Por Macarena Salvat
3 junio, 2016

No soy un premio de consuelo para nadie.

No voy a pedirte que me elijas. No voy a rogarte que me mires y pienses que debes quedarte conmigo para ser feliz. No voy a suplicarte que tomes mi mano y te quedes para siempre a mi lado. No te lo voy a pedir, porque creo que valgo mucho más que eso. Porque creo que soy mucho más que un simple premio de consuelo.

Si me quieres tal como me dices, entonces creo que ni siquiera debo abrir mi boca para pronunciar esas palabras de súplica que te convencerán de quedarte a mi lado. Porque creo que ya sabes qué es lo que debes hacer. Nunca seré tu segunda opción, me elijas o no, porque no me lo merezco. Y, sobre todo, porque nadie se merece ser el premio de consuelo de alguien. Nadie, ni siquiera tú mismo. Quedarte con alguien simplemente porque no quieres quedarte solo, o porque era lo más fácil, es el acto más egoísta que puede existir. Es como intentar reparar un frasco roto poniéndole curitas adhesivas, sólo porque sientes culpa. No funciona así.

Tengo derecho a elegir también y, por lo mismo, hoy decido alejarme de ti y preocuparme más de mi vida. Decido dejar de postergarme y de esperarte, porque sé que tú no harías lo mismo por mí. No estoy dispuesta a que jueguen conmigo, ni tampoco a que mi corazón conviva con la mitad de otro, mientras que la otra mitad está buscando otro corazón más para establecerse. No estoy dispuesta a que me humillen, a que me miren como si fuese algo que puedes desechar si no te sirve. No estoy dispuesta a que me consideres como tu «carta bajo la manga» si algo no te resulta.

No estaré ahí para ti si me eliges y, si no lo haces, entonces te lo agradeceré, porque quizá signifique que al menos consideraste no hacerle daño a alguien.

Porque al fin entendiste que nadie se merece ser una segunda opción.

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