pamela Silva
3 septiembre, 2019

«La familia» cuenta el trauma de los 28 los niños que Anne Hamilton-Byrne llegó a tener: Les teñía el cabello de rubio y les hacía creer que ella era la reencarnación de Cristo. Murió hace un par de meses, sin nunca ser juzgada por sus actos.

Los documentales sobre terribles criminales son una de las cosas más perturban que uno puede ver, porque no es simple ficción ni una exageración de los hechos reales: es exactamente así como pasó. Frente a la cámara están las víctimas reales de atroces crímenes.

Y saber que eso existe realmente, que no es simplemente ficción -y que muchas veces es aún peor que la ficción-, es sencillamente perturbante. “La Familia” es uno de esos documentales.

Posiblemente, uno de los peores. La Familia fue un culto liderado por Anne Hamilton-Bryne en los 60, que durante 20 años secuestró niños para drogarlos a diario y hacerlos pretender que eran hijos biológicos de Anne.

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Secuestro es la mejor forma de describirlo, para usar una sola palabra, pero no siempre fue el caso. Anne llegó a tener 28 niños a su cargo, algunos de los cuales secuestro, otros manipuló para que se los dieran y en otros casos fueron parte de adopciones muy irregulares.

A cada uno de ellos se le teñía el cabello de rubio y recibían una dosis diaria de sedantes y drogas (LSD), para mantenerlos completamente controlados.

Anne por su parte, se presentaba ante ellos no solo como su mamá biológica (que no era), sino que también como la reencarnación femenina de Jesús. Una especie de mesías iluminado a la altura de Buda y Krishna que con los niños buscaba crear una “raza maestra”, para que sobrevivieran el Apocalipsis.

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Por supuesto, su encanto no solo le consiguió niños para lograr su cometido, sino que muchos adultos cayeron en sus redes y fueron parte de La Familia. Y no solo fueron parte, sino que le daban todo a Anne: dinero, propiedades y cualquier bien material que tenían. Así que la mujer no tardo mucho en hacerse con una pequeña fortuna.

Los niños eso sí, eran su preocupación principal. A pesar de estar drogados constantemente, los pequeños igual en ocasiones podían comportarse mal, y si lo hacían recibían fuertes castigos físicos y psicológicos.

“Todo estaba reglamentado y, al mismo tiempo, era impredecible. Las normas podían cambiar, pero no lo sabías hasta que las habías roto. Eso lo hacía más peligroso. No puedes estar a salvo si no sabes qué puede traerte problemas”.

-Rebecca, una de las niñas supervivientes.

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A pesar de que por años sus vecinos denunciaron sospechas de lo que pasaba en su hogar, no fue hasta que dos jóvenes se escaparon del culto que la policía acudió. Lamentablemente, lo hicieron tratando el caso como un problema de asistencia de menores y no como un delito criminal.

Tanto Anne como su esposo escaparon de Australia cuando llegó la policía, y aunque años después los extraditaron de vuelta su único castigo fue pagar 5 mil dólares. Nunca fueron juzgados, mucho menos sentenciados, por los años de tortura que los niños sufrieron.

Mientras que los niños, los que sobrevivieron, crecieron con problemas psicológicos, depresión, estrés postraumático y un trauma de por vida. El documental lo pueden ver acá.