Por Constanza Suárez
1 septiembre, 2020

El próximo 4 de septiembre llega a la plataforma la producción dirigida por Charlie Kaufman (“Eterno resplandor de una mente sin recuerdos”). Una película que desafía todo.

Un camino. Dos personas en auto. Un viaje. Una frase que cala hondo: “Pienso en el final”. Así comienza la última película dirigida por Charlie Kaufman (¿Quieres ser John Malkovich?, El eterno resplandor de una mente sin recuerdos, Anomalisa), del mismo nombre, que el 4 de septiembre llega a Netflix.

Louise, Lucy, The Young Woman (Jessie Buckley), cualquiera sea su nombre, dice una y otra vez estas palabras en el monólogo inicial. ¿Con su vida? ¿Su relación con Jake, su novio que conduce a su lado? Esa idea que se planta en su cabeza como un proyectil inesperado es lo que nos va a guiar en esta historia surrealista, pero que resulta hasta conmovedora. 

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La película transcurre en dos escenarios: el automóvil y la casa de los padres de Jake. La pareja lleva saliendo seis semanas y él la inmiscuye en medio de un sombrío campo para conocer a sus padres (Toni Collette y David Thewlis). Ella acepta, a pesar de estar segura que su relación no tiene futuro. Y sus pensamientos sobre aquello no cesan, y hasta se mezclan con la lánguida conversación que mantienen durante el viaje. Como si Jake pudiese escucharla. “No puedes fingir un pensamiento”, le dice Jake. Frase que se repite en la novela de Iain Reid del mismo nombre y que inspira la cinta. 

Llena de intriga y altamente atrapante, la historia de Kaufman relata muy bien esa aventura que el director suele plasmar: la fascinación por la compleja relación entre la mente y el mundo que se filtra a través de ella. Una radiografía a la conciencia, a ese diálogo que todos mantenemos con nosotros mismos. 

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Kaufman lo hace de forma espléndida. La joven protagonista cambia descaradamente frente a nuestros ojos. Pero Jake siempre es él. En 133 minutos se vive una experiencia difícil de explicar con palabras. Incluso es probable que varias veces en medio de la película te preguntes “¿Qué estoy viendo?”, con una sensación de profunda extrañeza. Especialmente cuando los padres de Jake aparecen en la escena. Desde que bajan tardíamente por las escaleras, hasta cuando los jóvenes logran salir del lugar. La cena entre los cuatro personajes logra que la joven se cuestione lo que creía saber sobre ella, su novio, de todo lo que la rodea. Y hasta del mundo. Jake no dice ni una palabra, rechaza los toques de su madre, se avanza en el tiempo, aparece un perro que ni se percibe, historias que no cuadran. 

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Todo es extraño, hasta incomprensible, en el mundo de Pienso en el final, pero precisamente aquello le otorga su atractivo. Nada parecer tener conexión. La ropa, la risas, el paisaje. No pretende ser una película de forma tradicional, y aunque transcurre de forma errática, resulta brillante en su propia plenitud, con una incertidumbre propia de un thriller psicológico. 

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Pienso en el final puede ser un millón de pensamientos filmados. Un viaje a través de la nieve, el tiempo y la mente de varios.