Por Macarena Salvat
13 noviembre, 2015

Mientras esperaba a que te decidieras por mí, te entregué todo lo que tenía de mí misma.

Me quedé desarmada. Sin armadura. Sin defensas. Sin esperanzas. Sé que todo comenzó teniendo las cosas claras, sabiendo que lo nuestro no era algo que sería eterno. Ni que debíamos involucrarnos tanto. Porque era obvio que iba a doler si nos separábamos. Y así fue.

Debo admitir que jamás pensé ni esperé enamorarme tan perdidamente de ti. Jamás creí que mirarte fuese como el motor que me inspirara a sonreír cada día. A sentirme enamorada. No estaba en mis planes hacer de esto algo eterno, pero no pude evitar planificar mi vida contigo y creer que podíamos ser eternos. Pero no lo fuimos. Y no lo seremos. Y es lo que más duele.

Duele ver que te hayas marchado. Duele ver que ya no soy quien te inspira. Que ya no soy a quien llamas «hermosa» todos los días. Que ya no soy quien recibe todos esos mensajes tiernos de madrugada. Que ya no soy tu amor. Porque decidiste buscarte otro. Duele saber que no quisiste esforzarte, que preferiste dejarme a la mitad, y siempre queriendo más.

Pero ya no quiero, pues dejé demasiado de mí misma por esperar a que te decidieras por mí. Me entregué ciegamente y jamás pensé en exigirte algo a cambio, pero no niego que esperaba que naciera en ti ese amor profundo que yo estaba comenzando a sentir por ti y que se desvaneció en el minuto en el que decidiste marcharte.

Y me dejaste así, sin siquiera poder enunciar mis argumentos de defensa. Sin siquiera poder decir lo que significabas para mí. Simplemente preferiste echarlo todo por la borda y destruir, en minutos, ese pequeño mundo que habíamos construido.

No quiero odiarte, ni tampoco voy a hacerlo, pues prefiero que quedes como un recuerdo. Como ese recuerdo que me despertó y me enseñó que no debo postergarme por nada. Como un recuerdo de algo lindo que duró poco, pero que aún así marcó un punto en mi vida.

Marcó el punto de inicio para comenzar a ser feliz por mí misma.

Puede interesarte