Por Maximiliano Díaz
14 mayo, 2018

“No existe un derecho a ser amado o a encontrar el amor, pero buscarlo todavía es un deseo válido en la vida”, asegura quien se tardó casi 40 años, y cuya esposa murió hace muy poco tiempo.

Para muchas personas, hablar de frustraciones sexuales representa una gran dificultad. En una cultura en la que el sexo está relacionado más que nunca al disfrute, el autoconocimiento y la exploración de los cuerpos ajenos, es realmente muy difícil el aceptarnos como personas “no tan sexuales” como otras; o, simplemente, como sujetos que hemos incursionado menos en este tipo de experiencias. 

Actualmente, la mayoría de las personas pierden su virginidad llegando al final de la adolescencia. Los cuerpos, tibios e inquietos, sienten una extraña necesidad por verse entre sí a esa edad. Es el estereotipo típico de las hormonas inquietas entre los 16 y los 18 años. Pero, a pesar de la sobreestimulación relacionada a la cultura del sexo en la que vivimos, no todas las personas tienen sus primeras relaciones a la misma edad.

Joseph

BBC

Joseph tiene 60 años, es viudo, y no tuvo sexo hasta acercarse a los 40. Probablemente un antecedente importante a lo que se conoce como “involuntariamente célibe”, pero con una sensibilidad y una inteligencia increíblemente profundas, Joseph relató su experiencia a la BBC. En un texto que funciona como una especie de carta abierta y testimonial, profundiza sobre el dolor de verse privado del contacto humano, y cómo llegó a solucionarlo hasta ser quien es el día de hoy.

Según él, la oportunidad para mantener relaciones nunca se presentó. Tímido, ansioso, y con una baja autoestima, siempre sintió que funcionaba en otro plano a pesar de no estar aislado:

“Siempre tuve amigas pero nunca fui capaz de trasladar esas relaciones al plano íntimo”.

Según el testimonio de Joseph, siempre estuvo rodeado de chicas en la escuela, pero una cierta torpeza lo limitaba a tener los acercamientos que sus otros compañeros sí lograban. En la universidad, pasó lo mismo: él sabía de antemano que no iba a acostarse con nadie. Su enorme falta de autoestima lo echaba abajo antes de siquiera intentar un acercamiento con el sexo opuesto.

Además de su baja autoestima, Joseph siempre fue un sujeto muy reservado. Jamás habló de esto con sus amigos, y ellos tampoco le preguntaron nada. Nunca cayeron sobre él esos interrogatorios de “eh, ¿por qué no sales con nadie?”. Al parecer, todos sabían que se trataba de algo delicado, y él agradece (de cierta vaga manera) que hayan sido discretos con él.

En cuanto al estigma social de las relaciones, Joseph profundiza asegurando que hay una suerte de “inversión cultural” en tener éxito con el sexo opuesto (sobre todo en la cultura sobreideologizada de la masculinidad). En todas las películas y canciones populares el muchacho se casa con la chica linda. Las relaciones tempranas son algo hermoso que merecemos descubrir, y hay una suerte de elemento cultural en convertirse en hombre.

La soledad de Joseph se acentuaba al ver cómo transcurrían las vidas de sus amigos: poco a poco, los veía estar cada vez más resueltos. Comenzaron a tener novias, a casarse. Él se quedó a un costado, viéndolo todo. Ser testigo del amor ajeno tuvo un grave efecto en su autoestima. Triste y solitario, comenzó a carecer de toda clase de contacto humano. Ya no era solo el no estar en una relación lo que lo hacía sentir vulnerado. Su familia era su único nexo cercano. De a poco, y sin darse cuenta, comenzó a aislarse:

“Durante unos 15 o 20 años no me tocó ningún ser humano que no fuera mi familia inmediata, como mi madre, padre o hermanas. Cualquier otro tipo de contacto aparte de ese estuvo ausente. Así que no solo era una cuestión sexual”.

Joseph dejó de sentir emociones fuertes por personas por las que sentía algún tipo de atracción. No había placer ni sentimientos profundos. Al ver a alguien por quien sentía alguna clase de interés, caían inmediatamente sobre él la tristeza y la desesperanza. No tenía miedo de ser rechazado. Solo le resultaba irrelevante el contacto, pues estaba seguro de que no tenía ninguna esperanza en la reciprocidad de las emociones.

Desde entonces, el autor de la carta solo dejó de acercarse a las mujeres. Se arraigó en lo más profundo de sí mismo la creencia de que el solo hecho de acercarse ya era un error, y que a ellas podría resultarles una imposición social y de cortesía el tener que mantener una conversación con él. Según lo que le había enseñado su forma de vivir las relaciones, ellas tenían derecho a vivir su vida y disfrutar una noche de fiesta sin que nadie las abordase.

La terapia del cambio

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A pesar de haber sido amigo de muchas mujeres, Joseph está seguro de que casi ninguna de ellas sentía ni la más mínima atracción hacia él. Jamás recibió una invitación a salir de parte de nadie. Se fue hundiendo de a poco en el hoyo en el que entró siendo muy joven.

Cerca de los 35, la depresión de Joseph se agravó y alcanzó un nivel clínico. El médico le recomendó antidepresivos y él comenzó a ir a terapia. Allá, las cosas comenzaron a cambiar: su terapeuta le hizo ver que había cosas de sí mismo en las que sí había un gran valor y que su autoconfianza era una imposición de sí mismo. Según su testimonio, los antidepresivos también jugaron un papel importante. Le ayudaron a desprenderse rápidamente de la timidez.

A todo esto hay que sumarle que a los 35 años ya no se es la misma persona que se es en la universidad. El nivel de madurez y las ideas que se tienen sobre la vida pueden cambiar drásticamente en ese período de tiempo.

Dos años después, Joseph había invitado a salir a alguien. De eso, asegura, surgió una breve amistad.

En su primera cita se sentía nervioso. Era una experiencia que, casi llegando a sus 40 años, nunca le había tocado vivir. Pensó que era agradable. A pesar de los nervios logró pasarlo muy bien. De inmediato, le dijo a la mujer que lo acompañaba que sería lindo volver a verse. Desde entonces, las cosas comenzaron a funcionar solas. Joseph había entrado por primera vez en la rueda del romance. 

Unas pocas semanas después de verse por primera vez, Joseph y su cita tuvieron relaciones sexuales. En ese momento, asegura, la experiencia que tenía su compañera y la ternura de los nervios le resultaron una sensación increíblemente grata: En sus palabras:

“La experiencia fue emocionante y placentera. Hay gente que dice que la primera vez no se disfruta, pero yo sí la disfruté”.

No le contó a ella que era su primera vez. Pero no por vergüenza, sino por no encontrar la ocasión. Según él, habría sido trasparente si se lo hubiese preguntado. 

A pesar de que esa relación no prosperó, le quedó el recuerdo de una buena primera experiencia. Un año y medio después, conoció a su esposa en el trabajo. Asegura que la encontró realmente bonita. Llamó su atención de inmediato. Preguntó a una amiga suya si estaba soltera, y ella terminó uniéndolos. 

El día del cumpleaños número 40 de Joseph, tuvieron su primera cita. Un año y medio después, estaban casados. Según cuenta él, era una persona realmente especial. Nunca fue juiciosa ni cruel con él cuando decidió hablarle de su historia sexual. Siempre fue abierta, receptiva y muy comprensiva. Joseph declara que su relación estuvo fuertemente basada en un potente lazo emocional. 

Conoció lo que era el amor completo.

17 años después, el 2015, la esposa de Joseph murió. Después de la pérdida, una gran sensación de vacío lo hizo sentir que la conoció demasiado tarde y durante muy poco tiempo. Sin embargo, también cree que fue en el momento adecuado. Seguramente de jóvenes, ella no hubiese estado interesada en él. 

Un luto doble

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Hoy, solo en casa, Joseph piensa en su juventud con una profunda sensación de arrepentimiento. Hay un montón de recuerdos que existen en la memoria colectiva, y que él no pudo generar: no conoció la timidez de las idas al cine, tomar helado en las primeras citas, ni las primeras cenas en restaurantes con los sueldos recién ganados. Volviendo a su yo de hace algunas décadas, y pensando en personas que estén en su situación, solo tiene una idea para darles:

“Tómatelo en serio”.

Además, Joseph recomienda prestar ayuda cuando ve que las personas tienen problemas para interactuar en la búsqueda del amor. Según él y su propia experiencia, lo habría negado siendo joven, pero si el tema se toca con tacto y gentileza, tal vez podríamos llegar a ayudar a alguien. De acuerdo a una larga y dura experiencia, no siempre hay que asumir que las personas están solteras por opción, y es necesario brindarles apoyo. 

En la larga carta, se plantea que no está mal sentirse nervioso ni desear estar con alguien. Todos esos sentimientos forman parte de la hermosa experiencia humana, y negarse a estos es privarse de una experiencia emocional.

Por último, no es necesario implantar la imagen de las personas sin pareja como sujetos torpes o extraños. Nada cambió en Joseph en el antes y el después de conocer a su esposa. 

Finalmente, Joseph remata con una hermosa idea sobre el amor y la idea de ser amado:

“No existe un derecho a ser amado o a encontrar el amor, pero buscarlo todavía es un deseo válido en la vida. Carecer de afecto no es culpa de nadie, son sólo las circunstancias.”

 

 

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