Por Pilar Navarro
9 octubre, 2015

La gente no lo comprende, pero es la decisión más honesta que podríamos haber tomado

Tener hijos y formar una familia parecer ser la meta de muchos una vez que consolidan una relación seria. Desde que somos pequeñas jugamos con muñecos y soñamos con algún día tener un bebé real en nuestros brazos y de una u otra forma, parece ser el único camino, la única opción. Aún recuerdo todos esos años de niñez, en los que nunca lograba imaginarme como madre, pero era pequeña aún, así que suponía que las cosas cambiarían. Tuve mi primer novio a los 15 y el segundo a los 17 y aunque empezaron a aparecer sobre la mesa todos los temas de ‘prevenir enfermedades de transmisión sexual’ o ‘embarazos no deseados’, yo seguía pensando en sólo una cosa: seguía sin sentir ese deseo de convertirme en madre.

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Josenaide Santos

A los 18 años y recién comenzando la universidad lo dije en voz alta por primera vez, sólo para recibir la respuesta que comenzaría a plagarme de ahí en adelante: ‘Pronto cambiarás de decisión’. La verdad es que no cambié de opinión a los 10 cuando jugaba con mis muñecas, ni tampoco a los 17 cuando estuve con mi segundo novio, ni menos a los 24 cuando conocí a la persona con la que planeo quedarme el resto de mi vida.

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Nunca sentí ese instinto maternal del que hablaba mi mamá y por más que intentaba imaginarme rodeada de niños, no conseguía que esa imagen me pareciera natural. Contrario a lo que muchos pensaban había algo que sentía y que nadie comprendía: al decidir no ser madre no estaba siendo egoísta sino todo lo contrario. Estaba decidiendo no darle a un futuro niño o niña una madre que no sería capaz de darle su 100%.

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Nunca lo había discutido honestamente con nadie, hasta que el año pasado decidí sentarme a la mesa con mi madre y mis hermanos y darles la noticia. Afortunadamente, y probablemente debido a que me conocen a la perfección, no juzgaron mi decisión. Mi madre ya tiene nietos y yo amo a mis sobrinos, pero sé que incluso si no tuviese nietos no hubiese esperado que hiciera algo que no quería sólo para complacerla en ese aspecto. Mi novio tampoco tiene deseos de convertirse en padre y sus razones son similares a las mías: simplemente no sentimos ese llamado y no queremos hacer algo tan importante como traer a un niño al mundo sólo por cumplir con convenciones sociales.

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Por otro lado, nos preocupa el estado del mundo, su agresividad, la calidad de vida, la injusticia, el abuso y la pobreza. No queremos traer a una pequeña persona, tierna e indefensa, a que tenga que aprender a vivir en este mundo y de esta forma. Hemos decidido quedarnos juntos para siempre y hemos decidido no tener hijos, pero eso no significa que nos quedemos solos: tenemos a nuestras familias, a nuestros hermanos y hermanas, a nuestros sobrinos y sobrinas y a nuestros amigos que nos rodean con su amor y entendimiento. Tener o no tener hijos no te convierte en una pareja más o menos real, no hace que te ames más o menos, no hace que tu matrimonio tenga más o menos sentido.

Hemos decidido no tener hijos, y aunque algunas personas siguen sin entenderlo, sentimos que es la decisión más responsable y honesta que hemos tomado y que podremos tomar en nuestras vidas. Otros tendrán hijos y nos sentiremos felices por ellos. Por mientras, esperaremos que los demás también puedan sentirse felices con nuestra decisión y con la paz que sentimos al haberla tomado.

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