Por Lucas Rodríguez
12 julio, 2019

Ambos comparten haber partido como personas odiables, para luego haberse convertido en los favoritos de los fanáticos.

La tercera temporada de Stranger Things confirmó algo que nos veníamos sospechando desde al menos la mitad de la temporada anterior: por mucho que Hopper, Mike, Lucas, Eleven o Winona Ryder (no importa qué papel interprete, Winona siempre se llamará Winona, fin de la discusión) lo intenten, la dupla formada por Dustin y Steve Harrington ya quedó marcada a fuego como lo más interesante y entretenido de la serie. La adición de Robin (y en menor medida, Érica, aunque ella es una institución en sí misma) fue el toque maestro para convertirlo en algo digno de un spinoff, o a lo más, una pequeña película donde descifren códigos rusos dentro de un centro comercial. 

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Puede que Dustin y Robin sean personajes muy bien escritos y desarrollados, ambos llenos de detalles y características que los sitúan en ese perfecto balance entre un personaje ficticio y alguien que podría existir en la vida real, pero cuando más brillan es cuando tienen que interactuar con Steve. Aunque no nos guste admitirlo, todos pasamos por un momento en que la mera aparición del petulante «Rey de la secundaria de Hawkins», caminando por los pasillos con su peinado y lentes de sol, nos hacía golpear las almohadas. 

Steve estaba pensado para que lo odiemos, algo que uno lograba sin mayores problemas. Era alguien que parecía tenerlo todo, pero que envés de actuar de la manera humilde que esperamos que actúen las personas que se encuentran en la cima, toda la forma de ser de Steve giraba en torno a hacer sentir al resto lo poco que tenían.

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Steve era muy similar a otro personaje de una exitosa serie de televisión reciente: Jaimie Lannister. El heredero de la familia más rica y poderosa de Poniente apareció en nuestras pantallas como alguien que ni siquiera consideraba digno de su tiempo mirar a los demás. Nos demoramos solo una hora en situarlo como el imbécil más grande de los siete reinos. Pero aun así, Jaimie lograba demostrar, capítulo a capítulo, que podía ser aun peor. 

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Pero con el paso de los episodios, Jaimie se encontró en situaciones cada vez más difíciles. Al principio nos alegramos de que recibiera un poco de su merecido, pero luego las cosas comenzaron a salirse de control. No solo en lo referido a las penas que tuvo que soportar (perder la mano con la que empuña su espada es literalmente lo peor que le pudo ocurrir), sino que la manera en que reaccionó a ellas. Ahí nos dimos cuenta que Jaimie no era un villano como cualquiera.

Envés de jurar vengarse o rogar por piedad como un cobarde, Jaimie reaccionaba con nobleza. Tomaba sus condenas como lo que eran: las consecuencias de sus acciones. Esto nos mostró algo impactante: Jaimie sabia que era un imbécil. Y no estaba feliz con ello. Todo lo contrario, vivía atormentado.

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Un par de temporadas más adelante, Jaimie se había convertido en uno de nuestros personajes favoritos. Seguíamos odiando a su familia, pero habíamos aprendido a apreciar ese sabor algo perverso que nos dejaban en la boca. Jaimie en cambio, era único en que habíamos aprendido a quererlo. 

En un sentido un poco más apto para todo espectador, Steve Harrington es idéntico. Es el Jaimie Lannister de Hawkins, Indiana.

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Este tipo de personajes, llamados ‘redimibles’ en la jerga narrativa, son uno de los más difíciles de llevar a cabo con éxito. Requieren de más tiempo, además de una interpretación brillante de parte de los actores. Es cosa de pensarlo: deben pasar de hacernos sentir tanto desprecio y rabia, como admiración y cariño. El camino más común por el que un personaje así puede llegar a realizar su cambio, es que pase por malos ratos. Jaimie está claro por lo que pasó, mientras que Steve solo perdió a su novia, sino que también fue humillado y reducido a la niñera. 

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Ver este proceso nos fuerza a interesarnos en aquellos personajes, a veces mucho más que en los demás. Puede que héroes como Daenerys resultarán inspiradores, u otros como Winona Ryder (recuerden lo que ya hablamos), entretenidísimos. Pero son estos imbéciles con el corazón de oro los que de verdad nos hacen sentir una empatía tan grande, que no podemos dejar de verlos. 

Su secreto es exactamente ese: cuando vemos todos los matices de un personaje, lo sentimos más cercano a nosotros. Al mismo tiempo, todos vivimos del perdón de los demás cuando cometemos errores. Por esto es que el orden debe ser primero malo, y después, bueno. Ver la caída de un héroe es trágico. Ver la redención de un villano nos hace pensar en todas las veces que hicimos algo malo y cómo en ese momento, también quisimos que nos perdonarán. 

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Junto con lograr el perdón de los demás (y de nosotros como audiencia), estos personajes demostraron ser capaces de cambiar. De ser mejores personas. Verlos luego en su nuevo ser resulta enormemente placentero debido a que en el fondo recordamos de lo que partieron. Y sabemos que podrían haber permanecido unos imbéciles. Pero envés de eso, optaron por dejarse guiar por sus corazones de oro. 

Ahora, esperemos que los creadores de Stranger Things sepan darle un mejor final a Steve del que los de HBO le dieron a Jaimie.