Por Valentinne Rudolphy
20 octubre, 2015

Nadie merece ser ignorado como si no hubiese existido

Hay muchas maneras de terminar una relación. En general, es difícil que algunas las encontremos positivas o buenas, pero sí las hay más dignas que otras. Sea que estés saliendo o conociendo a alguien, o quizás ya en algo más formal, un fin es algo que hay que decir. Si no, ¿cómo el otro sabrá que para ti todo acabó, y ya darás vuelta la página?

Pero no siempre somos considerados, o inteligentes, o lo suficientemente valientes como para esto. Y nos escondemos, siendo más fácil desaparecer del mapa de la otra persona que enfrentarla.

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Es una acción de cobardes, ¿o no? Pues si ya no queremos algo, deberíamos tener el mínimo de decencia para al menos decírselo a la casa. Puede salir mal, puede salir bien. Utilizar pocas palabras, pero decir: sí o no. Ya no quiero más. Y luego adiós… es lo que todos deberíamos merecer, aún sin explicaciones, aún sin más. Lo menos que puedes dar.

Pero no siempre es así. Y hay algo que entender: no importa si llevamos dos citas, mejor dime que no antes de hacer como que dejé de existir. Pues no hay nada más decepcionante a que te dejen «colgado», esperando alguna señal, cuando en verdad las posibilidades ya se agotaron.

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De repente quedaste plantada. De repente, te dejan de contestar. Y así, el vacío y la rabia crece. Parece aún más extraño cuando hoy en día tenemos tantas vías de comunicación, tantas maneras de saber del otro y de poder decir las cosas aún de manera «cobarde»: un mensaje bastaría, pero ni a eso se atreven algunos.

Cada uno merece un cierre, aunque sea uno pobre, rápido y a secas. Unas palabras que te hagan saber que no debes esperar más, ni insistir, ni llamar ni escribir. Algo que nos haga conservar un poco de dignidad. Porque no tenemos por qué ser ignorados.

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